– Esas muertes fueron accidentales, subinspectora.
– El juez opina lo mismo, pero yo no me encontraba presente para corroborarlo. Algunos elementos de la investigación me han hecho contemplar la posibilidad de que Gabriel Fosco y Pedro Zuazo fueran asimismo asesinados. ¿Repasará sus notas, doctor?
– Lo haré, por supuesto, si con ello voy a ayudarla, pero le adelanto que puede descartar la intriga criminal. Ninguno de ellos tenía enemigos. No hubo amenazas, ni les robaron nada. Y los síntomas eran claramente fortuitos, créame. Gabriel Fosco se ahogó. Pedro Zuazo se despeñó. Eso fue todo.
Una hora más tarde, hacia las cinco y media de la madrugada del miércoles, el helicóptero sobrevolaba las luces de Bolscan. La niebla se había despejado un rato antes, en cuanto se alejaron de los acantilados costeros y de la fría corriente polar que bañaba la desembocadura del delta, provocando las alteraciones térmicas típicas del estuario.
Como si regresara de un largo viaje, Martina tuvo la impresión de que había abandonado la ciudad mucho tiempo atrás. Intentó distinguir su casa cuando el aparato discurrió ruidosamente sobre las alamedas del paseo marítimo, pero las luces de su urbanización estaban apagadas, y apenas vislumbró la chata colina sobre la que se levantaban las antiguas mansiones modernistas en las que residían algunas de las más acomodadas familias de Bolscan. Intentó imaginar a Berta, en su estudio, trabajando a la luz de un flexo, o dormida en su habitación, con los ojos blandamente cerrados, respirando mal por la entreabierta boca, pero algo le decía que en los hábitos que regían su vida, y la de ambas, se había producido un cambio. Temió que Berta estuviese por ahí, bebiendo, divirtiéndose. O en la cama con cualquier hombre. Con Daniel Fosco, pensó, dándose cuenta de que había empezado a odiar su fláccida cara, la cínica sonrisa del pintor.
Una ambulancia los estaba esperando en la Unidad de Salvamento. El aparato aterrizó en el helipuerto, levantando una bolsa de aire caliente en derredor suyo. Casi de inmediato, los dos sanitarios que habían atendido al herido durante el vuelo, y ella misma, se encontraron en el interior de un vehículo cerrado, claustrofóbico, donde les aguardaba una doctora muy joven, con una cola de caballo y un chaleco de color naranja sobre su camisa de invierno. Martel se quejó durante todo el trayecto, pero no llegó a recuperar la conciencia.
Cuando llegaron al Hospital Clínico, un equipo médico se hizo cargo de Martel. La subinspectora vio desaparecer su cama rodante hacia las plantas de quirófanos, situadas en el subsuelo.
Esperó hasta las siete de la mañana, hora en que abrieron la cafetería, y desayunó sin ganas, obligándose a tomar con el café con leche unas insípidas galletas que, en lugar de aportarle energía, la sumieron en una sensación de lentitud y fatiga. Se quedó adormilada en las sillas del vestíbulo, entre otros usuarios que parecían esperar turno de llamada. A eso de las ocho y media, después de asearse en un lavabo, bajó a urgencias y solicitó información sobre el estado del herido. El médico de guardia le informó que el paciente seguía siendo intervenido.
– Su estado es grave -añadió el médico-. Tiene varios huesos rotos y hemorragias internas. ¿Es cierto que rodó por los acantilados de Portocristo? Si se trata de las mismas paredes por las que yo he descendido, debió caer desde una enorme altura.
– ¿Conoce la costa?
– Soy aficionado a los deportes de aventura -repuso el médico, con una limpia sonrisa; era atractivo, musculoso; no tendría más de treinta y cinco años. Martina lo imaginó en una casa de las afueras, con una mujer pulcra y rubia, y tal vez con algún niño de corta edad-. Cuando puedo escaparme del hospital practico el rápel o la escalada libre. A veces elegimos los acantilados, por eso le decía. Un descuido en cualquiera de esas paredes puede resultar mortal de necesidad.
