El embajador no podía dormir. Por las noches se encerraba en la biblioteca del ático -donde más adelante Berta dispondría su estudio-, para seguir bebiendo a escondidas y releer su carpeta de correspondencia, aquellas cartas de cancilleres y ministros cuyos remotos testimonios le devolvían restos de su pasado esplendor. Martina se esforzó hasta el final por combatir su apatía, pero todo fue inútil. Su padre había perdido las ganas de vivir.
Pronto iba a cumplirse el tercer aniversario de aquel día de Navidad en que le administraron la extremaunción. Máximo de Santo murió en sus brazos. Martina quiso creer que lo había hecho confortado por la perspectiva de reunirse con su madre… De no ser así, ¿por qué no luchó como le había enseñado a batallar a ella?
La muerte de su padre sumió a Martina en una cierta depresión. Rompió con Mario, un joven cónsul, destinado en Brasil, con quien venía manteniendo una intermitente relación por la que apostaba su padre -no en vano fue el embajador quien los había presentado en una recepción diplomática-, pero en la que ninguno de los dos protagonistas creía demasiado. Hasta entonces, la religión le había parecido a Martina una ingeniosa excusa para aceptar las miserias, el horror del mundo. Sin embargo, obsesionada por la estéril corrupción de los cuerpos de sus padres, llegó a establecer, bajo una sensación de culpa, que su agnosticismo les privaba del consuelo de la eternidad. Antes de depositar en el panteón claveles frescos, predilectos de su madre, y las rosas amarillas que el embajador cultivaba en el jardín, leía en voz baja unos versículos del Evangelio. Empeñada en la búsqueda de respuestas, discutió largamente con el cura comunista del distrito marginal de Montemolín, al sur de la ciudad, cuyas conflictivas calles, en largas jornadas de lluvia o sol, le tocaba patrullar de uniforme.
Su retorno a la fe sería breve.
Martina de Santo dejó de creer en nada que no pudiese ver o tocar, que no se alzase a unos palmos sobre la tierra cuando su compañero de ronda y ella misma descubrieron en varios contenedores el cadáver troceado y envuelto en bolsas de basura de una niña de trece años, cuya desaparición había alarmado al arrabal. Por toda la piel se distribuían quemaduras y golpes. El asesino la había violado y sometido a tales vejaciones que los agentes más curtidos dudaron de su condición humana. Pero, como ya otras veces había ocurrido, el autor de la barbarie resultó ser un individuo normal, un tendero sin antecedentes delictivos, dueño de un establecimiento de ultramarinos que hacía las veces de panadería y charcutería. Un hombre casado y con hijos que vendía globos y tabletas de chocolate a la multirracial chiquillería de Montemolín. Sería capturado gracias a un testigo que lo había sorprendido con la niña por las inmediaciones de la estación suburbana. En un principio, se declaró inocente. Después, bajo la presión de los interrogatorios, empezó a contradecirse, a blasfemar y llorar, hasta que pidió perdón y confesó. ¿Por qué lo había hecho? No lo sabía. Dijo que, cuando caminaba con la chiquilla por las vías del tren, sintió deseos de acariciarla. Ella se resistió y echó a correr, gritando, hacia un túnel. En la oscuridad, la amordazó y la violó. Al darse cuenta de que había dejado de moverse, la golpeó y abrasó sus miembros con un mechero de alcohol. Regresó a su tienda, cogió el cuchillo que utilizaba para despiezar canales y segmentó el cuerpo. Envolvió los pedazos en bolsas, esperó a que cayera la noche y los fue desperdigando por distintos contenedores. Volvió a su casa, cenó y vio la televisión en compañía de sus hijos. Antes de irse a la cama, bebió un vaso de leche. Y pasó la noche durmiendo plácidamente junto a su mujer.
No sabía por qué lo había hecho… Era, dijo, como si una cortina de sangre le hubiese velado la mente…
Martina asistió al entierro de la pequeña. Todavía no habían atrapado al culpable. Durante el funeral, el odio de familiares y vecinos flotaba en la iglesia. La subinspectora sabía muy bien qué había dentro de aquel ataúd.
