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– ¿Sí, señor Ryder?

– Por ejemplo, de mi visita de supervisión a la sala de conciertos. -Ah, sí.

Aguardé por si añadía algo, pero al ver que no decía nada proseguí:

– Sí, simplemente quería cerciorarme de que todo está preparado para mi visita.

La señorita Stratmann pareció percatarse finalmente del tono preocupado de mi voz.

– Oh, sí -dijo-. Sé a lo que se refiere. No he programado mucho tiempo para su inspección de la sala de conciertos. Pero como puede comprobar -calló unos instantes; me llegó el crujido de una hoja de papel-, como puede comprobar, antes y después de su visita a la sala de conciertos tiene usted otras dos citas muy importantes. Así que pensé que si había un acto al que podía escatimarle un poco de tiempo, éste era la visita a la sala de conciertos. Porque siempre podría volver más tarde si lo considerara necesario. Mientras que, como comprenderá, no podíamos dedicar menos tiempo a ninguna de las otras dos citas. A la entrevista con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua, por ejemplo, sabiendo la importancia que usted concede al hecho de reunirse personalmente con la gente de a pie, con las gentes a las que les afectan las cosas…

– Sí, por supuesto, tiene usted toda la razón. Estoy plenamente de acuerdo con lo que acaba de decir. Como bien sugiere, siempre podré hacer otra visita a la sala de conciertos más tarde… Sí, sí. Sólo que estaba un poco preocupado por…, en fin, por las medidas… Es decir, por las medidas que van a tomar a propósito de mis padres.

Volvió a hacerse el silencio al otro extremo de la línea. Me aclaré la garganta y proseguí:

– Me refiero a que, como bien sabe, tanto mi madre como mi padre tienen ya muchos años. Será necesario habilitar lo necesario en la sala de conciertos para que…

– Sí, sí, claro… -La señorita Stratmann parecía un tanto perpleja-. Un dispositivo médico cerca para el caso de cualquier desafortunada incidencia… Sí, todo está listo, todo a mano, como podrá comprobar cuando lleve a cabo la visita.

Pensé en ello unos instantes. Luego dije:

– Mis padres. Estamos hablando de mis padres. No hay ningún malentendido a este respecto, espero.

– No lo hay, en absoluto, señor Ryder. Por favor, no se preocupe.

Le di las gracias y salí de la cabina telefónica. Al volver al restaurante, me detuve unos instantes en la puerta. La puesta de sol dibujaba largas sombras en la sala. Las dos damas de mediana edad seguían hablando animadamente, aunque no sabría decir si el tema seguía siendo mi persona. Al fondo del comedor vi que Boris le explicaba algo a Sophie, y que los dos reían con alborozo. Seguí allí unos instantes, dándole vueltas a mi conversación con la señorita Stratmann. Pensando detenidamente en ello, sí había algo osado en la idea de que yo podría sacar algo en limpio de la audición de los viejos discos del señor Brodsky. No había duda de que la condesa y el señor Von Winterstein tenían pensado guiarme paso a paso en tal audición… El pensamiento me irritó, y me sentí afortunado por haberme visto obligado a perderme el evento de marras…

Entonces miré el reloj y vi que, pese a mis palabras tranquilizadoras a la señorita Stratmann, corríamos grave riesgo de llegar tarde a la galería Karwinsky. Fui hasta nuestra mesa y, sin siquiera sentarme, dije:

– Nos tenemos que ir. Llevamos mucho tiempo en este sitio.

Había dado a mis palabras cierto tono perentorio, pero Sophie se limitó a alzar la mirada y a decir:

– Boris piensa que estos dónuts son los mejores que ha comido en su vida. De eso era de lo que hablábamos, ¿verdad, Boris?

Miré a Boris y vi que no me hacía el menor caso. Entonces me acordé de nuestra pequeña disputa de antes -yo la había ya olvidado-, y pensé que lo mejor sería decir algo capaz de reconciliarnos.

– ¿Así que los dónuts están buenos, eh? -dije-. ¿Vas a dejarme probarlos?

Boris siguió mirando en otra dirección, Esperé unos segundos, y luego me encogí de hombros.

– Muy bien -dije-. Si no quieres hablar, estupendo.

Sophie le tocó a Boris en el hombro, y estaba a punto de rogarle que hablara cuando yo me volví y dije:

– Venga, tenemos que irnos.

Sophie dio otro codazo a Boris. Luego se volvió a mí y me dijo, en tono casi desesperado:

– ¿Por qué no nos quedamos un poco más? Apenas te has sentado con nosotros. Y Boris se está divirtiendo tanto… ¿Verdad, Boris?

Boris volvió a hacer como que no oía.

– Escucha, tenemos que marcharnos -dije-. Vamos a llegar tarde.

Sophie volvió a mirar a Boris; luego me miró a mí con expresión cada vez más iracunda. Luego, finalmente, empezó a levantarse. Yo me di media vuelta y eché a andar hacia la salida sin volverme en ningún momento para mirarles.

