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Mani se expresaba en arameo y no eran muchos los que podían comprender todo lo que decía: el oficiante, dos o tres letrados… Y sin embargo, todo el mundo le escuchaba. ¿No era la lengua de Jesús y de Tomás la que resonaba? La emoción era intensa. El contenido importaba poco. Todo residía en la entonación, en algunos nombres benditos que flotaban en el aire, en el rostro demacrado de aquel hombre con la pierna lisiada que venía de tierras santas.

Él no intentaba violentar a su auditorio. Al considerarse verdadero sucesor de Jesús, repetía fielmente sus palabras tal como las había relatado Tomás. Su método no era único. Los cristianos del Imperio Romano actuaban así en las sinagogas de la diáspora. Se presentaban, anunciaban que llegaban directamente de Jerusalén, evocaban los acontecimientos recientes que concernían a la comunidad, informaban de la miseria y de la espera de la gente de Judea, hablaban de la Biblia citando de memoria los textos que predecían un Mesías y luego sugerían que, quizá, dado el infortunio en el que se encontraban en aquel momento los judíos, las profecías se estuvieran cumpliendo. Los más astutos conseguían hablar durante largo rato y cuando, finalmente, eran desenmascarados, habían logrado ya seducir a una parte del auditorio o, por lo menos, suscitar el deseo de saber algo más. Algunas personas los seguían al exterior y a veces incluso los invitaban a continuar su enseñanza en su propia casa. Por lo tanto, un apóstol se distinguía por su habilidad de esos exaltados que, desde su entrada en la sinagoga, gritaban su nueva creencia, por lo que, inmediatamente, se encontraban de nuevo fuera, solos y aveces apaleados, antes incluso de que los asistentes hubieran comprendido por qué se les expulsaba.

Según este criterio, Mani tenía el temple de los grandes apóstoles, Pablo, Marcos o Tomás, y actuaba en las iglesias como sus predecesores en las sinagogas. Y con la misma convicción. Del mismo modo que los primeros cristianos de Palestina se consideraban mejores judíos que los judíos, quizá los únicos judíos verdaderos, Mani estaba persuadido de que había venido a realizar el mensaje de Cristo, a consumarlo con una fe universal, capaz de reunir todas las creencias sinceras de los hombres.

En la iglesia de Deb, mientras él comenzaba su sermón, Maleo y Pattig miraban a su alrededor con ansiedad, espiando las reacciones de unos y de otros al acecho del más imperceptible guiño del sacerdote ya fuera de enfado o de aprobación. ¿Escucharía hasta el final? O gritaría de pronto: ¡Al hereje! ¡Al blasfemo!

Curiosamente, nada se produjo. Ni entusiasmo, ni admiración, ni tampoco indiferencia. Se podía leer el fervor en todos los ojos, pero un fervor teñido de tristeza. En cuanto al sacerdote, escuchó con una gravedad impasible hasta que el visitante se hubo callado; entonces se levantó, pronunció una fórmula de agradecimiento, alabó la erudición de Mani, su amplio conocimiento de los textos y luego, después de una corta oración repetida a coro por el auditorio, despidió a los fieles deseándoles la paz.

Después de la genuflexión y la señal de la cruz, la gente se retiró andando hacia atrás, mientras el sacerdote invitaba a Mani y a sus compañeros, así como a un notable de la comunidad, a seguirle a su casa, una modesta construcción de ladrillo contigua a la iglesia.

– Perdonadnos, nobles hermanos, si el recibimiento que os hemos dispensado no es digno de vuestro rango y de vuestra sabiduría; pero quizá hayáis percibido en los fieles el miedo que los domina.

El más asombrado por este preámbulo fue Pattig.

– Sin embargo, vuestra comunidad parece feliz en comparación con todas las demás. Hemos estado con vuestros hermanos en Ctesifonte, en Kashgar y en veinte ciudades más, y en ninguna de ellas resonaban sus oraciones.

