Su exhortación fue acogida con grandes vítores y otra salva de aplausos, y al poco los aplausos se convirtieron en rítmicas palmadas. Los zíngaros empezaron a tocar más rápido, al compás de las palmadas, y algunos de los parroquianos que nos estaban observando se pusieron también a dar palmadas. Vi que otros clientes, más alejados de nosotros, interrumpían sus conversaciones y daban la vuelta a sus sillas, como aprestándose a presenciar un espectáculo esperado con impaciencia. Alguien, que supuse el propietario -un hombre moreno, larguirucho-, salió de la trastienda y se quedó apoyado contra el vano de la puerta, con expresión de no quererse perder tampoco lo que iba a tener lugar a continuación.
Entretanto, los maleteros seguían dando palmadas, cada vez más exultantes, y algunos de ellos golpeaban el suelo con los pies para acompañar las rítmicas palmadas. Entonces aparecieron dos camareros que despejaron apresuradamente la gran mesa central. Jarras de cerveza, tazas de café, azucareros, ceniceros…, todo desapareció de ella como por ensalmo. Y acto seguido uno de los maleteros, un hombre voluminoso y barbudo, se subió a la mesa. Tras la espesa barba, su cara era de un rojo vivo, no sabría precisar si por timidez o por la bebida. En cualquier caso, en cuanto se encaramó a la mesa esbozó una gran sonrisa y se puso a bailar sin inhibición alguna.
Era una danza extraña, estática, en la que los pies apenas se despegaban de la mesa, basada más en las cualidades del cuerpo humano que en la agilidad o en la movilidad airosa. El hombre barbudo adoptaba posturas de dios griego, con los brazos en ademán de acarrear una pesada carga, y a medida que las palmadas y los gritos de ánimo seguían jaleándole, el hombre cambiaba casi imperceptiblemente el ángulo de la cadera o giraba sobre sí mismo despacio. Me pregunté si todo aquello tendría alguna finalidad cómica, pero a pesar de las estentóreas risas de los maleteros sentados a la mesa pronto estuvo claro que la danza no tenía la menor intención satírica. Mientras estaba observando la danza del hombre barbudo, alguien me dio un codazo y dijo:
– Éste es, señor Ryder. Nuestro baile. El Baile de los Mozos de Hotel. Habrá oído hablar de él, supongo…
– Sí -dije-. Oh, sí… ¿Así que éste es el Baile de los Mozos de Hotel?
– Sí, señor. Pero aún no ha visto nada -dijo quien me había hablado, sonriendo y volviéndome a dar con el codo.
Reparé en que los maleteros se estaban pasando de mano en mano una gran caja de cartón. La caja tendría las dimensiones de una maleta, aunque a juzgar por la ligereza con que surcaba el aire de mano en mano, estaba vacía y apenas tenía peso. La caja viajó alrededor de la mesa durante un rato, y en un momento dado de la danza fue arrojada al aire en dirección al hombre barbudo. Éste, en ese preciso instante, cambió de postura y alzó los brazos de nuevo, y la caja de cartón fue a caer con precisión en sus manos.
El maletero barbudo reaccionó como si acabara de recibir una losa de piedra -lo que arrancó un rugido temeroso entre sus compañeros-, y por espacio de uno o dos segundos pareció doblarse bajo su peso. Pero luego, con determinación inflexible, fue enderezándose poco a poco hasta quedar totalmente erguido, con la caja abrazada contra el pecho. Mientras los vítores celebraban la «proeza», el maletero barbudo empezó a alzar despacio la caja hasta situarla por encima de su cabeza, y finalmente la mantuvo en el aire con los brazos totalmente extendidos hacia lo alto. Aunque, como es lógico, no se trataba de ninguna hazaña, había en todo ello una dignidad y un dramatismo que me hizo unirme a los vítores y celebrarlo como si realmente hubiera levantado un enorme peso. El maletero barbudo procedió entonces a crear, con consumada pericia, el efecto ilusorio de que la pesada caja iba perdiendo peso y se hacía más y más liviana. Y al poco la sostenía con una sola mano, y se puso a hacer malabarismos con ella, e incluso se la lanzó por encima del hombro y la recogió a su espalda. Cuanto más liviana se hacía la caja, más exultantes parecían sus colegas. Luego, cuando las proezas del hombre barbudo fueron haciéndose más y más frivolas y disparatadas, sus colegas empezaron a mirarse unos a otros, a sonreírse y a incitarse mutuamente, hasta que otro de los maleteros, un hombre menudo y nervudo con un fino bigote, empezó a subirse a la mesa.
La mesa se tambaleó y llegó a ladearse, y los maleteros rieron a carcajadas, como si ello formara parte del espectáculo, y luego sujetaron la mesa para que no volcara y para que el hombre nervudo acabara de subirse a ella. Al principio el hombre barbudo no advirtió la incorporación de su colega, y siguió haciendo alarde de su dominio de la caja, mientras el otro mozo se mantenía ceñudo a su espalda como quien espera su turno para bailar con alguna pareja codiciada. Al final el hombre barbudo vio al hombre nervudo, y le lanzó la caja. Al cogerla entre sus brazos, el hombre nervudo se tambaleó y reculó, y pareció a punto de caerse de la mesa. Pero recuperó el equilibrio justo a tiempo, y, con visibles esfuerzos, fue enderezando el cuerpo con la caja sobre la espalda. Mientras lo hacía, el maletero barbudo, que ahora daba palmadas y reía como sus compañeros, se bajó de la mesa con la ayuda de varias manos.
