Además de sus calzones largos y los pantalones de paño, el capitán llevaba un jersey de cuello cisne y un capote marinero, pero en cuanto empuñó la brocha empezó a tiritar. Buscó refugio en la bodega del lanchón, cuya panza conservaba una sofocada tibieza, y se puso a reparar el alambique. El sargento Romero había ordenado una batida para acabar con la destilación clandestina de licor, pero no se le había ocurrido revolver allá dentro.
Tampoco el espectro de Sara María Golbardo había encontrado aún la manera de bajar a la sentina. A veces, si se pasaba con el anís navegando en soledad por las irisadas marismas, José Sumí la sorprendía en cubierta, acodada a la borda, permitiendo que el viento alborotara su cabello gris e hinchase las mangas del mismo vestido rojo coral que llevaba la tarde en que se ahogó.
Respirando el olor de la brea, en medio de aquella soledad que tanto amaba, el espíritu del capitán, como La Sirena en el chapaleo de la pleamar, se mecía en una tenue felicidad. En aquella cálida matriz, el tiempo dejaba de existir. Sólo latían los recuerdos, los pulsos de sus manos trabajando a la luz de un fanal.
Cuando terminó de limpiar el alambique, José Sumí volvió a subir al puente para cepillar las pasarelas.
La brocha estaba apelmazada del último uso. La introdujo en un cubo de aguarrás y aplanó las pegajosas cerdas. Barnizó los mástiles del toldo y empuñó el hacha para desbastar una tabla que había que sustituir en cubierta.
Entonces, entre la niebla, vio a la mujer.
30
Martina de Santo debía llevar un rato al pie del embarcadero, inmóvil junto a la cabina de expedición de pasajes. La subinspectora había reconocido el mascarón, la toldilla, la rabiosa pintura escarlata del casco.
Lo primero que a José Sumí le llamó la atención, además de su sombrero y su estilizada figura, fue lo natural de su presencia, como si no concurriera nada de extraordinario en el hecho de que una atractiva forastera hubiera decidido aparecer en un embarcadero remoto, al norte del país, con los oleajes y el relente del invierno en ciernes.
– ¿Se le ofrece algo? -voceó el marino.
Caminando con cierta dificultad por las resbaladizas tablas, la subinspectora avanzó hacia la sirenita de proa, que parecía mirarla con su expresión de ángel ciego.
– ¿Es usted el marinero?
José Sumí replicó:
– Soy el capitán, no sé si para servirle a usted.
Con su envergadura y sus barbas blancas, el patrón parecía un oso polar. El hacha se veía pequeña en su mano.
– Disculpe.
– Perdonar es fácil, como herir.
Un tanto asombrada, pero alerta, Martina encendió un cigarrillo.
– Tengo que ir a un lugar llamado la Piedra de la Ballena. ¿Hace esa ruta?
El capitán recogió el hacha en el puente, acabó de limpiar la brocha en el filo del impermeable y la arrojó al cubo de aguarrás. Martina se preguntó si ese mismo capote habría servido para envolver los restos de Dimas Golbardo, sus manos cortadas, sus intestinos, sus ojos.
José Sumí la medía con mirada torva.
– Nunca la había visto por aquí.
– Estoy de paso.
– ¿Para qué quiere ir a la Piedra?
– Me han dicho que ese paraje está rodeado de misterio. Tal vez escriba algo para mi revista.
El patrón no se decidió a responder hasta pasado un rato, cuando la hubo calibrado a su gusto.
– Verá. No me importaría llevarla a la Piedra de la Ballena, a cualquier orilla del delta, incluso al fin del mundo, pero es temporada baja. Estamos cerrados. No habrá servicio hasta Semana Santa.
– He alquilado esa propiedad -le informó la investigadora-. Su propietario, Teo Golbardo, me previno que la carretera del estuario está cortada por las inundaciones, pero me aseguró que su lancha podría trasladarme hasta la playa ballenera.