Maleo insistió:

– Es raro encontrar una felicidad como la vuestra. En las provincias romanas los cristianos son perseguidos, y en el imperio sasánida el culto al fuego se ha convertido en la religión oficial y sólo se tolera a las otras comunidades si han renunciado a ganar adeptos. Se las vigila de cerca, se las oprime con tributos y se las confina en sus barrios, obligándolas a llevar la ropa que las diferencia.

El sacerdote se mostró conmovido y avergonzado.

– Vuestras palabras son la pura verdad, quizá no hayamos dado gracias al Padre suficientemente por los años de clemencia que hemos conocido… En efecto, nada de lo que describís existía en Deb. Vivíamos en medio de la gente, llevábamos la misma ropa y hablábamos en voz alta.

Dijo esto con voz ahogada y se le saltaron las lágrimas. Mani, Maleo y Pattig evitaron mirarle, desconcertados. Sólo el notable colocó una mano filial y consoladora sobre su hombro súbitamente abatido. En el momento de las presentaciones, el sacerdote le había llamado Bar-Turna, describiéndole como el comerciante cristiano más respetado de la ciudad. Tenía la tez muy morena y mate y los lóbulos de las orejas perforados a la manera de los indios; sin embargo, dado su nombre, típico del país de Aram, se trataba seguramente de un mestizo.

Hasta entonces, había permanecido silencioso, pero adivinando el gran malentendido que estaba adueñándose de ellos, se esforzó por disiparlo.

– Nobles visitantes, ¿seréis los únicos hombres en esta ciudad que ignoran que nuestros soberanos, los príncipes Kushanas, acaban de ser derrotados por el ejército persa y que se han retirado más allá de los cinco ríos?

Hablaba un arameo bastante correcto, pero acentuando erróneamente la mayoría de las sílabas, como tantos creyentes que consideraban un deber aprender la lengua litúrgica, pero que no tenían ocasión de usarla en los intercambios cotidianos. Cuando le faltaba una palabra, la reemplazaba con soltura por su equivalente griego, convencido de que todas las personas presentes le comprendían.

– Nobles hermanos -insistió con una impaciencia que seguía siendo respetuosa-, ¿no habéis observado que no hay ni un soldado en las calles de Deb?

– Efectivamente, lo he observado -respondió Maleo-, pero sólo he visto en ello la prueba de que en esta ciudad reina la paz y la seguridad.

– La serenidad de tu alma ha enmascarado la triste realidad. En realidad, nuestra ciudad ha sido abandonada a su suerte, la guarnición se ha marchado, así como el gobernador; antes de irse, convocó a los jefes de todas las comunidades y de los gremios para aconsejarles que ofrecieran su sumisión a los nuevos señores del país.

– ¿Y dónde están esos nuevos señores?

– Dicen que su ejército está acampado a una jornada de aquí, en las colinas del Taran, y que está mandado por un príncipe muy joven, Ormuz, nieto de Artajerjes, rey de reyes. ¿Qué piensa hacer? ¿Cuándo tomará nuestra ciudad? ¿Por qué ese príncipe sasánida no ha exigido aún nuestra rendición teniendo a sus tropas tan cerca? El Altísimo no se ha dignado aclararnos estas preguntas. De ahí esta angustia que nos invade a todos, incluso a los más creyentes, a los que más confían en Su sabiduría. ¿Habéis visitado los mercados de la ciudad?

– No -respondió Mani-. ¡En cuanto pusimos un pie en el muelle, el otro tomó el camino de este lugar santo!

El sacerdote, que se había recobrado un poco, dijo con fervor:

– ¡Benditos seáis! ¡Que el Padre llene la tierra de gente a vuestra imagen!

Bar-Turna prosiguió:

– Cuando hayáis recorrido la ciudad, lo comprenderéis. Los puestos están vacíos; el oro, las telas de valor, las especias raras y las joyas han desaparecido. La hospedería de la gente de Cantón está desierta y cada junco que atraca parte de nuevo cargado de mercancías y de mercaderes. En los barrios bajos, los pobres también tienen miedo, hasta tal punto que los hombres han readmitido a sus mujeres.