Regresaron al club por la puerta trasera. Martel atravesó el jardín, enderezó la barra y pidió a la camarera una copa de Carlos III. «Tres palitos», dijo, encaramándose a otro taburete.
La gramola emitía un pasodoble. Varias de las chicas bailaban apretadas en el centro de la pista, bajo una bola espejada de estroboscopios reflejos. Nadia se había sumado a ellas.
Apenas había clientes. Unos pocos hombres mataban el rato al abrigo de los reservados, conversando, bebiendo, eligiendo mujer.
La pelirroja madam se arrimó a Martel. El vestido de lamé dejaba al descubierto unos hombros grasos.
– ¿Qué veo? ¿Un corazón solitario anda suelto por mi club?
Martel la invitó a sentarse.
– Quizá la estaba esperando. Me he entretenido en calibrar el género. ¿Una copa?
– No acostumbro a beber con los clientes.
– A veces es bueno hacer excepciones.
Martel sacó un fajo de billetes e indicó a la camarera:
– Sírvale a la emperatriz, hágame el favor.
Bajo la capa de maquillaje, Rita Jaguar sonrió. La camarera le preparó un cóctel de pipermín. La madam aceptó un cigarrillo y se humedeció los labios en el líquido verde y brillante.
– ¿Cuánto? -preguntó Martel.
– Esta noche me siento generosa. Debe ser por la Navidad. Ahórreselo. Pague lo suyo.
Martel apuró media copa de brandy.
– Me refería a usted. ¿Cuánto?
– Ah, era eso -rió Rita, echando atrás la melena aleonada-. Acabo de decirle que no suelo alternar. Mucho menos lo otro.
– Todo tiene un precio -insistió Martel.
La mirada de la madam era impávida. Martel se atusó el mostacho.
– Usted elige siempre, ¿no? Para eso es la reina del lugar.
– Sólo necesito macho cuando otro me ha bajado la guardia -repuso Rita, jugando con los flecos de su vestido de noche-. Me gusta el hombre entero, que no se achanta.
– Tengo más -dijo Martel, desplegando los billetes encima del mostrador, como una baraja-. Para algo que sea realmente especial. Yo también quiero celebrar la Navidad.
Rita lo miró morbosamente.
– ¿Cómo de especial? ¿Un trío?
– Estoy seguro de que es usted una mujer de recursos. ¿Por qué no me sorprende con algo más original?
Una mirada canalla anidó en los ojos pintados de la madam.
– ¿Le gustaría hacérselo con una virgen?
Martel estalló en una risotada.
– ¿Es que hay alguna, por aquí?
– Mi alcoba puede ser una caja de sorpresas.
La madam bebió un sorbo, sacó del cóctel el sombrerito de papel y lo alisó con una uña rota. Utilizó un pintalabios para escribir una cifra de cinco números.
– Precio de amiga -dijo-. Por una virgencita de quince años, linda y pura como una diosa. Piénselo con calma. Estaré arriba, en mi habitación. No tenga prisa.
Al cruzar la pista de baile, Rita susurró algo a Nadia. La chica observó de reojo a Martel y siguió bailando con su compañera, otra muchacha de piel reluciente, mulata clara, con el pelo en trencitas y unas corvas altas de hembra encendida. Asegurándose de que Martel las miraba, Nadia la ciñó por la cintura y la besó en la boca. En la caleidoscópica penumbra, Martel pudo ver cómo las manos de la mulata buscaban los pechos de Nadia y los acariciaban debajo del vestido. La bragueta se le alborotó. Agarró la botella de coñac y saltó del taburete.
– Andando, morita. El amor es tirano.
Nadia le siguió. Martel la había cogido de la mano. Abandonaron la sala por una puerta forrada de cuarteles de eskay punteados con clavos dorados y subieron a la segunda planta por una escalera angosta, mal iluminada por una bombilla desnuda.
– ¿Dónde? -preguntó el hombre.
– La habitación de madam es la última.
Nadia llamó con respeto. Mientras aguardaban, Martel deslizó la yema de un dedo por su mejilla, satinada de maquillaje.
