El día anterior, tal como se había comprometido con la subinspectora, el comisario, acompañado por el inspector Buj, se había desplazado, vía aérea, a la localidad azotada por los crímenes.
Buj y él se presentaron en el puesto de la Guardia Civil de Portocristo hacia las diez de la mañana del viernes 23 de diciembre. Satrústegui mantuvo sendas conversaciones con el sargento y con el juez. Quiso luego examinar el cadáver de Mesías de Born, que reposaba en la funeraria, desgarrado por los clavos que lo habían sostenido en la cruz. Acto seguido, el comisario se incorporó a los interrogatorios. Los careos y declaraciones se prolongaron durante la noche del viernes y la mañana del sábado.
Mientras los policías permanecían en el cuartelillo, verificando, junto al sargento Romero, las coartadas de los sospechosos, el doctor Ancano, sin moverse del ambulatorio, había mantenido las constantes vitales de Celeste; pero en ningún momento consiguió que recuperase el sentido. Su estado de inconsciencia venía prolongándose desde que Martina la sacó del club. El testimonio de la niña debería resultar decisivo. Por el momento sólo había aportado la acusación contra su hermano Elifaz. En cuanto el juez dio por terminadas las diligencias, dispuso el traslado de Celeste a un hospital de Bolscan.
– Es cuestión de paciencia -suspiró el comisario, aceptando una copa de champán; la subinspectora acababa de descorchar una botella y servido al juez, que se apresuró a catar y elogiar el cava-. La estaban hinchando a opiáceos. Un yonqui curtido no hubiera aguantado semejantes dosis. Es un milagro que esté con vida.
– Canallas -apostilló el juez, enervado por la cólera-. Hacerle eso a una menor. Drogaría hasta convertirla en un despojo. Vender su cuerpo al mejor postor. Si hasta Gámez, el muy rastrero… Con razón quería yo cerrar ese repugnante garito.
– Usted no podía saberlo -lo consoló el comisario-. ¿Cómo adivinar que algo así estaba ocurriendo en un pueblo pequeño y relativamente tranquilo? ¿Quién podía imaginar sus consecuencias, el torrente de sangre que esa locura haría correr?
Agradecido, el juez corroboró esa opinión. Lo imprevisible del caso aportaba un matiz sutilmente exculpatorio a su actuación.
– Y que lo diga, comisario. Yo jamás hubiera sospechado lo que sucedía puertas adentro de ese cubil, pero ya le dije a la subinspectora que mis dones detectivescos brillan por su ausencia. Éste no era un caso probatorio, de ahí su dificultad. ¿De qué indicios, pistas, sospechosos disponíamos? Por eso, cuando el sargento abatió a ese desdichado de Heliodoro Zuazo, dimos por demostrada su culpabilidad. Lo cierto es que todo le apuntaba: las huellas de sus botas en la cabaña, las marcas de los cadáveres… incluso la última palabra que acertó a pronunciar Mesías de Born, al ser desprendido de la cruz. Eli… Cuando el sargento nos la repitió, hasta yo mismo, inconscientemente, le añadí una hache. Heli… Pero estaba acusando a Elifaz Sumí. Heliodoro era inocente. Por desgracia, ya no hay salvación para él. Al menos, en esta tierra. Usted llevaba razón, subinspectora. Yo me equivoqué. Lo estuve desde un principio, y permanecí ciego durante el resto del tiempo.
Cambruno apuró su copa de champán, como ahogando de paso su frustración.
– Quisiera pedirle disculpas, Martina. Aprovecho para hacerlo delante de su superior. Nunca debí recusarla ni hablarle como lo hice. Ha demostrado usted una tenacidad y una intuición al margen de cualquier duda.
La subinspectora aceptó impasible sus disculpas.
– No me lo agradezca. Fue un veterano policía, Horacio Muñoz, quien nos puso sobre la pista. Sin la vinculación al caso de aquella trágica historia del carpintero Dauder, que él me sirvió en bandeja, seguiríamos a oscuras.
