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– Una gran desgracia se ha abatido sobre el mundo. El señor de todos nosotros, el gran Artajerjes, rey de reyes, dios entre los hombres, hombre entre los dioses, ha ido a reunirse con los gloriosos soberanos… -comenzó el escriba.

– Mi abuelo ha muerto -le interrumpió Ormuz.

En sus ojos, se había apagado un terror. En los de Mani, se perfiló el camino de regreso.

El encuentro con aquel príncipe sasánida no dejó de tener un mañana. Entre Mani y la dinastía más poderosa de su tiempo acababa de nacer una relación que se revelaría tormentosa, intensa y a veces cruel; y constantemente ambigua, como deben ser las relaciones entre los portadores de ideas y los portadores de cetros.

La existencia del hijo de Babel se vería conmocionada por ella. Pero también la del Imperio.

3. Cerca de los reyes

He venido del país de Babel

para hacer resonar un grito en todo el mundo.

Mani

Uno

Mientras esperaba a que llegara su turno para entrar en el salón del Trono, Mani no podía apartar los ojos de la puerta monumental ante la que estaban alineados los hombres de la guardia con sus gorros de fieltro color rojo sangre. ¿No era aquella puerta la que evocaba su «Gemelo» cuando hablaba de conquistar Ctesifonte? Había sido necesario que él fuera hasta las orillas del Indo, que conociera a aquel príncipe y que sanara a su hija, para obtener esa carta de introducción, dirigida por Ormuz a su propio padre, Sapor, el nuevo señor del Imperio…

En el vestíbulo, dejó que le describieran una vez más el ceremonial. En los labios del jefe de protocolo se repetía como un exorcismo una palabra, padham. Así era como llamaban, en los tiempos de los sasánidas, al pañuelo blanco que debía colocarse ante la boca cualquiera que se acercase a los objetos sagrados, por temor a que fueran mancillados por el aliento de un mortal; el del mago en el momento de oficiar ante el altar del fuego, o el de cualquier hombre que hablara en audiencia pública a la persona del rey de reyes.

Por eso, los cortesanos guardaban siempre un padham en la manga, y los dignatarios del palacio ofrecían uno a los visitantes extranjeros, al mismo tiempo que se preocupaban de enseñarles el gesto de veneración: el índice de la mano derecha extendido hacia adelante y hacia arriba, ligeramente curvado, así como de inculcarles las frases convenidas, ya que tanto en Ctesifonte, como en el Egipto de las dinastías y, por otra parte, en Roma, aunque de un modo más puntilloso, el soberano era augusto. Para dirigirse a él, no se podía usar ni un nombre ni un título, sino unas fórmulas consagradas de las que nadie podía apartarse: «¡Vosotros, personajes divinos!», «¡Vosotros, los dioses inmortales!» o, al menos, «¡Vuestra divinidad!».

En el reglamento de la corte, cada disposición tenía como objetivo ahondar el abismo entre el monarca y el resto de los mortales. Todo contribuía a forjar esa imagen de inhumano poder, de celeste pompa y de perennidad. La bóveda del salón del Trono era tan alta que parecía construida por una congregación de gigantes, y, a lo largo de las paredes, hasta donde alcanzaba la vista, sólo se veían tapices, ni una pulgada que revelara la desnudez original de las superficies.

Al fondo de la gigantesca estancia, no había más que un estrado, protegido por una cortina alrededor de la cual se distribuía la asamblea de los cortesanos. A diez codos, las personas de sangre real; diez codos más lejos, los íntimos de Sapor, el rey de reyes, sus comensales, sus consejeros más cercanos, los dignatarios religiosos, exégetas y recitadores del Avesta, así como los sabios, los astrólogos y los médicos de renombre; otros diez codos más allá, se encontraban los que divertían al rey, bufones, juglares, acróbatas y bailarines, todos ellos personajes muy considerados en la corte sasánida, mucho más que los arquitectos, los pintores y los poetas, pero, a pesar de todo, sin comparación con los músicos. Conforme a los deseos debidamente codificados del fundador de la dinastía, a los compositores y a los maestros reconocidos de instrumentos y de canto se les trataba igual que a los príncipes reales y se colocaban, pues, a diez codos de la colgadura, pero a la izquierda. Detrás de ellos se alineaban los músicos y los cantores de segundo orden, y diez codos más lejos, la masa de tañedores de laúd, de «zand» o de mandolina.

