– ¡Tranquilícese! -Intervino el secretario; su mecanismo de auto justificación se había activado, y cedía a la ilusión de que una cierta autoridad le investía de nuevo-. Responda a la subinspectora.
– ¡No tengo nada que decir!
– Le honra esa actitud, Gámez -dijo Martina, irguiéndose y agravando la voz, como si el secretario estuviera cumpliendo funciones propias de su cargo y ambos integraran un acusador tribunal-. Mientras el carpintero cumplía su condena en la prisión de Argenta, esta mujer, cuyo verdadero nombre es Rita Vicente, tuvo un hijo, Cayo. El padre no lo reconoció, como tampoco, más adelante, cuando la niña nació, reconocería a Celeste. ¿Dónde vino al mundo su pequeña, Rita? ¿En esta misma habitación, hace quince años, más o menos? Porque usted no acudió al hospital, ni registró el nacimiento.
– Nunca he necesitado ayuda para parir, ni instancias para llevar la cuenta de mis hijos.
– Mírela ahora. -Martina señaló la cama, donde Celeste se había desmadejado como una muñeca rota-. Asuma en qué la ha convertido. ¿Cuánto vale, por una noche?
– Hago lo mejor para ella -susurró Rita.
– ¿Lo mejor? ¿El qué? ¿Que la violen? -La subinspectora se había inclinado sobre la muchacha, que respiraba con un estertor-. Necesita atención, pero ese doctor Ancano iba de camino a la funeraria, con la nueva cosecha de muertos. Porque mientras usted se divertía, secretario, hemos tenido bastante jaleo. ¿Desea que le informe de las últimas bajas? Alguien crucificó a Mesías de Born. Expiró en la isla, cuando el sargento y yo conseguimos desprenderlo del madero. Previamente, Romero había abatido a Heliodoro Zuazo, más popular, en esta parte de la costa, como El Quemao. Aunque no debería haberlo hecho, disparó contra él.
– ¿Por qué? -preguntó el secretario.
– Intentaba matarme.
– ¡Lástima que no lo consiguiera! -gritó Cayo.
– ¡Cállate, inepto! -rugió su madre.
– Deje que suelte la lengua-dijo Martina-. Es probable que sea la única manera de reducir su condena. ¿Cuánto cree que puede caerle, secretario?
Gámez abrió desmesuradamente los ojos.
– ¿Cayo los mató?
– ¡Yo no he matado a nadie!
– ¡No sigas hablando! -saltó su madre.
– Escucha, Cayo -dijo la subinspectora, acercándose a él, hasta cubrirlo con su delgada sombra-. Sé que le tienes miedo. Siempre se lo has tenido. Desde aquel día, en la carpintería del puerto. Ella enterró a Dauder y luego te trajo aquí y te convirtió en un alcahuete. Ahora puedes demostrarle que eres un hombre, y no un pelele que se dedica a sacar del club a los clientes borrachos, o a arrojarlos por los acantilados.
Transcurrieron treinta segundos. En los ojos de la subinspectora, Cayo leyó que Martel seguía vivo, y que había hablado.
– Te reconoció. Debiste haberte asegurado de que estaba muerto, como los otros.
Cayo dejó de mirar a la subinspectora y contempló a su madre con una expresión huérfana. El rostro de Rita Jaguar se mantenía impávido. Las palabras escaparon de la boca de su hijo, deslizándose como delgadas serpientes:
– Estuve allí, pero yo no lo maté.
Martina de Santo se acercó a él y le hincó el cañón de la pistola entre los ojos.
– ¿Quién lo hizo, entonces?
– Subinspectora… -empezó a decir el secretario-. No creo que sus radicales métodos…
– ¿Me va a dar lecciones de ética?
Gámez hizo un gesto, como desentendiéndose.
– ¿Quién lo hizo, Cayo? -Volvió a preguntar Martina-. ¿Quién ahogó en las marismas a Gabriel Fosco? ¿Quién descuartizó en la Piedra de la Ballena a Dimas Golbardo? ¡Todos eran clientes vuestros! ¿Quién lo hizo? ¡Contesta!
Cayo no reaccionó. Estaba lívido. La subinspectora le golpeó con la culata.
– ¿Quién los torturó? ¿Fue tu madre la que te ordenó acabar con ellos?
Cayo permaneció en silencio. Martina volvió a golpearle. Un hilo de sangre empezó a resbalarle por la comisura de los labios.
– ¡Responde!
– ¡Subinspectora! -exclamó el secretario.