– ¿Eso le dijo mi sobrino? ¡Buen tunante está hecho! Mejor haría en no meterse donde nadie le llama. ¿Supone que me ha indemnizado por los pasajes del último verano? Por supuesto que no. A Teo todo le da igual. Debe pensar que La Sirena y yo sólo aparejamos para él. ¡Cuán diferente era su padre, el noble Dimas, a quien Dios tenga en su gloria! Después soy yo quien tiene que quedar mal con gente como usted. Vamos a dejarlo, si le parece. O si no le parece.
Pero la subinspectora no había llegado hasta allí para arrojar la toalla.
– Me siento incómoda hablándole desde aquí abajo. ¿Le importa que suba al puente?
El capitán se limitó a señalarle una escala. El viento del amanecer rizaba la superficie del estuario. Una familia de cormoranes chapoteaba en la laguna, cuyas aguas, del color de la mirada del capitán, eran de un verde óxido. Los ribereños juncos dejaban asomar bancos de arena. Al fondo se transparentaban rocas oscuras y un peñón batido por las olas.
– Parece una postal -dijo Martina, deslizándose bajo la toldilla.
José Sumí acababa de descubrir en el bolsillo de su pantalón restos de un cigarro puro; prendió la pava con un mechero de alcohol.
– Veinte mil -dijo, tras expulsar el humo.
– ¿Cómo dice?
– Si quiere que la lleve a la Piedra de la Ballena tendrá que abonarme veinte mil pesetas.
– ¡Es un abuso! ¿Me ha tomado por una cándida?
– Puede regresar a Portocristo y contratar una cangrejera -repuso el patrón, con cuajo-. Cualquier pescador la llevará por la cuarta parte. Sólo que, si el gallego se pone a soplar en serio, como él sabe hacerlo, demorará una jornada, o no llegará. El río baja desbordado, y las rompientes imponen.
– En la taquilla figura el precio del billete -dijo ella. Agitó el cigarrillo y apuntó con la brasa el mostrador donde se expedían pasajes para las travesías panorámicas-. Acabo de comprobarlo. Cuesta mil pesetas. Novecientas noventa y cinco, exactamente.
– Precio de temporada, señora.
– Señorita.
– Señorita -repitió el capitán, sarcástico-. Cobramos esa cantidad por la travesía hasta las barras, ida y vuelta. Apenas cuarenta minutos. Pero usted pretende llegar bastante más lejos. ¿Le dijo mi sobrino Teo dónde queda su propiedad? De la Piedra de la Ballena nos separan dos o tres horas de navegación. Hay que remontar el estuario, evitando el reflujo de las barras. Salvar el arrecife, costear y otra vez adentrarse por la ría del Muguín. Si viajase acompañada podría partir gastos, y le saldría más económico. Así le resultará caro, lo sé. Siempre cobro por adelantado, no recuerdo si se lo he advertido.
– La memoria debe ser su punto débil, porque descaro le sobra a usted.
– En el delta somos francos, señorita-dijo el patrón de La Sirena ; no parecía ofendido-. Aquí la vida es difícil. Lo toma o lo deja.
Martina abrió una cartera. En el espacio que los separaba extendió dos billetes nuevos.
– Sabia decisión -aprobó el marino, arrugándolos por sus bolsillos-. Hay café en el camarote. Si abre la alacena, descubrirá una caja de galletas. Coja una, o las que le apetezcan. Puede que estén rancias. De ser así, las arrojaremos a las gaviotas. Esas inocentes avecillas son criaturas predilectas de Dios. No en vano el Supremo creó antes a las aves que al imperfecto Adán. ¿Ha leído el Génesis, señorita? El cielo bendice la mano que les da de comer. Permítame. Subiré a bordo su equipaje.
Martina suspiró, agotada. En el ferry no había conseguido descansar. Tampoco en su habitación de la posada del Pájaro Amarillo, a la que arribó pasada la medianoche, pudo dormir. Al rayar la aurora, se vistió. Había descendido por la senda del acantilado y recorrido el camino de sirga hasta la Casa de las Buganvillas, donde nadie contestó a la aldaba. Razón por la cual se había encaminado al embarcadero de La Sirena.
José Sumí baldeó la cubierta, sucia de guano. Lustró sus botas con una gamuza, se puso una gorra que había pertenecido al legendario Abraham y liberó las maromas. El motor hizo un ruido infernal, como si una bestia se desperezase en la sentina, pero no arrancó.