Para despertar al lánguido auditorio, un redoble de tambores precedía al clamor rituaclass="underline" «Hombres, que vuestra lengua cuide de preservar vuestra cabeza, vuestro Señor está entre vosotros». Luego, mientras los músicos de la primera fila ejecutaban el aire previsto para ese día, y que ya no se oiría antes del mismo día del año siguiente, unas manos invisibles separaban la cortina.

Todos se prosternaban con la frente contra el suelo, esperando que un nuevo clamor los autorizara a alzar la vista: el soberano estaba allí, ídolo inmóvil, cegador derroche de oro; oro tejido en el traje, en el cojín, en la colgadura; oro macizo en el trono, oro cincelado en los collares, en los anillos, en las fíbulas; hasta la barba estaba espolvoreada de oro, polvo deslumbrante que salpicaba también los labios, las pestañas y las cejas.

Sobre el monarca podía contemplarse la legendaria corona que pesaba más que un hombre, y que ninguna cabeza, aunque fuera imperial, habría sido capaz de llevar; pero había que acercarse para descubrir que estaba sujeta por una fina cadena cuyo eslabón estaba clavado en la bóveda, de tal manera que cuando el rey se retiraba, la corona seguía suspendida, como por milagro, sobre el trono vacío; los hombres divinizados envejecen y mueren, la majestad permanece.

De lejos, la ilusión era total; sólo se contemplaba a un ser de leyenda, inconcebible, nacido de todos los terrores de los mortales, de sus morbosos deseos, una aparición suntuosa que petrificaba, que fascinaba, que imponía su misión.

¡Y era a aquel monstruo fabuloso al que Mani había ido a domar!

Por el momento, el hijo de Babel no cesaba de repetirse mentalmente cada paso o cada gesto, de rememorar las palabras que había decidido pronunciar, sobre todo las primeras, las de los instantes en que se está aturdido, aquellas que de ordinario se balbucean bajo las miradas inquisidoras y que, entre todas, son las más importantes; las rumiaba sin descanso, con nerviosismo.

Luego, una voz gritó su nombre. Se volvió para asegurarse de que había oído bien. Demasiado tarde, porque la puerta estaba ya abierta y una mano le empujó. ¡ Ay de aquel que hiciera esperar al divino Sapor! Mani avanzó a lo largo de la alfombra ribeteada que conducía a los peldaños del trono, pero tenía la sensación de ir a la deriva, de tal manera había perdido toda noción de las distancias. El rey le parecía cercano, como podía serlo el sol de Mardino, cercano hasta el deslumbramiento, hasta la insolación, y sin embargo, el camino alfombrado que llevaba hasta él le parecía interminable, pedregoso, empinado, y lo recorría con una impresión de extremada lentitud, de ahogo y de opresión. Era la hora de la duda y del arrepentimiento. Arrepentimiento por no haber escuchado los prudentes consejos de Maleo, quien, hasta la entrada del palacio, le conjuraba aún a renunciar. Arrepentimiento por no haber permanecido oculto en su palmeral, «como una ramilla de hisopo entre las piedras», habría dicho Sittai. Hacía dos años de aquello. ¡Dos años! ¡Una eternidad! A Mani le vino a la memoria, pero sus recuerdos estaban cargados de bruma, como si pertenecieran a una vida anterior.

Invocó a su «Gemelo», a su Doble. ¡Que se manifestara, por favor! Necesitaba asegurarse de que estaba allí, con él, que caminaba a su lado por ese camino de prueba, que tomaría la palabra cuando su propia boca le fallara. «Conserva la serenidad, Mani, olvida el oro, ignora la pompa, no te dejes deslumbrar jamás por un ser humano, aunque sea rey o profeta. El destino ha depositado en él lo que ha depositado en ti y en todos. Lo importante es ser consciente de ello. Dentro de mil años, sólo se hablará de Sapor porque tu camino se cruzó con su corte.»