Cayo se había cubierto la cara. Martina le apartó las manos.
– ¡Habla!
Cayo empezó a llorar mansamente.
– Esto tenía que llegar antes o después, mamá.
Rita miraba a Martina con un odio que hubiera podido palparse. La subinspectora retrocedió un paso y amartilló el gatillo. Su gesto reflejaba la determinación de abrir fuego. El secretario se apoyó contra la pared, asustado.
– Te lo preguntaré por última vez, Cayo. Procura contestar, porque no tendrás otra oportunidad. ¿Quién mató a esos hombres? ¡Respóndeme, o te reunirás con ellos!
– Elifaz -dijo Celeste, detrás de ella; se había incorporado en la cama y contemplaba la escena con aire alucinado-. Mi hermano Eli los mató. Lo hizo por mí, porque no podía soportar el olor de esos viejos en mi piel. Él los castigó a morir.
41
«Debería haber comprado un árbol de Navidad», pensó Martina de Santo, sintiéndose un tanto rígida en su papel de anfitriona. «Uno de esos abetos enanos con sus bolas de colores y un Papá Noel como el que mi padre ponía en el pasillo cuando era una niña.» Pero no se había hablado de la Navidad en toda la velada, y la subinspectora se resistió a dejarse arrastrar por el impulso sentimental de las fechas. Todavía no quería recordar al embajador, cuyo retrato aparentaba observarles desde una de las paredes, sobre la mesita de cristal donde descansaban el teléfono, una fotografía de sus padres y el revólver de Conrado Satrústegui. Al día siguiente iba a cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Máximo de Santo. Entonces pensaría en él.
– ¿Tomará café, juez?
Antonio Cambruno se atusó la pajarita con la punta de los dedos y asintió. La subinspectora le había invitado a presidir la mesa que ella misma, con una funcionalidad de la que íntimamente se había admirado, fue improvisando en el salón de su casa, mientras sus invitados saboreaban una copa de jerez y fumaban en el porche.
No había flores en el jardín, pero en cuanto llegaron, a bordo del coche del comisario, la subinspectora se había apresurado a cortar un ramo de hortensias, cuyo tibio aroma se expandía ahora por el cuarto de estar. Pesca iba y venía de la cocina a la sala, excitada por las voces y el olor de los extraños. La viuda Margarel la había cuidado como a una reina, pero la gatita echaba en falta las caricias de su dueña. Su única dueña, a partir de ahora. Porque Berta…
El juez no parecía incómodo compartiendo esa cena de Nochebuena lejos de su casa y de su delicada madre, y en compañía de dos policías de Bolscan a quienes una semana atrás no conocía. A pesar de que la subinspectora, desde que retiró su primer plato prácticamente sin tocar, le había insistido, comió frugalmente. Sin embargo, Cambruno hizo aprecio al vino, tanto que, según se desprendía del achispado brillo de sus ojos, había bebido demasiado. El comisario, en cambio, se limitó a consumir medio vaso de Ribera de Duero, pero en compensación dio buena cuenta de todos los platos precocinados. Que no valían gran cosa, realmente. No en vano se trataba de un pedido de urgencia que la subinspectora se las había arreglado para encargar por teléfono, mientras esperaban en una salita del Hospital Clínico el diagnóstico del toxicólogo que atendía a Celeste.
La idea de celebrar juntos la Nochebuena había surgido de manera espontánea. Si la consulta se hubiera formulado a cada uno en un plano familiar, los tres se habrían visto obligados a admitir que se encontraban solos. En consecuencia, propuso Martina, ¿por qué no cenar juntos? Sería una atípica reunión de trabajo, en cualquier caso, y una buena oportunidad para intercambiar opiniones sobre la resolución del caso. Ni el comisario ni el juez tuvieron nada que objetar. A Satrústegui le esperaba una amarga madrugada en su apartamento de separado. Cambruno, por su parte, había tomado habitación en un hotel. Permanecería en la ciudad uno o dos días, hasta que Celeste estuviera en condiciones de declarar. El juez había decidido en el último instante partir hacia Bolscan en el helicóptero que trasladaba a los agentes, y a la propia Celeste, por lo que apenas tuvo tiempo de meter en el equipaje una muda y la navaja de afeitar. Ni siquiera había llevado consigo alguna de sus novelas policíacas. La perspectiva de pasar la Nochebuena solo debía agobiarle. Al igual que Satrústegui, aceptó de buen grado la invitación de Martina.