– En realidad, lo mataron allí -dijo la subinspectora-. Vi junto al camino las huellas de su carro, a no más de cincuenta pasos de la Piedra. Las llantas claveteadas de la galera de Santos se habían hundido en la arena debido al peso del bloque que transportaba para Heliodoro Zuazo. Santos alcanzó a ver el cuerpo de Dimas Golbardo, abierto en canal sobre la Piedra, en medio de un charco de sangre, y fue a prestarle auxilio. Pero Cayo y Elifaz se le echaron encima. Cayo lo apresó, como una hora antes había sujetado a Dimas, y Elifaz ensartó al chamarilero con uno de los arpones que el viejo pescador de ballenas guardaba en su cobertizo. Subieron a Santos al carro, y lo dejaron allí, malherido. Pero el caballejo proseguiría rutinariamente su camino, por la misma senda que estaba acostumbrado a recorrer, hasta su punto de destino, tres kilómetros más allá de la ría. El carro se detuvo frente al parque de esculturas de piedra y Santos cayó a la arena, donde los hombres de Romero lo encontrarían al día siguiente, ya sin vida. Elifaz y Cayo ocultaron en la casa de Heliodoro el collar de Santos Hernández y una bolsa de coca. Cogieron unas botas de agua del raquero y las imprimieron en el polvo de la cabaña. Después remolcaron la canoa de Dimas hasta Isla del Ángel, cuya corriente se encargaría de destrozarla contra las rocas, atracaron y se dirigieron al cementerio para preparar el cadalso de Mesías de Born.
El juez se frotó los ojos, como si esa imagen le resultara insoportable. La subinspectora continuó:
– Elifaz sabía, por Gastón de Born, que Mesías pensaba ir al cementerio de la isla al día siguiente, y se ofreció a llevarle en su bote. De manera que fue su Caronte. Cuando llegaron a la isla, Elifaz permitió que Mesías orase ante la tumba de su mujer, antes de golpearle el cráneo con una pala. Pero todavía faltaba lo peor. El dolor de los clavos al desgarrar su carne debió despertarle en el infierno. Elifaz terminó de clavar al madero sus manos y sus pies. Con la crucecita que llevaba colgada al cuello le reventó los ojos que habían gozado con el sufrimiento y la humillación de su hermana, y abandonó a Mesías desangrándose lentamente, a la espera de que los pájaros acudiesen a picotear sus heridas. Cogió el esquife y atravesó el brazo de mar en busca de Cayo. Juntos regresaron a la isla. Juntos cavaron el hoyo, alzaron el madero y lo sujetaron con piedras. Yo pude divisar la cruz desde la cubierta de La Sirena , cuando me dirigía a la ría del Muguín. La Sirena , una vez más…
El juez carraspeó.
– Hay detalles que no me han quedado claros. Usted afirma haber visto esa embarcación el lunes, al amanecer, en el puerto de Bolscan, ¿no es así, Martina? Y volvió a verla en Portocristo, en la mañana del martes. ¿Por qué motivo haría el capitán Sumí la travesía de la costa?
– La explicación a este enigma es muy sencilla, juez. El piloto no era él, sino su hijo Elifaz. La noche del domingo, después de depositar los restos de Dimas Golbardo en el muelle de Portocristo, el capitán había atracado en su embarcadero y regresado al pueblo para declarar ante el juez. Mientras su padre estaba ocupado en esas diligencias, Elifaz levó el ancla de La Sirena. Las carreteras, como el ferrocarril, estaban cortadas por las inundaciones, por lo que no tenía otro modo de desplazarse a la ciudad. En su rápido viaje de ida y vuelta agotaría el combustible; por eso, cuando yo alquilé La Sirena , el depósito se hallaba vacío, lo que sorprendió a José Sumí, que estaba seguro de haberlo dejado a media capacidad. Elifaz arribó al puerto de Bolscan a las siete de la mañana del lunes, después de navegar durante buena parte de la noche. Pude ver su sombra en la cabina del puente, la cabeza tocada con una gorra, el imberbe perfil en el que no abundaban precisamente las características barbas blancas de su padre. Elifaz se movió aprisa. Contactó con Daniel Fosco, con quien compartía un apartamento de estudiantes, y con su… chica, Berta.
