Martina notó un zumbido en el cerebro. La cripta se desdibujó ante sus ojos.
– Tú no has muerto. Sin embargo, él te ha representado. Y Elifaz le sirvió de modelo para ese Cristo.
– La necrofilia de Fosco no es exclúyeme. Su arte también se inspira en los vivos.
– ¿En los Hermanos?
– Preferentemente.
– Supongo que los conoces a todos.
– Si lo que quieres preguntarme es si asistía a las ceremonias de los solsticios, no me las hubiera perdido por nada del mundo.
– Creía que en la Hermandad no había ninguna mujer.
– Y no la hay, todavía. Alguna vez me disfracé, para acompañarles. Ese patán del Quemao nunca me reconoció. -Berta sacudió sus cadenas-. Ahora ya sabes algo más de nosotros. ¿Quizá habrías preferido seguir a oscuras?
Martina se obligó a seguir, a pensar.
– Debo admitir que al principio conseguiste engañarme, Berta, pero no estoy ciega.
– ¿Sólo al principio?
– Después cometiste algunos errores. Todos los cometisteis.
– ¿Ha comenzado el interrogatorio?
– Considéralo así.
– Muy bien, subinspectora. ¿Qué errores cometí?
– No deberías haberme llamado a Jefatura. Nunca lo habías hecho. Pero el lunes, poco después de las once, descolgaste un teléfono para informarme de un crimen. Lo habías oído en la radio, dijiste. Debiste escuchar con mucha atención, porque retuviste el nombre de la víctima. Un pescador de Portocristo, Dimas Golbardo. Estabas impresionada por la barbarie del asesinato.
– Yo diría que fue una reacción muy humana.
– Eso pensé. Y por eso, acto seguido, ingenuamente, te confié que me habían encomendado el caso. En consecuencia, te pusiste en acción. Pero disponías de poco tiempo. De la misma manera que habías amañado la noticia del suceso, inventaste una cita en el centro de Bolscan con un marchante, un tal Gustavo Adorno. He comprobado que ninguna emisora informó de la muerte de Golbardo hasta la una y media del mediodía, por lo que no podías tener noticia del asesinato a menos que alguien directamente implicado te hubiera puesto en antecedentes. Por otra parte, Gustavo Adorno nunca existió. No estuvo en casa, en nuestra casa, nunca admiró ni contrató tus fotografías. La viuda Margarel, nuestra vecina, permaneció toda la mañana podando el seto. Te vio salir poco después de que yo me marchara a comisaría, pero no te vio regresar. Tampoco pudo trasnochar Adorno en compañía vuestra porque los fantasmas, aunque Daniel Fosco, compinchado contigo, sostenga lo contrario, no toman cócteles margarita. Debo admitir que su interpretación ha sido ingeniosa. Casi tan convincente como la tuya.
– Estás celosa de él.
– Me engañaste, Berta, y eso, por encima de lo que hayas hecho, es lo que me seguirá doliendo cuando todo esto haya concluido.
– Aún no has resuelto nada.
Martina apagó el cigarrillo con el tacón y encendió otro.
– ¿Me estás desafiando? ¿Crees que no conseguiré resolver los crímenes?
– Ya lo has hecho. El Quemao los mató.
– No estoy tan segura.
De una de las heridas de Berta brotó una gota de sangre que fue resbalando hasta deslizarse por su muslo, sobre cuya piel dibujó una serpiente bermeja. Martina sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla. Sacó la pistola y la enjugó con la mira. Luego dijo:
– Todavía no sé exactamente dónde empieza y termina tu juego, Berta, pero sí sé que cometiste más errores.
– ¿Cuáles?
– Además de tu llamada a mi oficina, y de la invención del personaje de Adorno, teñiste tu cabello y elegiste para tu falsa cita con el marchante una ropa que jamás te pondrías. ¿A qué venía ese súbito cambio de apariencia?
– Quizá pretendía sorprenderte.
