Examinó el cuchillo y el hacha. No parecían haber sido utilizados hacía poco más de un par de días, cuando Dimas Golbardo fue asaltado y desventrado en ese mismo paraje.
La subinspectora apartó una pesada hélice y, pegándose a la pared, avanzó hacia el fondo del refugio. Súbitamente, su corazón dejó de latir: la puerta acababa de cerrarse de un golpe.
– ¿Quién anda ahí? -exclamó.
Nadie contestó. Martina se abalanzó hacia la entrada. El sonido de la tranca de hierro al ocupar su posición le hizo maldecir por haber descuidado sus espaldas.
– ¡Abra! ¡Vamos!
Empujó la puerta, pero su rudimentario pasador ofreció resistencia. El rumor de unos pasos merodeando alrededor del cobertizo le hizo comprender que, fuese quien fuese el que se encontraba al otro lado, no albergaba buenas intenciones. Martina apartó una montaña de trastos buscando un hueco en el muro, pero no existía otra salida. Aferró el hacha y golpeó la puerta. Al tercer impacto logró astillar un tablón. Por el hueco en forma de estrella hizo asomar la punta de su pistola.
– ¡Tengo un arma! ¡Abra, o la utilizaré!
Martina disparó al azar, uno, dos balazos, más para confortarse que con la esperanza de alcanzar un blanco. Después se quedó quieta, escuchando. Al rumor de pasos se habían unido al menos dos voces y una serie de amortiguados chasquidos, como si afuera estuvieran acumulando alguna clase de material.
«Leña», presintió. «Están haciendo una pira. Van a quemarme viva.»
Notando que rompía a sudar, y que su pulso se disparaba, continuó su esfuerzo con el hacha, hasta que la tensión la hizo jadear. Finalmente, el tablón saltó. Martina sacó una mano, en busca de la tranca, pero, aunque llegó a tocar la barra de hierro, no logró destrabarla.
– ¡Abra la puerta!
La réplica fue un intenso olor a gasolina y, tras una sorda crepitación, las llamaradas.
En un lapso increíblemente breve, un humo acre invadió el cobertizo. Las llamas alcanzaron la techumbre, que comenzó a arder por los cuatro costados. Incandescentes fragmentos se precipitaron sobre los tesoros de Dimas Golbardo, prendiendo en los flotadores de corcho y en los ajados velámenes que el pescador de ballenas habría conservado por alguna razón sentimental. Hicieron combustión en el acto, como ígneas banderas.
Sintiendo que le faltaba el aire, la subinspectora siguió golpeando la puerta con el hacha. Otra tabla saltó bajo sus golpes. Pero, al otro lado, se elevaba un muro de llamas.
El cobertizo ardía como una tea.
Desesperada, Martina cargó contra los tablones y disparó hasta cuatro veces. Se quedó escuchando, pero la crepitación del fuego, que tiraba como una inmensa chimenea, no le permitió oír nada. Estaba sudando de la cabeza a los pies. Su mente se debilitaba. Se dio cuenta de que no respiraba oxígeno, sino algo espeso y caliente que le abrasaba los pulmones como una candente garra.
Intentó taparse la boca con un pañuelo, pero las rodillas se le aflojaron y su visión se desvaneció en una cortina de humo.
32
Cuando volvió en sí, lo primero que vio fue un planeta de piel abrasada inclinándose sobre ella y dos ojos de un azul tan transparente que parecían de cristal. Encima de ellos, sin rastro de pelo, se abombaba un cráneo rugoso, de cuya nuca colgaban sucias guedejas. La barba, igualmente descuidada, era más clara, del color del whisky añejo. En medio de aquel rostro deforme se abría una boca sin dientes. Y esa boca, de la que emanaba un pestilente aliento, la había besado.
Una oleada de horror suspendió a Martina.
– ¿Qué está haciendo? -acertó a balbucear.
– Tranquila-repuso el monstruo; tenía una nariz inconcebible, como una cercenada trompa, con dos orificios por los que el aire se filtraba angustiosamente-. Ha sufrido un shock.
La subinspectora tuvo la impresión de haberse convertido en algún personaje de cuento infantil, cuyos imaginarios druidas la hubieran narcotizado con sus pócimas. Pero alguien había intentado matarla. Y aquello no podía ser una fantasía.