El maletero nervudo ejecutó muchos de los malabarismos de su predecesor, aunque con aditamentos mucho más cómicos. Arrancaba grandes risotadas con unas muecas y unos traspiés dignos de la mejor tradición bufonesca. Yo lo contemplaba todo sin perder detalle, y las palmadas rítmicas, los violines de los zíngaros, las risas, los alaridos burlescos anegaban no sólo mis oídos sino todos mis sentidos. Al cabo, cuando un tercer maletero se subió a la mesa a relevar al hombre nervudo, sentí que el calor humano empezaba a envolverme por completo. Los consejos de Gustav se me antojaron de pronto profundamente sabios. ¿Por qué preocuparse tanto? De cuando en cuando era esencial relajarse totalmente y divertirse.
Cerré los ojos y me dejé ganar por la agradable atmósfera, sólo vagamente consciente de que seguía dando palmadas, y de que mi pie llevaba el ritmo contra el suelo de tablas. Me vino a la mente la imagen de mis padres, de mi padre y mi madre en el carruaje tirado por caballos acercándose a la explanada de la entrada de la sala de conciertos. Podía ver a la gente de la ciudad -los caballeros con traje de etiqueta, las damas con sus abrigos y chales y joyas- interrumpiendo sus conversaciones y volviéndose hacia el sonido de los cascos que les llegaba desde la negrura de los árboles. Luego, el reluciente carruaje irrumpía en el retazo de luz de la explanada, y los hermosos caballos se acercaban al trote y finalmente se paraban, mientras el vaho de su aliento se alzaba y se perdía en el aire nocturno. Y mi padre y mi madre miraban por la ventanilla del carruaje, con la emocionada expectación dibujada en el semblante, pero también con algo cauteloso y reservado en su expresión: cierta actitud remisa a ceder por completo a la esperanza de que la velada fuera a resultar un triunfo deslumbrante. Y luego, cuando el cochero de librea se apresuraba a ayudarles a descender del carruaje, y la hilera de dignatarios se disponía a darles la bienvenida, ellos adoptaban las sonrisas forzadamente calmas que yo les recordaba de mi niñez, de aquellas raras ocasiones en que tenían invitados para el almuerzo o la cena.
Abrí los ojos y vi que ahora eran dos los maleteros subidos a la mesa, y que ejecutaban juntos un divertido número del programa. Quienquiera que tuviera en ese momento la caja, se tambaleaba y hacía como que iba a desplomarse junto al borde y a caerse de la mesa, pero en el último momento cedía la caja a su compañero. Entonces advertí que Boris -que presumiblemente había estado todo el tiempo sentado en alguna parte del local- se había acercado a la mesa y miraba a los dos maleteros con patente gozo. Por el modo en que el chico daba palmadas y reía en los momentos justos, deduje que Boris se hallaba perfectamente familiarizado con todo aquello. Estaba sentado entre dos maleteros grandes y morenos que parecían hermanos. Vi que Boris le hacía un comentario a uno de ellos, y el hombre se echó a reír y le pellizcó en broma la mejilla.
El espectáculo parecía atraer a más y más gente de la plaza, y el café empezaba a estar abarrotado. Advertí también que, aunque cuando llegué había sólo dos músicos zíngaros, ahora se les habían unido otros tres, y la música de sus violines llegaba de todas direcciones y con mayor potencia que antes. Entonces alguien del fondo -no me pareció que fuera uno de los maleteros- gritó:
– ¡Gustav!
Y en un abrir y cerrar de ojos el grito fue adoptado por to dos los maleteros sentados a la gran mesa:
– ¡Gustav! ¡Gustav!
Y pronto se convirtió en una especie de salmodia. Hasta el hombre demacrado y nervioso que antes me había hablado y que ahora cumplía su turno encima de la mesa -una actuación vigorosa pero escasamente diestra- se unió a los gritos rítmicos, de forma que mientras manipulaba la caja haciendo que le bajara por la espalda y le rodeara las caderas, entonaba la salmodia:
– ¡Gustav! ¡Gustav!
Busqué con la mirada a Gustav -ya no estaba a mi lado-, y vi que se había acercado a Boris y que le estaba diciendo algo al oído. Uno de los hermanos morenos le puso una mano en el hombro, y adiviné que imploraba al anciano mozo que subiera a la mesa y bailara. Gustav sonrió y sacudió la cabeza con humildad, pero su negativa no hizo sino intensificar los gritos. Ahora prácticamente todos los presentes gritaban su nombre, e incluso la gente que había en la plaza parecía unirse gradualmente a la salmodia. Finalmente, dirigiendo una sonrisa cansada a Boris, Gustav se puso en pie.