– No quisiera dejarte tan pronto, pero me han ofrecido un bocado más exquisito.
– Los viejos prefieren la carne tierna -repuso ella, sin expresión-. Los que pueden pagarla, claro.
La puerta se abrió. Una luz rosada bañaba la estancia. La madam había sustituido su vestido de lamé por un quimono con un dragón bordado y unas recamadas chinelas. Sus piernas eran fuertes y cavas, como de bailaora. El busto pugnaba por desbordar el escote, lo que le obligaba a ajustarse el batín.
Por las paredes, del suelo al techo, se veían fotos de Rita Jaguar actuando en escenarios de café concierto. Más joven, exhibiendo un cuerpo pleno y elástico, aparecía sin ropa, o en tanga de lentejuelas, como una libidinosa Kali. La avidez sexual se adivinaba en sus dientes. Y una enorme boa se enroscaba a su cuerpo.
– Eva y la serpiente -dijo Martel-. Sólo falta el paraíso, pero se puede comprar. Casi todo se puede comprar.
Avanzó hacia la cama y, como quien deposita una ofrenda, se inclinó para repartir un abanico de billetes a los pies del edredón. Pero tuvo que retroceder de un salto. A la vera del lecho, un crótalo acababa de estrellar su amarilla cabeza contra la urna de un terrario.
– Se llama Leila -musitó Rita-. Es un amor. Mi mejor amiga. Ha estado siempre conmigo. En los malos y en los buenos momentos.
La madam recogió el dinero, lo contó y lo guardó en un cofre, sobre el tocador.
– Puede ponerse cómodo, el caballero.
Martel se repantigó en un descalzador. No había lámparas. Las pantallas debían estar ocultas detrás de los muebles. Rita encendió palos de sándalo y los cirios de un candelabro.
– Vete, Nadia.
La muchacha obedeció y abandonó la alcoba. A su vez, Rita desapareció tras una cortina de terciopelo. La rosácea emanación lumínica se extinguió; sólo restaron las parpadeantes llamas de las velas para conferir a la estancia un aire de capilla consagrada a los afiches que enaltecían a Rita Jaguar, felina y sensual, y a sus inseparables víboras, profanando su carne. Los cirios iluminaron un anaquel con vírgenes de escayola. Lejos de purificar la estancia, esas tallas acentuaban el perverso ambiente del santuario.
La cortina de terciopelo osciló y una niña apareció en el dormitorio. Llevaba un camisón blanco y el pelo recogido por una corona de flores.
– Se llama Celeste -dijo Rita, empujándola hacia el lugar de Martel-. Desnúdate, pequeña.
Se hizo tal silencio que el camisón, al caer al suelo, sonó como una tela rasgada.
Celeste empezó a moverse con una sensualidad ensayada, como si estuviera luciéndose ante un público. Cuando bailaba, se imaginaba a sí misma nadando en el mar. A medida que un inaudible ritmo crecía en su interior, según escuchaba la música de las olas, el compás de la marea o los submarinos ecos del arrecife se contoneaba más y más, sinuosamente, como un pez pugnando por escapar de la red. A Martel le fascinaron sus brazos como algas flotantes, sus temblorosos pezones de muchacho.
La madam abrió una cajita de aluminio y acercó una vela a una cucharilla que al calentarse al fuego fulgió como si fuera de cobre. Luego, con parsimonia, preparó la aguja.
A un gesto de su madre, Celeste se tumbó en la cama y se dejó inyectar. Inmediatamente, se abandonó a una soñadora languidez. Rita desanudó la cinta de su antebrazo, donde había bombeado la vena, y volvió a colgársela a una de las vírgenes, como si fuera un amuleto.
– Están bendecidas -dijo, sosteniendo la jeringuilla vacía-. ¿Usted?
Martel se opuso con un vigoroso movimiento.
– ¿Heroína?
– Morfina.
– ¿Quién le pasa el material?
– Eso no es asunto suyo.
Rita guardó el estuche metálico en un cajón del secreter.
– Le ayuda a olvidar.