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El augusto pupilo sonrió, como cualquier mortal, pero apenas comenzó a hablar Juvanoé, frunció el entrecejo para advertir a todos que el intermedio divertido había terminado.

– Durante toda mi larga vida, he tenido el privilegio de recordar a mi divino señor las cualidades que harían de él un gran rey a imagen de sus predecesores más gloriosos: la buena religión, el buen sentido, la fuerza del perdón, el amor de los súbditos, la alegría, la generosidad, la justicia…

– No lo he olvidado -se impacientó Su Divinidad, que no ignoraba nada de la interminable lista.

– Este hombre de Babel ha sido acusado de cosas graves que merecerían un castigo; pero si mi señor se niega a pasar por un tirano a los ojos de la posteridad, tiene el deber de escuchar su defensa. ¡Así es nuestra ley!

Sapor envolvió a su preceptor en una mirada afectuosa y filial. Luego, divertido, se encogió de hombros y gritó a un secretario:

– ¡Escribe que en el día de hoy he decidido conceder una túnica de honor al venerable mago Juvanoé, que ha evitado que cometiera una injusticia indigna de nuestra dinastía!

Y mientras el anciano mago, resplandeciente, se retiraba agitadamente andando hacia atrás para volver a su sitio, el soberano se volvió hacia Mani, declarándose ahora dispuesto a escucharle, aunque el verdugo estuviera aún al alcance de la voz.

Las palabras del hijo de Babel se escaparon como el suspiro de un superviviente.

– Al intentar contradecirme, el respetado mago Kirdir no ha hecho más que apoyar mis palabras con el más desgarrador de los ejemplos. Cada uno de nosotros se siente trastornado, amenazado, ofendido; todos nos damos cuenta ahora hasta qué punto los odios religiosos pueden afectar nuestra existencia y la del Imperio. Yo mismo debería sentirme tan turbado como todos vosotros, ya que soy de descendencia parta y entre mis antepasados siempre hubo matrimonios entre hermano y hermana, por fidelidad a las costumbres y por deseo de efectuar un acto agradable al Cielo.

»Sí, los nazarenos están indignados con esos matrimonios a los que llaman incestuosos. Sin embargo, está escrito en su Biblia que Dios creó al primer hombre y a la primera mujer y que por ellos solos la Tierra comenzó a poblarse. ¡Fue, pues, necesario que los hijos de aquella única pareja se unieran entre ellos! La humanidad entera ha nacido de matrimonios incestuosos. Los partidarios del Avesta podrían, pues, a su vez, burlarse de los partidarios de la Biblia; pero ¿a qué vienen las disputas, las imprecaciones, las burlas? Cada pueblo tiene costumbres que se han inscrito en sus leyes y que se atribuyen a la voluntad divina. ¿Será ésta diferente para cada pueblo? La verdad es que no sabemos nada de la voluntad divina, no sabemos nada de la divinidad, ni su nombre, ni su apariencia, ni sus cualidades. Los hombres dan a Dios innumerables nombres y todos son verdaderos y también falsos. Si Él tuviera un nombre, no podría escribirse con nuestras palabras ni pronunciarse con nuestras bocas. Se dice que es rico y poderoso. Riqueza y poder son sólo cualidades a escala de los hombres, pero no significan nada a escala de Dios. También se le atribuyen deseos, temores, irritaciones y humores; algunos dicen que está celoso de una estatua, ofendido por un gesto, preocupado por nuestra forma de hablar, de estornudar, de vestirnos o de desnudarnos. Yo, Mani, he venido a traer un mensaje nuevo a todos los pueblos. Me he dirigido en primer lugar a los nazarenos, entre los que pasé mi infancia y mi juventud. Les he dicho: escuchad la palabra de Jesús, es un sabio y un limpio de corazón, pero escuchad también la enseñanza de Zoroastro, aprended a encontrar la Luz que brilló en él antes que en todos los demás, cuando el mundo entero estaba sumergido en la ignorancia y en la superstición. Si algún día mi esperanza prevaleciera, sería el fin de los odios.

»Vuelvo, pues, mi mirada hacia el mago Kirdir y le digo con el respeto que le es debido: tú has sabido describir el mal que amenaza al Imperio y yo he prescrito el remedio; tú has hablado como un paciente y yo he hablado como un médico.

– Este hombre es hábil acallando nuestra desconfianza -dijo el mago-, pero sigue sin confesar a qué religión invoca.