– Más bien sospecho que querías evitar que alguien te reconociera mientras te dirigías al apartamento de Daniel Fosco y te reunías con él y con Elifaz Sumí. Esa reunión tenía que ser secreta. A fin de que vuestra coartada resultara creíble, yo debía seguir pensando que entre Fosco, Elifaz y tú nunca había existido otro vínculo que una mera relación de carácter intelectual, utópico.
– ¿Y acaso ha sido de otra manera?
Martina exclamó, con rencor:
– ¿También era idílica cuando te poseían los dos?
– Necesitaba nuevos estímulos. La rutina, contigo…
La subinspectora dejó salir el humo de su boca.
– Puedes hacerme daño, ya no me afecta.
– No mientas. Aún tengo poder sobre ti.
– ¿De eso se trataba? ¿No estabas encubriendo a nadie? ¿Simplemente querías demostrar cuál de las dos era la más fuerte?
Su amiga había levantado los ojos. Miraba por encima de ella, hacia la boca del caño, donde se espesaban las sombras.
– Esa incógnita ha quedado resuelta -declaró-. ¡La imaginación ha derrotado a la inteligencia deductiva! La Hermandad tiene ya un nuevo miembro. ¿No es así, Fosco?
Berta agitó sus cadenas y rompió a reír alegremente. La subinspectora se volvió con los brazos caídos. Daniel Fosco y Elifaz Sumí estaban de pie en el último escalón, sonriendo con tranquilidad, y con una especie de lúcido y admirativo orgullo.
– ¡Has estado maravillosa, querida! -proclamó Fosco-. ¡Estremecedora! Habías puesto el listón muy alto, pero te has superado. Realmente, tus límites son una incógnita. ¡Si hasta nos has hecho dudar!
El pintor atravesó la cripta jugueteando con una llave de hierro y la libró de sus cadenas. Berta comenzó a vestirse, agitada todavía por la risa. Sus heridas eran simples brochazos de pintura bermeja.
– Lo siento, Martina, yo…
– No se enfade con nosotros, subinspectora -dijo Elifaz, con dulzura, como si realmente quisiera consolarla.
– ¿Le ha gustado la mansión? -preguntó Fosco; parecía exultante, como un anfitrión satisfecho-. Ya le comenté que era indiana, un tesoro. Mi padre ganó mucho dinero. Para mí, ¿se da cuenta? Ha visto la casa, ¿no es cierto? ¿Qué me dice del dormitorio principal, admiró el dosel? A veces me siento en el filo de esa cama, y veo dormir a mamá. Me pregunto cuánto tiempo vivirá.
El despecho ahogaba a Martina. Tuvo que apelar a un esfuerzo sobrehumano para dominarse, e ironizar:
– Podría dejar abierta una ventana, a fin de que la niebla encharque sus pulmones, o tomar prestado uno de sus almohadones y presionar sus vías respiratorias, hasta endulzar su tránsito. Sería como otro de sus juegos.
– No puedo desearle nada malo a mamá -protestó Fosco-. Vamos, subinspectora, sólo ha sido una broma. Pensamos que una prueba de este tipo era la que más se ajustaba a las condiciones de Berta. Si era capaz de jugarse su amistad con usted, podíamos estar seguros de que jamás nos traicionaría.
– Y lo estamos -subrayó Elifaz-. Plena, absolutamente seguros. La Hermandad ha perdido un socio, pero acaba de incorporar otro. Con toda justicia, diría yo. Creo que unos y otros hemos salido ganando. Usted también, Martina. Anímese.
La subinspectora permanecía en pie, rígida, inmóvil, con la expresión vacía.
– De manera que todo ha sido una farsa. Todo el tiempo han estado burlándose. Y todavía sostienen que he sacado un beneficio.
– ¿Pero es que nunca lo va a admitir? -dijo Fosco, separando los brazos-. ¿Quién la puso sobre la pista del Quemao?
– ¿Acaso no fuimos nosotros? -coreó Elifaz.
– La única culpa de Heliodoro Zuazo consistió en creer en esa irrisoria Hermandad. Lo que terminaría costándole la vida.