Llegó por fin a la altura del chambelán. Éste le hizo señas para que se prosternara y luego le cuchicheó que estaba autorizado para levantarse. Antes de hablar, Mani sacó de la manga el padham inmaculado.
– ¡Honra al más poderoso de los hombres! ¡Que se cumplan sus más nobles deseos!
La fórmula era inusitada. El dignatario frunció el entrecejo y el rostro altanero del rey se estremeció con un asombro de mortal; pero no se había dicho nada que fuera irreverente. Finalmente, Mani fue invitado con un gesto a presentarse.
– Soy un médico del país de Babel.
– Mi hijo bienamado me ha hecho llegar una carta elogiosa con respecto a ti. Parece que supiste agradarle.
– La Providencia quiso que sanara a su hija a la que él creía perdida.
– ¿Cómo sanas?
– Mediante la palabra y las plantas.
– ¿Y el cuchillo, el fuego y las sanguijuelas?
– En eso, otros son más hábiles que yo.
Mani no lo sabía, pero la palabra «sanguijuela» era una trampa, dada la aversión de Sapor por ese tratamiento y por aquellos que lo utilizaban. Tranquilizado sobre ese punto, el monarca prosiguió:
– Mi hijo hace mención, igualmente, a ciertas ideas que querrías difundir.
– Me ha sido revelado un mensaje.
Entre los cortesanos se elevaron murmullos, pero nadie se atrevió a opinar por adelantado sobre la reacción del monarca, quien, por su parte, esperaba que Mani prosiguiera. Y como la continuación se hacía esperar, interrogó a su visitante con un principio de irritación:
– ¿Qué mensaje? Te escuchamos.
– Ha comenzado una era nueva que necesita una nueva fe, una fe que no sea la de un solo pueblo, de una sola raza ni de una sola enseñanza.
Mani no tenía necesidad de precisar a qué pueblo, a qué raza y a qué enseñanza se estaba refiriendo. Entre los dignatarios de la segunda fila se agitó un pañuelo.
– ¡Yo conozco a ese hombre!
A Mani le bastó volverse para divisar entre la multitud de magos la barba rubia de Kirdir.
– Es un nazareno, el más pérfido enemigo de nuestra religión. Se cruzó en mi camino cuando yo estaba en la India junto a nuestro ejército victorioso. Nuestro señor, el divino Artajerjes, me había ordenado encender un inmenso fuego sagrado en aquella región para celebrar el triunfo de la gloriosa dinastía y ahogar las voces impías; pero este nazareno multiplicó los maleficios para impedirme ejecutar ese acto de piedad.
Kirdir lo había conseguido. Desde ese momento, los asistentes podían sentirse ofendidos por la actitud de ese médico de Babel hacía el difunto rey de reyes. Ahora, de todos aquellos que tenían los ojos clavados en Mani, Sapor parecía el menos hostil, uno de los pocos que estaban aún dispuestos a escuchar su defensa.
– Sólo estoy aquí para transmitir un mensaje al primero de los hombres -prosiguió Mani-. El Cielo ha dado a su juicio más peso que a todas las opiniones. ¡Ojalá reciba mis palabras con serenidad, sin dejarse distraer por la hostilidad de la que algunos quieren rodearme!
– Si he consentido en recibirte, es para escuchar tu mensaje. Tienes la palabra.
– Vuestro Imperio se ha extendido al oeste hacia el país de Aram, Adiabena y Osroena, donde los nazarenos son numerosos; al este, hacia Bactriana, India y Turan, donde se venera a Buda. Mañana, el reino de la dinastía se extenderá hacia unas regiones donde no se tiene costumbre de adorar a Ahura Mazda, y tendrá innumerables súbditos que profesarán toda clase de creencias. ¿Sería prudente humillarlos hasta transformarlos en traidores? ¿Quién es el mejor aliado de la dinastía? ¿El que intenta conciliar a los hombres o el que atrae sobre ella el resentimiento de sus propios súbditos?
En los rasgos del soberano podía sospecharse un esbozo de aprobación que Kirdir se apresuró a disipar.