El humo seguía irritándola cuando se incorporó sobre un codo. El cobertizo continuaba ardiendo. Una columna de humo se elevaba hacia el cielo. El ogro de los cuentos y ella se encontraban en la ladera del bosque, a cierta distancia del incendio, fuera de peligro.
– ¿Quién es usted?
El hombre elefante hizo un lastimoso mohín.
– ¿Eso qué importa?
– Si no fuera así, no se lo preguntaría.
– Heliodoro Zuazo. Puede llamarme Heli. O El Quemao, como prefiera.
Aquel repulsivo ser sólo llevaba, pese a la fresca temperatura, una rasgada camisa de leñador, por la que asomaba el hirsuto vello del pecho. En cuclillas a su lado, mantenía apoyada en su muslo una de sus manos, más parecidas a zarpas. Las uñas eran amarillas y negras, como las de un animal. La subinspectora sintió náuseas.
– ¿Me ha estado practicando la respiración artificial?
Tal vez El Quemao intentara sonreír, pero sólo consiguió esbozar una simiesca expresión.
– No piense que he disfrutado. Escupa, si le doy asco.
Martina empezó a toser de manera convulsa. Con dificultad, se puso en pie. Tenía magullado el hombro contra el que había golpeado la puerta del cobertizo.
También Heliodoro se había incorporado. Su envergadura era poco común, pero globosa y blanda, como si su carne de maíz estuviera inflada.
En su zurda, El Quemao sostenía una hoz. Con un principio de pánico, recordando vertiginosamente el cuerpo mutilado de Dimas Golbardo, Martina pensó que, mientras había durado su desvanecimiento, esa afilada hoja debió permanecer cerca de su garganta. De sus manos. De su vientre. De las cuencas de sus ojos.
Las vigas del cobertizo se derrumbaron con estrépito. Una lluvia de cenizas se dispersó hacia ellos.
– ¿De qué modo escapé de ahí dentro?
– Usted no pudo salir -contestó El Quemao, con una voz de ultratumba-. Yo la salvé. Supe que había alguien atrapado porque oí disparos. Vi el fuego, y me asusté. Me trae malos recuerdos. Después escuché sus gritos, y derribé la puerta. Y ahí estaba usted, rodeada por las llamas. La cargué e intenté reanimarla. Pensé que estaba muerta. Por suerte, reaccionó.
– ¿A sus besos?
Heliodoro pareció excusarse.
– No sabía qué hacer.
– Se lo agradezco -dijo la subinspectora, dulcificando el tono; pero acababa de darse cuenta de que le faltaba la pistola, y estaba tensa-. Ahora no tengo más remedio que volver a entrar.
– ¿Al cobertizo? ¿Está loca?
– He metido la nariz en sitios peores, se lo puedo asegurar.
– Es imposible entrar.
– He perdido algo de valor, y quiero recuperarlo.
El Quemao levantó el faldón de su camisa y se palpó un costado. También su pantalón estaba desgarrado por varios sitios. Sus perneras se remetían en los caños de unas enormes botas de agua. Martina calculó que debía calzar al menos un cuarenta y seis.
– ¿Se refiere a esto?
Sosteniéndola por el cañón, como si deseara librarse de un objeto contaminado, le tendía su pistola. No hizo ademán de pretender usarla. La subinspectora recuperó el arma y comprobó que el cargador estaba vacío. Ella misma lo había desperdiciado, alocadamente. Llevaba otro de reserva en el bolsillo de su americana, un poco más arriba de la franja de muslo donde se había apoyado la manaza de Zuazo.
– Estaba junto a usted. Imaginé que sería suya.
– De Dimas Golbardo, por supuesto, no iba a ser -replicó la subinspectora.
– Supongo que no.
– ¿Cree que, de poseer un revólver, habría tenido más probabilidades de sobrevivir?
– No entiendo lo que quiere decir.
– ¿Ah, no? ¿Para qué lleva esa hoz?
– Desbrozo los caminos. La mala hierba está creciendo siempre.
– ¿Dónde vive usted? -Preguntó Martina después de una pausa, que empleó en observar las cicatrices de su cuello-. ¿Cerca de aquí?