– Invoco a todas las religiones y a ninguna. Se ha enseñado a los hombres que deben pertenecer a una creencia como se pertenece a una raza o a una tribu. Y yo les digo: os han mentido. Aprended a encontrar en cada creencia, en cada idea, la substancia luminosa y a separar los desperdicios. Aquel que siga mi camino podrá invocar a Ahura Mazda, a Mitra, a Cristo y a Buda. A los templos que elevaré, cada cual vendrá con sus plegarias.

»Yo respeto todas las creencias y, a los ojos de todos, ése es mi crimen. Los cristianos no escuchan cuando les hablo de las bondades del Nazareno y me reprochan que no hable mal de los judíos ni de Zoroastro. Los magos no me oyen cuando elogio a su profeta; quieren oírme maldecir a Cristo y a Buda. Y es que cuando reúnen al rebaño de los fieles, no lo hacen en torno al amor sino al odio; sólo se sienten solidarios frente a los otros y no se reconocen como hermanos más que en las prohibiciones y los anatemas. Y yo, Mani, pronto seré considerado el enemigo de todos, en lugar del amigo de todos. Mi crimen es querer conciliarios y lo pagaré, porque se unirán para condenarme. Sin embargo, cuando los hombres se hayan hastiado de los ritos, de los mitos y de las maldiciones, recordarán que un día, en los tiempos en que reinaba el gran Sapor, un humilde mortal hizo resonar un grito en todo el mundo.

El soberano estaba intrigado.

– La religión que quieres propagar, ¿tendrá templos y magos?

– Tendrá lugares de culto y Elegidos. Éstos se consagrarán a la oración y a la enseñanza, al arte y a la escritura, y al ejercicio de la justicia, como lo hacen los magos de hoy, a condición, sin embargo, de que renuncien a desear fortuna, gloria o poder.

Esta reserva suscitó en el monarca una satisfacción evidente. Kirdir agitó de nuevo su padham, pero Sapor se había vuelto ya hacia su jorrambash, el encargado de la cortina, que estaba permanentemente a su lado, y, con un leve movimiento de los dedos, le dio una orden. En los segundos que siguieron se vio acudir a dos escribas, que se sentaron a los pies del soberano. Era la señal de que la deliberación había terminado y el monarca se disponía a legislar, con un procedimiento que se llevaba a cabo desde los tiempos de los partos: el rey de reyes dictaba en lenguaje simple su deseos, que uno de los secretarios repetía en voz alta, no palabra por palabra, sino adaptándolo, como por traducción simultánea, a la jerga ampulosa de las ordenanzas oficiales, que el otro escriba se ocupaba de inscribir, con hermosa caligrafía, en el registro reservado con ese fin.

«En el día de hoy, hemos decidido…», dijo el soberano, y el secretario amplió: «Nosotros, el divino Sapor, rey de reyes del Irán y del No-Irán, dios entre los hombres, hombre entre los dioses…»

Sapor dejó que se transcribiera antes de proseguir:

«… que autorizamos a nuestro fiel súbdito Mani a propagar con toda libertad, por las ciudades y pueblos del Imperio, su mensaje celeste que ha obtenido nuestro soberano beneplácito. Se da la orden a todos los reyes, sátrapas, gobernadores y funcionarios, de ofrecerle asistencia como si fuera nuestro emisario en todos los lugares».

Dos

Al abandonar el palacio, Mani no pudo hacer otra cosa que andar, andar recto hacia adelante, golpeando con su único talón sano la calzada polvorienta de Ctesifonte. La gente se volvía a su paso, señalándole con el dedo para mostrar a los chiquillos aquel diablo extranjero medio loco, aquel mequetrefe poco agraciado que había bajado de las nubes. ¿Qué otra idea de él podían tener ese día?

Pero al día siguiente, no más tarde del día siguiente, toda esa gente comprendería. Desde el alba, los heraldos irían a pregonar en las plazas públicas el edicto donde se mencionaba este nombre: «Mani, médico del país de Babel». Entonces, se divulgarían por toda la capital los relatos, convenientemente aderezados, de su audiencia en el palacio, la gente se complacería en describir su estrafalaria vestimenta y todos se jactarían de haber reconocido en su calle su paso inspirado y la capa de un color que parecía reflejar al cielo. Antes de diez días, los correos partirían hacia las más lejanas regiones sasánidas llevando las órdenes del rey de reyes, copiadas y selladas con cera y sal.