– Ese hombre es un testigo. ¿Cuándo podré hablar con él?
– Dependerá del cirujano. Esta tarde, quizá.
– Le llamaré antes, para saber cómo ha ido la operación.
El médico de guardia le dedicó una deslumbrante sonrisa. Martina supuso que a las enfermeras de la planta no les desagradaría recibir de vez en cuando una gratificación como ésa. Quizá a alguna no le importaría aceptar una invitación a cenar. Para repasar los fallos y necesidades del servicio, simplemente.
– Será un placer atenderla, subinspectora.
– Puede llamarme Martina.
– Desde luego, Martina. Si me deja un número, yo mismo le informaré en cuanto sepa algo.
La subinspectora le facilitó el número de Jefatura y salió a la agradable mañana. La temperatura superaba en varios grados a la que enfriaba las brumosas marismas del delta.
En la puerta del hospital cogió un taxi y se dirigió a comisaría.
Conrado Satrústegui ocupaba su despacho desde primera hora. La recibió abandonando su mesa con la mano extendida, como aliviado de volver a verla sana y salva.
– Siéntese, Martina.
La subinspectora permaneció en pie.
– No estoy cansada.
– Su aspecto la desdice. ¿Un café?
Martina sonrió, débilmente.
– Me temo que no he avanzado demasiado, comisario.
– Eso lo decidiré yo. Veamos qué me trae.
– No mucho. En realidad, tan sólo una pista sólida. Esas marcas en los cadáveres de las que le informé en nuestra última conversación.
– ¿Las que fotografió? ¿No quedó en enviármelas?
– No tuve ocasión de revelarlas. El carrete sigue en la máquina.
– Démelo.
El comisario llamó a su secretaria. Adela entró con la misma expresión con que había saludado a Martina: como si estuviera en un funeral.
– Que revelen esta película, y amplíen las copias. Llame al inspector Buj.
El Hipopótamo no tardó más de treinta segundos en aparecer. El esfuerzo de recorrer el pasillo y las escaleras que separaban su oficina del despacho del comisario le había hecho aflorar un brillo de sudor en las patillas. Sus ojillos paquidérmicos taladraron a la subinspectora con una mirada en la que se desbordaba el recelo. Sin decir palabra, tomó asiento frente a la butaca de Satrústegui.
– Adelante, Martina -indicó el comisario.
La subinspectora inspiró el viciado oxígeno.
– Como le decía, esas marcas suponen nuestra única pista. Debieron realizarse con un punzón o un instrumento muy fino, y las ejecutó un zurdo. El doctor Ancano, el médico que examinó los cadáveres, no las advirtió, pero yo no descartaría por completo que pudieran habérsele pasado desapercibidas; tan leves son. Forzosamente tuvo que dibujarlas el criminal, o uno de sus cómplices. Otra hipótesis carecería de significado.
– Estoy de acuerdo -murmuró Satrústegui.
– ¿El sol sale por la mañana? -se preguntó el Hipopótamo, ahogando una risita.
El comisario le destinó una mirada represiva.
– Ahórrese las coñas, Buj. Avanzaremos más deprisa. Continúe, Martina. ¿Fue el médico de Portocristo quien realizó las autopsias?
– Las estimó innecesarias.
– ¿Porqué?
– Las cosas, en una pequeña población como Portocristo, son de otra manera. El doctor Ancano renunció a las necropsias para aliviar el sufrimiento de los familiares. En parte -estimó Martina-, puedo coincidir con él. No creo que nos hubieran revelado mucho más.
– Volvamos a esas señales sobre la piel de las víctimas -dispuso Satrústegui-. Apuntaba que tal vez fueron hechas a posteriori del examen médico.
– Es una posibilidad. Que habría tenido lugar a partir del momento en que los cuerpos descansaron en la funeraria, a la espera de ser restaurados.
– Esa teoría depara algunas lagunas -opinó el comisario-. Presupondría que el asesino, en lugar de marcarlos en la escena del crimen, apuntándoselos como trofeos, aguardó a que los cuerpos fueran descubiertos, trasladados y examinados, para tatuarlos posteriormente.