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– ¿Por eso bebe?

– Sí-sonrió el raquero, horriblemente.

Martina apagó el cigarrillo con el tacón y encendió otro.

– Respóndame ahora a algunas preguntas, y procure hacerlo con sinceridad. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en esta cabaña?

– Nunca había estado aquí dentro.

– No mienta. Mire esas huellas, junto a la entrada. Son suyas.

– Tienen que pertenecer a otro.

– Deje de fingir.

– No lo estoy haciendo.

– Claro que sí. Usted no está tan loco como pretende aparentar. No lo estaba el pasado domingo, cuando el viejo Dimas entró en esta misma cabaña para hacer un inventario de las reparaciones que debería llevar a cabo. Dejaría la puerta abierta, como ahora lo está. ¿Quién iba a querer molestarle en un lugar tan desierto? Usted pudo forcejear con él y arrastrarlo hasta la playa. Pudo acuchillarle el vientre y descuartizarlo en la Piedra de la Ballena.

El Quemao se había puesto a temblar de la cabeza a los pies. Sus dientes castañeteaban.

– ¡Soy inocente!

– Tendrá que demostrarlo.

– ¡Le repito que soy inocente!

– ¿Le resulta familiar el nombre de Santos Hernández?

– Trae los bloques desde la sierra, para mis esculturas -barbotó Heliodoro-. Le esperaba hace unos días.

– ¿El pasado domingo?

– Sí.

– ¿A qué hora?

– A mediodía. Tenía que dejar los bloques de piedra en la hondonada del balneario, junto a las otras esculturas. Los desbasto allí, al aire libre.

– ¿No le extrañó que no se presentase a su cita?

– Tampoco lo hice yo. Me olvidé. Estuve todo el día en la otra vertiente del cabo, recogiendo algas. Las destilo para fabricar pigmentos.

– ¿Alguien más sabía que Santos Hernández iba a desplazarse por ese camino de carros?

– ¿Quién iba a saberlo?

La subinspectora hizo una pausa. La mirada del Quemao era la de un animal acosado.

– La Guardia Civil ha batido la zona, buscando indicios de los crímenes. ¿No advirtió la presencia de los agentes?

– Le acabo de decir que estaba lejos, al otro lado de la Forca. Pasé la noche en la costa y no regresé hasta el día siguiente. ¿Qué ha sucedido con Santos?

La subinspectora respondió, con calma:

– Le clavaron un arpón en el pecho. Su cuerpo apareció a tres kilómetros de aquí, en la playa del balneario.

– Han vuelto a hacerlo -murmuró Heliodoro, como presa de pánico-. ¿Por qué tienen que mostrarse implacables? ¿No hay nada que pueda detenerles?

En el rostro de la subinspectora no se movía un músculo.

– ¿Contra quiénes no se puede luchar?

– Contra los Hermanos. Ellos lo mataron.

– ¿A Santos Hernández?

– A Santos, y también a Dimas.

– ¿Puede probarlo?

El raquero asintió.

– ¿Cómo?

– Venga a mi casa, en Forca del Diablo, y se lo mostraré.

– ¿Qué es lo que va a enseñarme?

– Ya lo verá. Si es capaz de resistirlo.

– Iremos a su casa, pero antes quiero saber algo más. ¿Qué me dice de su padre, el farero, y de Gabriel Fosco, el farmacéutico? ¿Murieron accidentalmente, o alguien los despachó?

– Los Hermanos los liquidaron a todos.

– ¿Por qué motivo?

El Quemao no vaciló.

– Para limpiar esta tierra de hombres mediocres.

Martina sonrió, fríamente.

– ¿Como hacían los nazis?

– ¡Debe creerme! ¡Me estoy jugando la vida al contárselo!

– ¿A quién teme? Usted está metido en esto hasta el fondo. Daniel Fosco y Elifaz Sumí mencionaron su nombre en relación con esas reuniones que se celebran en las noches de solsticio.

– ¿Esos miserables han hablado?

– Yo diría que no se fían de usted.

El raquero se estiró las guedejas.

– Estuve con ellos, no voy a engañarle.

– No lo intente. Teo Golbardo me contó algo más. Está convencido de que fue usted quien descuartizó a su padre, el viejo pescador de ballenas. Teo pretende tomarse la justicia por su mano, y enviarle a usted al otro barrio.

