Luego respiró profundamente, como si intentara recuperar la serenidad.
– En realidad, has venido a preguntarme lo que Denagh es para mí.
Pattig, desprevenido, levantó las dos manos en un gesto de defensa. Su hijo prosiguió:
– Sus ropas dibujan los contornos de mi reino vagabundo.
Y esta vez fue Mani el que se levantó y se alejó, con un paso más saltarín que nunca, dejando a su padre dando vueltas en la cabeza indefinidamente a esa confesión de dos caras.
Nadie más osó interrogar al hijo de Babel sobre su compañera. Ni siquiera Cloe, a quien, sin embargo, le corroía la curiosidad. La mujer permanecía en Ctesifonte para ocuparse de su familia y de los asuntos de Maleo mientras este último andaba por los caminos, pero era en su casa donde Mani residía cuando pasaba por la capital del Imperio, y ella no podía evitar observarle, pensativa. ¿Por qué le había afirmado él, antaño, que ninguna mujer ocuparía jamás un lugar a su lado? ¿Habría aparecido ella en su vida demasiado pronto? ¿Le habría mentido él, simplemente por amistad hacia Maleo? Y tantas otras preguntas que la hija del griego no podía formular a nadie, apenas a sí misma, y que creía desterrar de su mente mostrándose más solícita con Denagh, pero que volvían a obsesionarla cada vez que veía a la otra mujer sentada junto a Mani y con los ojos clavados en sus labios.
Denagh. La trenza que caía sobre su pecho velaba el moreno rosáceo de su cuello inclinado. De la muchacha se desprendía una juventud sin arrogancia, una belleza sin afeites y sin espejos, pero una belleza definitiva, como el último argumento de un debate. Anudada a la cintura, llevaba una gruesa banda de lana, enrollada a modo de cinturón. Una tarde, el cielo comenzó a oscurecerse y se levantó un viento fresco. Denagh se estremeció y, desatándose el cinturón, se cubrió los hombros con él. Pintado con trazos finos sobre la tela, había un rostro, el suyo, rodeado de flores. Todos reconocieron en él el pincel de Mani, y la tela se convirtió para los fieles en una reliquia venerada. Los que se acercaban para rozarla, respiraban el perfume que se desprendía de ella, una mezcla de áloe, ámbar, nenúfar y almizcle tibetano que el propio Mani había compuesto.
¿No dijo él un día que en los Jardines de Luz todo sería perfume y color, que nada seguiría siendo substancia?
En la comitiva de Mani reinaba una atmósfera de fiesta apacible, aunque en ella se abordaban permanentemente temas austeros. Todos se sentían obligados a cultivar un arte, a menudo la música y el canto, puesto que éstos ocupaban un lugar de honor en el país sasánida, pero también la poesía y, evidentemente, la pintura y la caligrafía a imitación del maestro; el maestro, que les autorizaba a agruparse a su alrededor cuando tensaba la tela o apomazaba el pergamino, cuando preparaba barnices y colores e, incluso, cuando trazaba los contornos y se ponía a pintar. Nunca se dejaba distraer por la presencia de los discípulos, no parecía que sus miradas pesaran sobre su mano; y con frecuencia, mientras pintaba, se ponía a hablar y sus palabras se dejaban subrayar por sus pinceladas. Esos momentos eran los más intensos y los discípulos hubieran deseado que se prolongaran hasta el Infinito; permanecían en el mismo sitio durante horas, conteniendo la respiración por miedo a que se rompiera el encanto.
A pesar de que todos sus compañeros le rodeaban de una muda veneración, la presencia de Mani no era jamás opresiva. Si bien el hijo de Babel pedía a sus discípulos más cercanos, sus Elegidos, aquellos a quienes un día llamarían los Perfectos, que se consagraran al arte, a la enseñanza, a la meditación, y que se deshicieran de toda posesión, repetía sin cesar que se podía ir a él sin abandonar el trabajo ni las propiedades, sin apartarse de las propias costumbres y modo de vida, a condición de no perjudicar a las criaturas y de no dejar morir a los sabios.
– Así pues -se escandalizaba un día un disidente-, ¿en tu religión hay dos morales?