18

Cuando descendimos por la empinada carretera llena de curvas y volvimos a tomar la autopista, el sol estaba ya muy bajo en el horizonte. El tráfico seguía siendo muy poco denso, y conduje a buena velocidad durante un rato mientras escrutaba la lejanía en busca del coche rojo. Al cabo de unos minutos habíamos dejado las montañas y atravesábamos una vasta extensión de granjas. Los campos se perdían a lo lejos a ambos lados de la autopista. Y fue mientras tomaba una larga y lenta curva en medio de un terreno llano cuando divisé el coche rojo. Aún nos llevaba cierta ventaja, pero vi que el conductor seguía conduciendo a una velocidad decididamente moderada. Reduje la mía, y pronto me vi disfrutando del paisaje que se ofrecía ante mis ojos: los campos al atardecer, el casi acostado sol parpadeando tras los lejanos árboles, los ocasionales grupos de granjas… El coche rojo, entretanto, se mantenía allí delante, entrando y saliendo de nuestro campo visual a cada curva de la carretera… Entonces oí que Sophie me decía:

– ¿Cuánta gente crees que habrá?

– ¿En la recepción? -Me encogí de hombros-. ¿Cómo voy a saberlo? He de decir que este asunto parece tenerte en vilo. No es sino una recepción más, no es más que eso.

Sophie siguió mirando el paisaje. Luego dijo:

– Esta noche habrá mucha gente. Serán los mismos que asistieron al banquete de Rusconi. Por eso estoy nerviosa. Creí que te habías dado cuenta.

Traté de recordar el banquete al que se refería, pero el nombre no me decía gran cosa.

– Estaba mejorando mucho en ese tipo de cosas hasta que Uegó aquel banquete… -continuó Sophie-. Aquella gente me resultaba horrible. Todavía no me he recuperado. Y seguro que esta noche va a haber un montón de gente de ese tipo.

Yo seguía tratando de recordar aquel evento.

– ¿Te refieres a que hubo gente que fue descortés contigo?

– ¿Descortés? Bueno, supongo que podríamos llamarlo así. Me hicieron sentirme pequeña, patética. Espero que no vuelva a estar toda esa gente esta noche.

– Si alguien es descortés contigo esta noche, vienes y me lo dices. Y, en lo que a mí respecta, puedes mostrarte con ellos tan descortés como te venga en gana.

Sophie volvió la vista hacia el asiento trasero y miró a Boris. Al cabo de unos instantes caí en la cuenta de que el chico se había dormido. Sophie siguió mirándole unos segundos más, y luego se volvió hacia mí.

– ¿Por qué vuelves a empezar con lo mismo? -me preguntó en un tono totalmente diferente-. Sabes lo mucho que le molesta. Vuelves a empezar con lo mismo… ¿Cuánto tiempo piensas seguir así esta vez?

– ¿Seguir con qué? -pregunté en tono cansino-. ¿De qué estás hablando?

Sophie se quedó mirándome, y luego apartó la mirada.

– No te das cuenta -dijo, casi para sí misma-. No nos queda tiempo para ese tipo de cosas. No te das cuenta, ¿verdad?

Sentí que se me agotaba la paciencia. Todo el caos al que había estado sometido durante el día cayó sobre mí como una tromba, y me vi de pronto diciendo a voz en grito:

– Oye, ¿por qué crees que tienes derecho a criticarme así continuamente? Quizá no lo hayas notado, pero precisamente ahora me encuentro sometido a una gran tensión. Y en lugar de apoyarme decides criticarme, criticarme, criticarme… Y ahora te preparas para dejarme tirado en esta recepción. O al menos pareces preparar el terreno para hacerlo…

– ¡Muy bien! ¡Pues no iremos! Boris y yo esperaremos en el coche. ¡Puedes ir solo a esa maldita recepción!

– No tienes por qué ponerte así. Sólo estaba diciendo…

– ¡Lo digo en serio! Vete solo. Así no podremos dejarte en mal lugar.

Tras esta escaramuza, seguimos varios minutos sin hablar. Y al cabo dije:

– Oye, lo siento. Probablemente estarás magnífica en la recepción. Es más, estoy seguro de que estarás magnífica.

No me respondió. Seguimos en silencio, y cada vez que la observaba la veía con la mirada vacía y fija en el coche rojo que nos precedía. Me empezó a invadir un sentimiento de pánico, y al final dije:

– Mira, aunque las cosas no vayan bien esta noche, no importa. Lo que quiero decir es que no nos va a influir en las cosas importantes. No tenemos necesidad de portarnos como estúpidos.

Sophie siguió con la mirada fija en el coche rojo. Y luego dijo:

– ¿No te parece que he engordado? Dime la verdad.

– No, no, en absoluto. Estás preciosa.

– Pues he engordado. He engordado un poco.

– No tiene la menor importancia. Pase lo que pase esta noche, no importará en absoluto. Mira, no hay por qué preocuparse. Pronto lo tendremos todo listo. Una casa, todo… Así que no hay por qué preocuparse.