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– Dos cadáveres y un traficante -susurró Horacio, detrás de ella, tan cerca que Martina pudo distinguir el olor de su loción-. Podría ser una conexión.

– Martel llevaba un mapa de la costa, señalado con una cruz.

– El lugar de la entrega, tal vez. Apriétele las tuercas.

– A estas horas no sé si está vivo o muerto.

– Ese acantilado por el que cayó estaba cerca de la posada, ¿no es cierto?

– Así es. El pueblo queda más abajo, junto a la playa, algo alejado.

– Conozco el paraje -reveló Horacio-. Ya le dije que alguna vez he visitado la zona para saludar a una vieja amiga. Rita Jaguar. No me ha revelado si tuvo el placer de saludarla.

Brevemente, la subinspectora le relató su encuentro con la cabaretera.

– No entiendo cómo esa mujer pudo sorberle el seso, Horacio. Tiene un aspecto terrible, con la desgreñada melena pelirroja y esas piernas de bailaora retirada.

– Los años no la han respetado, pero tampoco a mí. Eso tenemos en común: que somos dos fracasados.

– No hable así.

– ¿Por qué no? Nuestro tiempo pasó, y sólo nos dejó aromas de derrota.

– Parecería un bolero, si…

– ¿Si qué? -sonrió Horacio, con tristeza.

– Si esa mujer no diera la impresión de ser muy capaz de hacer daño.

– ¿A quién, a sus clientes? No dramatice. En el fondo, no es más que una puta vieja a la espera de su jubilación. ¿Ha vuelto a preguntarse por aquella historia que le conté en el puerto? La del crimen del carpintero, ¿recuerda?

– Apenas he tenido tiempo para pensar en ello. En cuanto me concedan unos días libres me ocuparé de ese asunto, según le prometí.

– Suponía que no iba a disponer de un segundo. Por eso he releído en su lugar el expediente de Jerónimo Dauder. Hay cosas curiosas, Martina. El libro de asientos de la carpintería, por ejemplo, registra movimientos y cargos de reparación y construcción de embarcaciones fluviales, hasta el año 1950, cuando Dauder ingresó en prisión. Muchas de esas lanchas procedían del delta.

– Hágame un favor, Horacio -cedió Martina, para terminar de una vez con aquel enojoso asunto-. Foto cópieme ese expediente. Lo llevaré conmigo.

En ese instante sonó el teléfono de la sección. Muñoz descolgó el receptor.

– Está aquí, sí. Un momento, por favor. Es para usted, Martina.

La voz procedía del Hospital Clínico, y era pausada y sonora. La subinspectora pensó que aquel tono poseía algún tipo de cualidad balsámica, como si pudiese penetrar bajo la piel y expandirse como una suerte de dulce calor.

– Tengo buenas noticias para usted -dijo el médico de guardia que la había atendido antes-. El paciente por el que se interesaba ha sido trasladado a planta. La operación ha debido ser compleja, pero parece que se ha resuelto con éxito.

– ¿Cuándo podré hablar con él?

– En cuanto salga de la anestesia. Un par de horas, más o menos.

– Allí estaré. Le agradezco la llamada.

– De nada. Si no tiene nada mejor que hacer, y le apetece compartir conmigo el modesto menú hospitalario, puedo invitarla a comer.

Martina iba a rechazar la invitación, pero lo pensó mejor. Pensó que necesitaba seguir escuchando esa voz.

– Muy bien. ¿A qué hora?

– ¿Sobre la una y media?

– Perfectamente.

Eran las doce cuando Horacio Muñoz acabó de fotocopiar el expediente de Jerónimo Dauder. Mientras el archivero se ocupaba de ello, la subinspectora hizo un par de llamadas para completar la información de que disponían sobre Carlos Martel.