La subinspectora hizo una pausa, hundiendo la mirada en el pelaje de Pesca.
– ¿Con quién? -preguntó el juez, ahuecando la mano detrás de la oreja, como si no hubiera oído con claridad.
– Berta Betancourt, la fotógrafo. Vivía conmigo.
– ¿Aquí, quiere decir? -Cuestionó cautelosamente Cambruno, después de un prolongado silencio-. ¿En su casa?
– No es necesario que hable de eso, Martina -intervino el comisario.
– Lo es, señor. Berta mantenía con Elifaz y con Daniel Fosco una relación compleja. Había participado en sus reuniones secretas, y se sentía atraída por una macabra visión del arte. Deseaba experimentar nuevas sensaciones.
El juez meneó la cabeza.
– ¿Como la profanación de tumbas, por ejemplo?
– Fosco desenterraba a los muertos, los pintaba, jugaba con sus restos, pero no era un asesino -aseguró Martina-. No estaba al tanto de las actividades criminales de Elifaz. Siempre pensó que su padre, el farmacéutico, Gabriel Fosco, se había ahogado accidentalmente en las marismas, mientras buscaba nuevos especímenes. Nunca pudo sospechar que su amigo Elifaz lo había sacrificado con sus propias manos. Jamás habría adivinado que su padre fue el primero de la lista, ni que inauguraría una larga serie de crímenes cometidos por el mismo afán de venganza. En este sentido, Daniel Fosco era inocente. Berta Betancourt, también. Elifaz los utilizó.
– ¿Cómo? -preguntó el juez.
– Les dijo que tenía razones para suponer que el crimen de Dimas Golbardo había sido cometido por su propio padre, José Sumí. Que hacía tiempo que el capitán desvariaba. Que padecía visiones y estaba obsesionado con la muerte. Las huellas de José Sumí aparecerían en el cadáver de Dimas. La policía no vacilaría en interrogarle a fondo… Elifaz sabía, por Berta, de mi condición, e intuyó que el caso de Dimas Golbardo podía llegarme en cualquier momento. Berta se lo confirmó, tras una llamada en la que fingió, a su vez, informarme del suceso. A partir de ahí, montaron toda una representación en mi honor. Desde el principio, Elifaz intentó desviar mi atención hacia otros presuntos culpables: Gastón de Born, falso autor de una tramposa apología del parricidio, y Heliodoro Zuazo, quien, al final, envuelto por la fatalidad de los acontecimientos, resultaría ser el erróneo responsable, la víctima propiciatoria.
– Pero antes le salvaría la vida -recordó el juez-. Todavía no nos ha dicho quién le pegó fuego al cobertizo, encontrándose usted dentro.
– Teo Golbardo lo hizo -afirmó Martina-. Sabía quién era yo, y que iba a dirigirme a las cabañas. No le importaba tanto que desentrañara el asesinato de su padre como el riesgo de que pudiera desbaratar una operación de narcotráfico que estaba en marcha. Teo era el enlace de un traficante llamado Martel, con quien suscribí un pacto del que el comisario está informado.
Satrústegui se apresuró a corroborarlo vigorosamente, impidiendo que el juez formulase alguna cuestión sobre dicho acuerdo.
– El hijo de Dimas era actor -prosiguió la subinspectora-. No demasiado bueno, pero tampoco tan malo como para no saber fingir voces mientras apilaba la leña y derramaba un bidón de gasolina. Heliodoro vio escapar por los bosques del Muguín a un hombre alto, y oyó relinchar a un caballo.
Teo Golbardo lo había admitido en su declaración. Para obtenerla, la subinspectora se había visto obligada a poner todas las cartas sobre la mesa, dándole a entender que Martel había cantado y amenazando a Teo con procesarle por tráfico de drogas. El hijo de Dimas aportó detalles sobre las reuniones de los Hermanos, regadas con absenta y exaltadas por la marihuana y la coca que él se encargaba de obtener. Se habían reunido en la isla y en la Piedra de la Ballena, entre otros lugares, coincidiendo con los solsticios. Elifaz llevaba la voz cantante. A Fosco sólo parecía interesarle jugar con los muertos. Teo sabía que había profanado varias tumbas, y utilizado restos humanos en macabras ceremonias, pero nunca había participado en esos ritos.