La puerta de la bodega se abría hacia una boca negra y profunda. Sobre una rampa de arenisca se habían tallado irregulares escalones. Desde el fondo, como el temblor de una llama, parpadeaba una luz terrosa.
La subinspectora sacó la pistola y bajó uno por uno los veinte peldaños del pasadizo. Las telarañas rozaban su pelo. Según descendía, un torvo resplandor, cada vez más vivo, anunciaba el lecho del caño.
Bruscamente, percibió un olor nauseabundo. El techo de roca viva se abodegó en una estancia que en otro tiempo debía haber servido de lagar, o de molino de aceite. Las prensas, rodeadas de mohosos toneles, ocupaban una vasta cuba. Entre polvorientos mazos, herramientas y útiles de labranza colgaban, brillantes de barniz, los últimos cuadros, ya terminados, de Daniel Fosco. Decenas de apóstoles, demonios y mártires asomaban su burlona concupiscencia a esos irreverentes lienzos.
Dos antorchas clavadas al suelo iluminaban la escena con un fantástico fulgor. El fuego alborotaba las sombras, y daba vida a los cuadros.
Pálida, desnuda, encadenada a la bóveda de la cripta, Berta estaba en pie delante de uno de ellos, un óleo que representaba la tentación diabólica de un débil Jesús orando en el desierto. El hijo del carpintero expresaba el tormento de la duda, la rebelión de su espíritu, y sus manos, rematadas en afiladas uñas, parecían implorar, elevadas al cielo, una fiera compasión, más allá de cualquier sentimiento humano. El semblante del Cristo, que parecía mirarla desde el término de una eternidad congelada en la humillación del dolor, era el de Elifaz Sumí.
A unos diez pasos de distancia, incapaz de seguir avanzando, Martina contempló a su amiga. Berta tenía la misma expresión que acababa de percibir en su boceto del altillo, y la piel cruzada a latigazos.
38
– Puedes guardar la pistola -dijo Berta, con un tembloroso susurro, agitando los brazaletes de hierro.
Martina enfundó el arma.
– ¿Dónde están?
– ¿Quiénes?
– Fosco y Sumí.
– Se marcharon hace un rato. Pero volverán. Siempre lo hacen.
La subinspectora avanzó unos pasos. Las satánicas figuras que tentaban al Mesías enmarcaban la faz de Berta como un coro infernal.
– No te acerques -le advirtió su amiga-. No vayas a tocarme.
– ¿Qué han hecho contigo?
– Nada que yo no les haya permitido hacer.
Martina respiró hondo. El pestilente olor se infiltró en sus bronquios.
– Creía conocerte, pero no imaginé que pudieras llegar a caer tan bajo.
– Nunca es fácil conocer a nuestra otra mitad.
– ¿Cuándo empezó todo esto?
– Hace ya algún tiempo.
– ¿Antes de que tú y yo…?
– Sí.
– ¿Habías estado aquí?
– Sí.
– ¿Posando para Fosco?
– Así es.
– ¿Te acostabas con él?
– De vez en cuando.
– ¿Por qué?
– No lo sé.
– ¿Estás enamorada de él?
– No lo sé.
– ¿Y de Elifaz, lo estás?
– Tal vez. Sólo lo hago con él cuando los dos quieren. Al principio me daba miedo. Temía que me hicieran daño. Pero nunca he disfrutado tanto. Nunca como al tenerlos a los dos dentro de mí.
– ¿Lo habéis hecho ahora?
– Sí.
Martina se mordió los labios.
– De manera que sois una trinidad.
– He llegado a sentirlo.
La subinspectora dijo, muy despacio:
– Te han azotado, Berta.
– Lo merecía.
– ¿Se trata de una prueba?
– Todavía tendré que superar otras peores. La última ordalía, la de Teo Golbardo, fue realmente dura. Y yo no iba a ser menos.
– ¿Qué tuvo que hacer Teo?
– Eso es secreto de confesión.
– ¿Y Gastón de Born?
Berta sonrió con desdén.
– Simplemente tenía que imprimir los libros.
– ¿En la imprenta de su padre, donde se tira el semanario comarcal?
– Eso es.
– ¿Clandestinamente?
– El viejo Mesías nunca lo hubiera autorizado. Gastón manejaba la rotativa de noche, cuando no había nadie.
– De modo que así fueron viendo la luz los Libros del Ángel.
– Justamente. Sabemos que los compraste.
– ¿Por el librero?
– Ese detalle no tiene importancia. ¿Los has leído?