En lo más profundo de su ser esperaba algo, una súbita revelación, la promesa de una cierta justicia, pero cuando un muro de ladrillos terminó de sellar el nicho de la niña asesinada decidió no seguir engañándose. Allí no había nada más. Nadie más. Sólo la muerte y su repugnante cortejo. Entonces, un brazo la zarandeó. Hubo de soportar los improperios de la familia, cuyos miembros se sublevaban frente a lo que para ellos era una muestra de pasividad policial. Una más, acusaron.
Esa noche, Martina cenó en un restaurante chino. Todo el rato pensaba en la chiquilla muerta. Tuvo que esforzarse para tragar los bocados de cerdo con miel a través del nudo que se le había formado en la garganta. Luego se emborrachó en un bar y a punto estuvo de terminar acostándose con el primer hombre que puso empeño en ello. Aquel desconocido la besó en un coche del que al final tuvo que salir de manera violenta. Paradójicamente, cuando despertó, se sintió liberada de una pesada carga. La sensación de culpa se había diluido y ella recuperaba su básica e imprescindible ambigüedad. Las cosas no eran blancas y negras, sino rosadas y grises como un fundido atardecer.
24
Una cierta melancolía se había apoderado de ella. Para sacudírsela, se esforzó en retomar la actividad. Descolgó de nuevo el teléfono para contactar con el sargento Romero, pero en el cuartelillo le dijeron que había partido en la lancha guardacostas; no había regresado aún. En ese momento, desde el salón de la posada, a través del ventanal, Martina vio a un joven que llegaba a caballo por la senda del acantilado.
El jinete apenas debía haber cumplido los veinte años. Dueño de una figura atlética, era delgado y bien parecido. El pelo, largo y oscuro, le caía por la espalda. Usaba botas, pantalones de montar y una sudadera de una universidad americana. Descabalgó de un salto y condujo la montura hasta la cuadra. Junto a las pacas de heno, en compañía de sus perros, fumando tranquilamente un cigarrillo, paseaba Martel.
La subinspectora pudo observar cómo ambos conversaban durante unos minutos. El joven jinete se agachó y, con un palo, dibujó unas rayas en la tierra. Martel borró las señales con las puntas de sus botos vaqueros, palmeó los hombros del otro y se marchó con sus perros, prado abajo.
Alfredo Golbardo, el posadero, volvió a entrar a la amplia estancia que hacía las veces de sala de estar. Lo acompañaba el muchacho del pelo largo y los pantalones de montar.
– Soy Teo Golbardo -se presentó-. Bienvenida a la posada del Pájaro Amarillo.
Martina se preguntó si sólo sería casual que todos los jóvenes del delta con los que había trabado contacto, Daniel Fosco, Elifaz Sumí, Gastón de Born y, ahora, Teo Golbardo, ofrecieran ese mismo aspecto desafiante y altivo, y, a la vez, sutilmente perverso, como el de ángeles caídos. La subinspectora se levantó y le estrechó la mano. Su viscoso tacto le inspiró prevención.
– He sabido lo de su padre. Lo lamento sinceramente.
Teo retuvo su mano.
– Ha sido algo horrible. Inimaginable. De una crueldad diabólica. Nunca imaginé que tendría que enfrentarme a una situación como ésta. Al ser hijo único he tenido que hacerme cargo de… Bueno, ya me entiende. Estamos conmocionados.
A la subinspectora no se lo pareció. Ciertamente, una intensa palidez acusaba en el rostro de Teo la gravedad de los acontecimientos, pero ese aire macilento, pensó Martina, podía deberse a que apenas habría descansado en las últimas horas.
La mano del joven se desprendió al fin de la suya, abandonando en su palma una pátina de sudor.
– Mi tío me ha dicho que piensa quedarse unos días. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Ofrecerle alguna travesía por las marismas, excursiones por la sierra?