– No sea modesta. Fue usted quien hilvanó los hilos.
– A partir de La Sirena del Delta -recordó Martina-. Aquella embarcación…Tal vez no me crean, pero cuando la vi por primera vez, el pasado lunes, al amanecer, atracando en el puerto de Bolscan, tuve una impresión premonitoria. Como si algo estuviera fuera de lugar, o no se encontrase en su sitio. «Y si una nota falsa el tímpano golpea, al instante este paraíso se precipita hacia la nada…» La cita de Ezra Pound en el libro de poemas de Elifaz Sumí me hizo experimentar el mismo vértigo. Y si una nota falsa… En el ferry, antes incluso de arribar al delta, ya disponía de varias notas, o piezas, que no encajaban. Por otra parte, Horacio Muñoz me había dado un buen consejo: la araña del mal estaría contenida en el tiempo como en el interior de un frasco de cristal; para abrir ese frasco, debería girar la tapa en sentido contrario al de las manecillas del reloj. En otras palabras: el origen y la solución de los crímenes latía en el pasado. En la sensibilidad enfermiza de un poeta y en esa vieja carpintería donde un artesano reparaba los lanchones del estuario…
– Y donde vivía Rita Jaguar -observó el comisario.
Satrústegui iba a añadir algo, pero el juez, airado, le interrumpió:
– Hicieron bien en dejar que me ocupara de esa mala pécora. Llevaba demasiados años burlando a la justicia. Tenía una cuenta pendiente. Ahora la saldará.
A iniciativa propia, y después de asistir a la bochornosa confesión de su secretario, que admitió haber delinquido con una menor, Cambruno había interrogado a la dueña del Oasis. La hizo trasladar desde el lupanar, esposada, y se encerró con ella en su despacho del Juzgado, a solas, sin testigos, dispuesto a darle una lección. No abrió la puerta hasta haberle arrancado una confesión firmada, y cuando le permitió salir fue para enviarla al calabozo. Rita Jaguar había reconocido que prostituía a su hija Celeste, cuya paternidad, sin embargo, se negó obstinadamente a desvelar. Desde que Celeste cumplió los catorce años, su propia madre le suministraba sustancias tóxicas. El farmacéutico, Gabriel Fosco, le había proporcionado estupefacientes a trueque de gozar de los favores de la niña.
– Cómo intuir que ese pederasta sería el primero en ultrajar a la pequeña -estalló el juez; había cogido la taza de café y sepultaba la mirada en los cremosos círculos que su alterado pulso hacía temblar-. Derribada esa tenue barrera, la tentación se expandió, y fueron otros los que probaron la fruta prohibida. A cambio de dar rienda suelta a sus más bestiales instintos, pagaron un buen dinero. Cuando pienso que cualquiera de esos hipócritas, y que Dios me perdone, pero de su gloria les prive, pudo haberse revolcado en semejante iniquidad antes de tomar asiento a mi lado para jugar al dominó en nuestra partida de la Casa del Mar, se me revuelve el estómago. ¡Pobre niña! ¡Inocente criatura! Quién sabe si algún día se recuperará de los malos tratos, de la barbarie y crueldad de que ha sido víctima, o si quedará marcada para siempre, como le sucedió a su hermano…
La declaración de Cayo, que duró más de tres horas, había incluido un prólogo esclarecedor. En 1968, el hijo de Rita Jaguar tenía catorce años cuando encontró a su padrastro, Jerónimo Dauder, muerto en su carpintería del astillero de Bolscan. Alguien había penetrado silenciosamente en el taller y se había encargado de despachar al artesano. Le destrozaron el cráneo, y aplastaron sus manos con vesánica furia. Cayo estuvo a punto de desmayarse. Alelado, permaneció junto al cuerpo inerte hasta que su madre regresó de visitar a una quiromántica que le desvelaba el capricho de los astros. Rita se encargó de limpiar la sangre y avisar a la policía.