– Me gustaron las historias de parricidios. Las que firmaba Gastón. Sólo que no las escribió él.
– ¿Ah, no?
– No. Leí una crónica de Gastón, y estaba mal redactada. En cambio, los relatos tienen tensión. No podían pertenecer al mismo autor. ¿Quién los escribió? ¿Elifaz?
– Son buenos, ¿verdad? Elifaz y Daniel tienen talento, al contrario que los demás. Ellos encarnan el ideal de la Hermandad: la fusión del arte y la muerte.
La ropa de Berta estaba desperdigada por el suelo. La subinspectora observó que el sujetador estaba rasgado.
– No estoy aquí para recibir lecciones de arte. Encontré tu sudadera en el salón. Dime cómo puedo soltarte y vístete.
Berta escupió al suelo. Su rostro se asimiló a las repulsivas caras del cuadro. A pesar del frío que hacía en la cripta, su frente estaba perlada de sudor. Basculó sobre sus pies, como si estuviera borracha.
– ¿Prefieres interrogarme vestida? Porque has venido a eso, ¿verdad?
La subinspectora se dejó caer sobre el borde del lagar. Los ojos le ardían.
– He visto el retrato que te está pintando Fosco. Es repugnante, pero prueba muchas cosas.
– No deberías hablarle así a una mujer en estado.
El corazón de Martina golpeó en su pecho.
– ¿Estás esperando un hijo?
– En el fondo, Daniel es un pintor realista.
– ¿Quién es el padre?
– ¿A quién le importa?
– Puede que a mí.
– ¿Esa pregunta tiene que ver con tu investigación?
– Puede que sí. ¿Por qué no respondes?
– El padre de la niña podría ser cualquiera de los dos.
– ¿Estás embarazada de una niña?
– Hemos pensado llamarla Martina, en recuerdo de una amiga que perdí.
Detrás de Berta, en el oscuro fondo de la cripta, aleteó una sombra. La subinspectora se volvió, con los nervios de punta, pero sólo era un murciélago.
– Dime qué es lo que desprende ese olor.
– Son los muertos -murmuró Berta, con una voz que no parecía la suya.
– ¿Dónde están?
– Ahí, debajo de ti.
– ¿Enterrados en la cuba?
– A poca profundidad. Así es más fácil desenterrarlos. Hemos llegado a conocerlos bien. Fosco los ha inmortalizado en sus telas. Es un gran artista, aunque a nadie le interese. Yo los fotografié. Fue toda una experiencia. ¿Creías que la muerte era sólo un instante, una luz que se apaga? Descubrí que la muerte tiene vida propia. Que cada uno de esos cadáveres sigue muriendo hora tras hora. Que se mueven, Martina, que gimen y tiemblan, y que trozos de pelo y piel caen de pronto, como desprendidos por un aliento malsano. Crecen las uñas, palpitan los órganos, mutan sus olores, su pátina y coloración se alteran. Gusanos y larvas penetran los tejidos, la carne que se pudre y seca, hasta descubrir los esqueletos y abrillantar sus almas de marfil. ¿Habrán muerto, entonces? ¿Pero por qué crujen los huesos? Jamás capté imágenes como ésas. Nunca estuve tan cerca del destino del hombre, de la verdad.
A Martina le falló la voz. Un frío glacial le atenazaba la garganta. Tragó saliva y preguntó, vacilante:
– ¿Hiciste aquí tus fotografías? ¿Tus Restos de Serie? ¿Las que yo vi por primera vez, el día en que te conocí en el Palacio de la Música?
– Muchas de ellas.
– ¿Fosco desenterraba los cadáveres del camposanto de la isla?
– Acopia modelos para su juicio final -repuso Berta, riendo-. Se enamora de ellos. Los viste, disfraza, maquilla. En una ocasión me confesó que había llegado a probar su carne. Pero no todo es lúgubre en nuestra relación con los inmortales. Antes de que se corrompan, solemos divertirnos un poco. Forma parte del proceso creativo. Como aquella ocasión en que decidimos enfrentar al pobre Heliodoro con el espectro de su padre. Tendrías que haberle visto en el cementerio, cuando le quitamos la capucha a la momia. Ese idiota se emborrachó tanto que difícilmente podría recordar el aquelarre. Le hicimos creer que él mismo lo había vuelto a enterrar. Pero lo trajimos aquí, y Fosco lo dibujó. Pedro Zuazo es uno de estos diablos, el más odioso de todos.