– ¡El mejor aliado de la dinastía! -se burló-. ¡Estoy en presencia de nuestro divino señor y me veré obligado a explicar en qué un adorador de Ahura Mazda es mejor aliado de la dinastía que un nazareno! Puesto que los corazones no comprenden ya las palabras veladas, ¿me darían la libertad de hablar sin rodeos? He tenido en las manos algunos de los textos que los nazarenos propagan por las ciudades del Imperio; me han contado, igualmente, lo que dicen en sus reuniones. ¿Mi divino señor desea saber en qué términos hablan de nuestra religión, de nuestras leyes, de nuestras tradiciones y de la dinastía? Esa gente pretende que toda la descendencia de los sasánidas está maldita.
A Sapor no le complacía que semejantes palabras fueran pronunciadas, aunque estuvieran atribuidas a los nazarenos, y su mano se crispó sobre la empuñadura del cetro. Kirdir no se mostró en modo alguno asustado y prosiguió con voz más fuerte, más rabiosa también, pero con una rabia controlada.
– ¿No se ha dicho en el Avesta que el esplendor divino acompaña al jvedodah, el matrimonio entre hermano y hermana, que borra los pecados mortales y expulsa a los demonios? ¿No está escrito que ningún acto de piedad es tan agradable al Cielo? ¿No hemos aprendido que, a imagen del gran Darío, todos nuestros soberanos, así como los magos y los guerreros deben unirse al pariente más cercano, su hermana, su hija o su madre cuando ésta se queda viuda? ¿No ha convertido nuestro divino señor a su hermana, la divina reina Azur Anahít, en su esposa preferida entre todas? Pues bien, para los nazarenos, todos nosotros estamos condenados al Infierno, y también nuestro divino señor y su divina reina y hermana, ya que lo que para nosotros es suprema piedad es para ellos suprema abominación.
Al pronunciar unas frases tan inconvenientes, Kirdir arriesgaba la cabeza. Pero su audacia había surtido efecto. Todos adivinaban la razón y la víctima de la cólera que descomponía ahora el rostro del monarca.
– ¡Miserable médico de Babel! ¿Es ése el sentimiento que profesas por los seres divinos de nuestra dinastía? ¡Sufrirás la suerte que nuestra ley reserva a los profanadores!
Los guardias acudieron para sujetar al culpable. Cuando sintió sus bruscas manos abatirse sobre sus brazos y sus hombros, Mani tuvo la impresión de que, a su alrededor, todas las imágenes se nublaban. Impotente, mudo de terror, se sentía a punto de desmayarse. Un solo pensamiento le mantuvo en pie: ¡el «Gemelo», su compañero celeste, no podía abandonarle en ese día! Cerró los ojos intentando entrever su semblante tranquilizador.
Súbitamente, se produjo un tumulto, salpicado de risas apenas ahogadas. La extrema tensión que pesaba sobre la corte se alivió como por milagro. Un padham se agitaba y pareció que sólo con verlo había bastado para que los rasgos de Sapor se relajaran.
– ¡Que el eternamente joven Juvanoé se acerque!
La súbita alegría del soberano se reflejó al instante en todos los rostros, exceptuando el del interesado, el cual no apreciaba las burlas que suscitaba cada una de sus intervenciones. Preceptor del monarca desde la infancia, era el decano de los magos de la corte, donde nadie habría pensado poner en duda su erudición y su persistente lucidez. Sólo le perjudicaba ese nombre de Juvanoé, «hombre joven», muy extendido entre los nobles y los magos, pero que resultaba molesto sobre los hombros de un nonagenario. Así, el bufón del rey había convertido al anciano mago en su blanco favorito, imitando de maravilla su voz áspera, su porte taciturno, el movimiento pendular de su barba algodonosa y el desorden de sus dedos huesudos. Cualquier ciudadano que, a lo largo de los últimos veinte años, hubiera tenido la ocasión de compartir una sola de las veladas de Sapor, no podría por menos de asociar al venerable preceptor con la imagen del bufón, cuyo nombre, por otra parte, nadie recordaba, de tal manera se había acostumbrado todo el mundo a darle el de su víctima.