– ¡Asesinos! -rugió Heliodoro, agitando las esposas-. ¿Por qué no me dejarán tranquilo? Se presentan de noche, a cualquier hora… ¿No entienden que he roto con todo? ¿Que he renunciado a sus macabras orgías?

Martina quiso atar otro cabo.

– ¿Teo Golbardo pertenece a la Hermandad?

– Está con ellos. ¡Tiene que creerme, escúcheme!

– ¿En calidad de artista incomprendido?

Un brillo de inteligencia asomó a los ojos azules del raquero.

– Le contaré lo que sé de ellos. Después me suelta, ¿de acuerdo?

La subinspectora asintió, imperceptiblemente. El Quemao, con aire delator, siguió diciendo:

– Teo es un actor mediocre. Las compañías de Bolscan lo han rechazado. Probó suerte en Argenta, pero terminó durmiendo en los bancos. Anduvo trapicheando con drogas, y pasó una temporada a la sombra. En la cárcel debieron romperle el culo. Lo tenía merecido. Regresó a Portocristo con el rabo entre las piernas, convertido en un fracasado. Como todos nosotros. Ha montado un grupo dramático con esa asociación católica del capitán Sumí. El día de Navidad pondrán en escena un auto sacramental. Los decorados corren a cargo de Daniel Fosco, ese pintorcillo de tres al cuarto. Patético, ¿no le parece? ¡Y esos ilusos se consideran artistas!

Heliodoro se echó a reír. Su risa tenía algo de desesperado y salvaje a la vez.

Martina preguntó:

– ¿Cuándo se reunieron todos por última vez?

– En el solsticio de verano, en Isla del Ángel.

– ¿Estuvo usted?

– Sí.

– ¿Quiénes más?

– Daniel Fosco, Elifaz Sumí, Gastón de Born, Teo Golbardo y otro chico.

– ¿Cómo se llama?

– No lo sé, no le conocía. Estaba oscuro, y llevaba una gorra calada.

– Cuénteme qué ocurrió.

– Yo estaba muy borracho. Habíamos fumado. Teo trajo una mierda que pegaba de verdad. Cuando llegamos a la isla era cerca de medianoche. Fuimos en mi barca, pero no sabría decirle cómo pudimos llegar. Las estrellas lucían en el cielo. Nuestras voces se perdían en el mar. Fosco estuvo a punto de caerse al agua, de lo pasado que iba. Elifaz era el único que se mantenía sobrio. ¡Él será quien venga a por mí si se entera que he hablado con usted!

– No lo sabrá. Continúe.

– Déme un cigarrillo.

Martina le puso un pitillo en la boca y se lo encendió. Frente a la llamita del encendedor, Heliodoro pestañeó temerosamente. El humo brotó por los caños de su nariz.

– Usamos mi linterna para trepar por el acantilado, pero al llegar a la cima me obligaron a apagarla. Fosco me la arrebató. Nos sentamos en círculo, en la oscuridad, junto al precipicio, delante del ángel de piedra del cementerio. El mar rompía abajo, muy abajo. Una botella pasó de mano en mano. Elifaz se levantó y tomó la palabra. Nos agradeció que estuviésemos allí, lejos de los vivos, en el mundo de los muertos, que era el nuestro. Elogió nuestra desesperación. Dijo que debíamos conjurarnos para alimentar nuestro odio, pero que ese sentimiento no era aún lo bastante fuerte como para eliminar a todos aquellos que nos habían vejado. A los viejos. A los jefes. A los padres. Elifaz dijo que había que clavar un arpón en el corazón de la humanidad. Debíamos actuar. Cercenar, mutilar. Eso dijo Elifaz. Y, entonces, señaló una tumba…

Mientras El Quemao hablaba, sus uñas habían arañado la madera del suelo.

– ¿Qué es eso? -preguntó Martina.

– ¿El qué?

– Las marcas que acaba de hacer en el piso.

– No me he dado cuenta -murmuró él.

– Parecen dos serpientes -observó la subinspectora-. O el símbolo del infinito. Vi ese signo en unas piedras talladas, cerca de aquí.

Heliodoro Zuazo la contempló con arrobación.