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El corazón le dio un vuelco: otra sombra acababa de pasar junto a ella, rozándola con su áspera carne. Martina se desequilibró; sintió crujir las estacas y su torso se inclinó hacia el agujero negro de las olas. Era el segundo perro, la hembra, que acudía junto a su compañero. Muy cerca de ella, los daneses removían la arenilla, encogiendo el pecho como si estuvieran reuniendo valor para saltar. Pero no se decidían, y empezaron a aullar lastimeramente.

Martina retrocedió algunos pasos, en busca de un escarpe para descender la pendiente. En la loma más próxima a la posada creyó descubrir un abrupto corte que, si bien muy arriesgado, aparentaba permitir el descenso. Apenas había empezado a bajar cuando oyó ruido de cascos. La sombra de un caballo negro, sin bridas ni montura, ocupó la senda. El viento arremolinaba la melena de Teo, que montaba a pelo.

– ¿Qué ha pasado? ¡Oí un grito!

– ¡Alguien ha caído a las rocas! ¡Intentaré bajar!

– ¡No se arriesgue!

– ¿Se le ocurre algo mejor?

– ¡Espere ahí! ¡Iré por una cuerda!

Martina negó con la cabeza.

– Creo que podré. Avise a la Guardia Civil.

El caballo volvió grupas y se dirigió al pueblo atravesando los prados. Martina se quitó los zapatos, sostuvo la linterna entre los dientes e inició el descenso. El viento la sostenía contra la pared. Avanzaba muy lentamente, colocando un pie delante de otro y asegurándose de que sus manos encontraban algún punto de apoyo, una raíz, una hendidura. Bajar hasta la misma orilla no debió llevarle más de diez minutos, pero le parecieron un siglo. Después, todo fue más fácil. Simplemente tenía que esperar a la vaciante de la ola para saltar de una roca a otra.

Cuando llegó junto al lugar donde se había despeñado el cuerpo, la resaca amenazaba con arrastrarlo mar adentro. Milagrosamente, estaba vivo. Tuvo que tirar de él para arrastrarlo hasta una piedra más plana y a salvo del oleaje.

A pesar de las heridas, de la sangre que le bañaba la cara, identificó a Martel. Buscó el pulso en su muñeca; latía con debilidad.

En el acantilado sólo se distinguían las borrosas sombras de los perros, que seguían aullando. La subinspectora registró los bolsillos de Martel. En uno de ellos encontró una colilla de la misma marca que ella fumaba. La guardó, asombrada, y abrió la cartera. Había un carnet de identidad, una fotografía del propio Martel que parecía tomada en alguna ciudad del norte de África, abundante dinero y un sencillo plano de la costa de Portocristo, con una cruz marcada en el litoral oriental, a la altura de un punto situado entre Forca del Diablo y la Piedra de la Ballena.

Contemplando con una suerte de fascinación la rompida de las olas, y cómo la espuma, al restallar, se elevaba sobre ellos, derramándose en miríadas de gotas, la subinspectora permaneció junto al cuerpo inmóvil. Lo había cubierto con su chaqueta, de manera que su delgada blusa se iba empapando.

Al cabo de media hora se escucharon gritos en la cumbre. Dos guardias comenzaron a bajar por el mismo lugar por donde había descendido la subinspectora. Alcanzaron el arrecife y se aplicaron a la tarea de izar el cuerpo. Martina les precedió en la subida, remontando con agilidad las puntiagudas rocas. Arriba, en la senda, con una faria apagada entre los labios, los esperaba el sargento Romero.

– ¿Se encuentra bien?

– Creo que sí.

– Se ha jugado la vida.

– Había una posibilidad de que ese hombre no hubiera muerto.

– ¿De quién se trata?

– De un individuo llamado Martel -dijo la subinspectora, tras aceptar la mano que le tendía el sargento para salvar el último repecho-. Le oí caer y acudí en su ayuda. He revisado su documentación. Lleva mucho dinero, y un plano marcado.

Romero dio un vistazo al mapa. Junto con la cartera que acababa de entregarle Martina, lo guardó en un bolsillo de su guerrera.

El joven Golbardo estaba un poco más allá, observándoles con curiosidad. Había desmontado, y sostenía a su caballo por la brida. Martina se acercó al sargento y le susurró al oído:

– ¿Sería posible, para un hombre joven y atlético, empujar a un hombre al vacío, regresar al extremo del sendero, montar un caballo, rodear los prados y fingir que acababa de despertarse en la posada, alarmado por un grito desgarrador?