A partir de la relectura de su ficha policial, consiguió hablar con un inspector sevillano, Francisco Belmonte. Años atrás, ese inspector había detenido a Martel en aguas del Estrecho, a bordo de una motora que intentaba pasar un contrabando de hachís. Por aquel delito, Martel había dado con sus huesos en el penal del Puerto de Santa María, donde permaneció ingresado durante treinta y tres meses. Belmonte le dijo a la subinspectora que Martel solía trabajar por libre, aunque a veces se enrolaba en alguna operación con bandas colombianas, en particular con el cártel de Pico Uriarte, que operaba indistintamente en el norte y en el sur del país. Paralelamente, Martel había llegado a acuerdos con los gallegos, introduciendo a algunos de sus capos en el negocio del Estrecho. Era malagueño, pero vivía a caballo entre Ceuta y Tánger. No resultaba infrecuente sorprenderlo por Marbella, cuyos clubs solía visitar cuando disponía de dinero fresco. No se le conocía familia, ni relaciones estables.

– Un putero, si me entiende, con hechuras de proxeneta, y un tipo duro -recordó Belmonte-. Nada sofisticado, pero muy eficaz. Desde que salió del Puerto sabía que le seguíamos los pasos, que su capacidad operativa se había limitado considerablemente. De ahí, quizá, que haya buscado en el norte nuevas oportunidades.

La subinspectora le dio las gracias por la información. Se despidió de Horacio y abandonó el archivo. Salió a la calle y cogió un taxi en la avenida del Príncipe.

En su casa no había nadie. La puerta principal estaba cerrada con doble vuelta, tal como ella solía dejarla cuando se marchaba por algunos días. La señora que les venía a limpiar también cerraba de esa manera. Esa mujer acudía los martes y los jueves. Había estado el día anterior, por tanto. Desde entonces, no parecía que alguien más hubiese entrado.

La gatita Pesca la recibió en el salón. Martina no necesitó llamar a Berta, porque sabía que no se encontraba allí. La subinspectora recorrió la planta baja buscando inútilmente alguna nota de su amiga. Entró en la habitación de Berta. Todo estaba en orden. Abrió su armario, que seguía tan revuelto como de costumbre, y subió al ático. Las fotografías que había visto fugazmente en la tarde del lunes, antes de partir en el ferry, permanecían colgadas de las cuerdas de secar. Se trataba de una serie. Las observó con mayor detenimiento. Llevaban el inconfundible sello de Berta, pero los motivos eran nuevos para ella. En las imágenes, deliberadamente difusas, se veía la sombra de una mujer con los brazos encadenados en forma de cruz. Aunque la melena le ocultaba el rostro, Martina pudo reconocer la boca de Berta dilatada en una expresión de fiereza o placer, y sus pequeños dientes, regulares y blancos, destacando contra el fondo oscuro del paladar. El equipo fotográfico seguía en el mismo sitio. Las cámaras, los negativos, las cajas con obras enmarcadas, los sobres plastificados con impresiones de su archivo particular. Eso le hizo pensar que quizá su amiga no se había marchado definitivamente.

Entró a su dormitorio, se desnudó y se regaló una larga ducha de agua hirviendo. Frotó su cuerpo con un guante de crin, como si quisiera depurar su piel, se lavó el pelo y se arregló las uñas pensando vagamente que aquella higiene podía tener algo que ver con su cita en el hospital. Después se cambió de ropa, llamó a la gatita, salió de la casa y volvió a cerrar con doble vuelta. Con Pesca entre los brazos, llamó a la verja de la viuda Margarel y le pidió que cuidara a su gata hasta su regreso.

– ¿Tu amiga tampoco va a estar en casa? -preguntó su vecina.

– No sé nada de ella.

– Se marchó el lunes por la noche -dijo la viuda Margarel-, poco después de que te despidieras de mí. La acompañaban dos jóvenes. Uno vestido de negro, otro de claro. Los dos altos, delgados y con el pelo largo. Se fueron andando, calle abajo. ¿Quiénes eran, artistas también? Ella les cogía del brazo y parecía muy contenta de…

La subinspectora la ayudó a terminar la frase:

– ¿De alejarse?

– Líbreme el Señor de meterme en tus cosas, Martina.

– Cuide de Pesca, Julia.

– Puedes ir tranquila. No va a pasarnos nada. ¿Te aviso si… si ella vuelve a aparecer?