Mani ni siquiera pensó en negarlo.
– Hay un camino arduo que toman aquellos que aspiran a la perfección y un camino llano para el resto de los seres humanos.
– Pero si los dos caminos conducen a la salvación, ¿qué ventajas tendré si elijo el camino difícil?
– Si pronuncias la palabra «ventajas» es que ya has elegido.
A lo largo de las etapas, los fieles se multiplicaban, sobre todo en las ciudades, entre los artesanos, los comerciantes, los extranjeros y los mestizos. No cabía la menor duda, Mani seducía a los que vivían encerrados en el orden estricto de las religiones y de las castas, a los que sufrían por sentirse desgarrados entre diferentes adhesiones, a los que no se creían sentados desde siempre y para siempre en un mullido cojín de privilegios.
Sin embargo, donde sus enseñanzas se propagaban más despacio era en el seno de la casta más desprovista. ¿Cómo iba a obtener la adhesión entusiasta de los campesinos si decía: «No matéis al árbol, no dañéis a la tierra»? Por el contrario, ganó para su causa a algunos ilustres representantes de la casta de los guerreros, como Peroz y Mirhshah, dos hermanos de Sapor. Y sobre todo, evidentemente, al precursor de todos, el hijo menor del rey de reyes, Ormuz, que se proclamaba ya abiertamente discípulo de Mani y que, a la vez que seguía adorando a Ahura Mazda, mandó acuñar en Deb unas monedas que llevaban en el reverso la efigie de Buda. A decir verdad, la mayoría de sus iguales le censuraban, así como los magos. Ante los altares del fuego de Ctesifonte, de Pérsida y de Atropatena se celebraban reuniones tormentosas. ¡Buda en las monedas sasánidas! ¡Quién lo hubiera creído! ¿Y por qué no, mañana, la cruz del Nazareno?
Exclamaciones e interrogaciones que no se dirigían, evidentemente, a Mani. Que quisiera conmocionar así el orden del Imperio, sacudir los fundamentos sobre los que habían sido establecidas la dinastía sasánida y la Religión Verdadera confirmaba, a los ojos de todos, el juicio implacable de Kirdir, «un nazareno de la especie más hipócrita, un lobo de dos patas». Pero ¿y Sapor? ¿Por qué el divino rey de reyes, señor del Imperio, querría destruir con sus manos lo que constituía el fundamento de su poder?
En los conciliábulos de los nobles y de los magos se prefería creer que había sido engañado. En cuanto estuviera convenientemente informado de los estragos causados por el hereje, sin duda alguna le retiraría su protección y le infligiría el castigo ejemplar que la ley había previsto. Una delegación, formada por los príncipes de sangre real y los magos de mayor categoría, se presentó ante el Trono, encargada de las quejas.
– Ese tal Mani conduce una horda de mendigos que se abaten sobre cada localidad del Imperio como las langostas sobre un oasis. Desafía los mandamientos celestes e incita al vulgo a despreciar a aquellos a quienes el nacimiento ha colocado por encima de sus cabezas. El artesano se quiere convertir en escriba, el escriba quiere ser noble, el respeto y la autoridad se pierden, el orden de la dinastía se derrumba y corre por todo el Imperio que es nuestro divino señor en persona quien ha querido que esto sea así…
Sapor escuchó. Se ensimismó en una larga meditación y luego se levantó inesperadamente. Los cortesanos sólo tuvieron tiempo de inclinarse con el rostro contra el suelo. Cuando se atrevieron a mirar de nuevo hacia el trono, la cortina estaba ya cerrada.
¿Se habría conmovido el rey de los reyes por lo que le habían revelado? ¿Le habría incomodado el tono empleado por los príncipes y los magos? En todo caso, a los miembros de la delegación no se les infligió ningún castigo, pero tampoco se tomó ninguna medida en contra de Mani.
Pasaron algunas semanas y no sucedió nada. Los conciliábulos y las discusiones se reanudaron. Si el divino Sapor no había reaccionado -pensaba Kirdir-, era porque no valoraba el alcance de los peligros o porque vacilaba. Si se produjera un incidente grave, el monarca se vería obligado a tomar partido resueltamente.