Romero no respondió. A una indicación suya, Teo Golbardo se aproximó a él. Los guardias acababan de tender el cuerpo de Martel en una camilla. Respiraba a estertores, como si tuviese algunas costillas rotas. El sargento iluminó la cara del herido con una potente linterna.

– ¿Conoces a este hombre, Teo?

– Se hospeda en el Pájaro Amarillo.

– ¿Desde cuándo?

– Desde la noche de ayer.

– ¿Lo habías visto antes?

– No.

– Trasládenlo al ambulatorio -indicó Romero-. Que el doctor Ancano lo examine de urgencia. ¿Llegaste a hablar con él, Teo?

– Por pura cortesía. Nada de particular.

– ¿Tuvo contacto con alguien, realizó llamadas telefónicas?

– Que yo sepa, no.

– Vamos a tener que registrar su equipaje, si no hay inconveniente en que mis hombres entren en su habitación.

– Por mí, ninguno. ¿Tiene más preguntas?

– Por el momento, no.

– ¿Puedo marcharme? Deberé madrugar, si quiero ocuparme del entierro de mi padre.

El sargento lo consintió.

– ¿Qué hacemos con los perros? -le preguntó el cabo.

Los daneses corrían por el sendero, arriba y abajo. Intentaron arrimarse a la camilla, pero los guardias los habían espantado. Teo Golbardo se alejaba con su caballo embridado. La subinspectora había decidido acompañar a Martel y debía estar llegando al Land Rover. El cabo y el sargento estaban solos.

– Su dueño ya no podrá ocuparse de ellos, y podrían volverse peligrosos -dijo Romero-. Descerrájeles un tiro y arrójelos por las rocas. La marea se encargará del resto.

Mientras el sargento revisaba las estacas, el cabo, fumando un cigarrillo, esperó a que el motor del Land Rover dejara de oírse. Después desnudó su pistola y apuntó a los perros. Dos estampidos los enviaron al paraíso animal. Sus cuerpos rodaron por la pendiente, como caballitos de cartón.

28

Cuando el aparato se elevó, la subinspectora tuvo la impresión de que penetraba en un mundo acolchado, hecho de algodón, regido por leyes físicas que nada tenían que ver con las que sostenían a los hombres en su penoso discurrir por la superficie de la tierra. Se sintió ligera, imaginativa, como desprendida al fin de las pesadas sensaciones que venían lastrándola en las últimas horas transcurridas en Portocristo. También su cerebro flotaba entre esas nubes a las que el faro de la aeronave arrancaba extraños colores, reflejos de un gaseoso universo.

El helicóptero siguió ascendiendo hasta dejar abajo la barrera de niebla, y estabilizarse en un cielo insondable. La luna brillaba sobre ellos. Parecía estar muy cerca, casi al alcance de la mano. «Bastante más cerca que la solución de los crímenes», pensó Martina, experimentando un leve vértigo, un cierto decaimiento y, al mismo tiempo, la renovada impresión de que la solución al enigma se encontraba delante de ella. Sólo que no acertaba a verla.

La subinspectora se desabrochó el cinturón de seguridad y se desplazó hasta la cola del aparato. Carlos Martel permanecía tendido en una camilla. Le habían lavado la sangre de la cara, pero seguía teniendo el rostro contusionado, hinchado, y el labio inferior, partido por la mitad, deformado por los puntos que el doctor Ancano le había aplicado en el ambulatorio mientras aguardaban la llegada del helicóptero procedente de la Unidad de Salvamento de la Guardia Civil, con sede en Bolscan, hacia cuyo helipuerto se dirigían ahora.

Manuel Ancano, el director del ambulatorio de Portocristo, era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el cráneo desprovisto de pelo y una protuberante boca que generaba una salivilla blanca al hablar. A la subinspector le extrañó que en plena noche vistiera un elegante traje de alpaca de color perla y una impecable corbata de listas rojas y azules, y que sus zapatos negros de marca refulgieran como si acabara de aplicarles betún y una vigorosa friega de cepillo abrillantador. Cuando la camilla de campaña que había transportado a Martel ingresó en la sala de urgencias del ambulatorio, tras un accidentado periplo por la senda del acantilado y las irregulares pistas de tierra que jalonaban las praderías, el doctor había ordenado que le quitaran la ropa, se había despojado él mismo de su americana y había reconocido las heridas de Martel con un aire profesional no exento de preocupación.