A su vez, Utakim está tan preocupada que no puede conciliar el sueño, pero finge que duerme, una vieja treta de nodriza que daba muy buenos resultados cuando Mariam era niña y que sigue siendo eficaz. Verdad es que, por muy esposa y futura madre que sea, su señora apenas tiene más de catorce años. Muy pronto, su respiración se hace más lenta, más reguiar, aunque, de cuando en cuando, un hipido hace recordar que la niña se ha dormido desconsolada.
El aceite de la lámpara colgada de la pared acaba de consumirse, cuando Mariam se incorpora de un salto.
– ¡Mi hijo! ¡Me han quitado a mi hijo!
Grita y se agarra con rabia a las sábanas. Utakim la sujeta firmemente por los hombros.
– ¡Has tenido una pesadilla, Mariam! Nadie te ha quitado a tu hijo, está ahí en tu vientre, bien protegido y no sabemos si será un hijo o una hija.
Mariam no se tranquiliza.
– Se me ha aparecido un ángel. Volaba y zumbaba como una enorme libélula y luego se posó delante de mí. Cuando quise huir, me dijo que no tuviera miedo y, por otra parte, parecía tan dulce que le dejé que se me acercara. De pronto, como un relámpago, extendió unas manos que parecían garras y me arrebató el hijo de mis entrañas para volar con él hacia el cielo, tan alto que pronto dejé de divisarlos.
Utakim no encuentra ya palabras que la consuelen. Sabe que un sueño jamás es inofensivo y se promete ir a interrogar sobre su presagio a los ancianos de la región.
Por un tragaluz enrejado entra la primera claridad del día. Mariam solloza. Su hombre no ha venido. La sirvienta se levanta y con paso decidido entra en la habitación de los invitados. Sittai, ya despierto, reza de rodillas; Pattig duerme. La mujer le zarandea, simulando que está enloquecida:
– ¡Mi señora se siente mal! ¡Te necesita!
Aún con cara de sueño, Pattig corre junto a la esposa que, al verle, se abandona al llanto.
– He tenido un sueño horrible, te llamé y no viniste.
– No he oído nada.
– Pattig, ¿por qué te siento tan lejano? ¿Por qué me huyes?
Si bien con la espontaneidad del despertar Pattig se ha precipitado a la cabecera del lecho de su mujer, al recobrar la conciencia recupera toda su frialdad de la víspera. Se ve claramente que está a disgusto en la habitación de Mariam y, de pronto, evita sentarse en el lecho, su propio lecho nupcial, incapaz de apartar la mirada de la puerta, como si temiera ver aparecer a su censor. Y a los reproches de su esposa, se vuelve más duro.
– Cuando se recibe a un huésped -dice-,¡se debe permanecer a su lado, ¿no lo sabes?
– ¿Quién es ese hombre? Me da miedo.
– Te daría menos miedo si fueras capaz de acoger sus palabras de sabiduría.
– ¿De qué palabras se trata? ¡Ese hombre no me ha hablado ni una sola vez!
– Una mujer no puede comprender lo que dice.
– ¿Qué dice tan importante?
– Me habla de su dios, el dios único; ha prometido conducirme hacia él, pero debo merecerlo, expiar mis años de idolatría. No volveré a comer la comida de los impíos, no volveré a beber vino, ni jamás me tenderé junto a una mujer. Ni tú ni ninguna otra.
– ¡Yo no soy un alimento ni una bebida! Yo soy la madre de tu hijo. ¿No decías también que yo era tu compañera, tu amiga? ¿Debo yo igualmente abandonar a todos los humanos para vivir como un ermitaño?
– Yo viviré en una comunidad de creyentes donde sólo hay hombres. No se admite a ninguna mujer.
– ¿Ni siquiera a tu esposa?
– Ni siquiera a ti, Mariam. Es un dios exigente.
– ¿Quién es, pues, ese dios celoso de una mujer?
– ¡Ese dios es mi dios, y si quieres blasfemar me iré de aquí al instante y no me volverás a ver!
– Perdóname, Pattig.
Sus ardientes lágrimas de niña se deslizan en silencio, su alma está vacía de toda espera; tímidamente, pone la cabeza sobre el brazo del hombre, con dulzura, sin apoyar, haciéndose tan ligera como un mechón de sus cabellos. ¿Revivirá alguna vez con el esposo esos momentos de paz en los que el calor es frescor, la transpiración es perfume y el despertar es olvido? Con una mano aún torpe, pero ya enternecida, Pattig le acaricia los cabellos; en el silencio y la penumbra, vuelve a encontrar los gestos de cariño que son naturales en él; de sus ojos se escapan también algunas lágrimas.
Entretanto, a través de la puerta que ha quedado abierta, llega la voz de Sittai, quien, una vez terminado su rezo, reclama a su anfitrión.
– ¡Pattig! -le llama-, tenemos que partir, hay todavía un largo camino.
¿No debería el esposo maldecir al importuno? No, es a Mariam a quien rechaza con brusquedad y corre ya sin volver la cabeza.
1. El palmeral de los Túnicas Blancas
En medio de los hombres he caminado con sabiduría y astucia…
Mani
Uno
El hijo que Mariam esperaba era Mani.
Dicen que nació en el año 527 de los astrónomos de Babel, el octavo día del mes de Nisan -según la era cristiana el 14 de abril del 216, un domingo-. En Ctesifonte reinaba Artabán, el último soberano parto, y en Roma gobernaba despóticamente Caracalla.
Su padre había partido ya, no muy lejos por el camino, pero hacia un mundo extraño y cerrado. Río abajo de Mardino, a dos jornadas de marcha a lo largo del gran canal excavado por los antiguos al este del Tigris, se encontraba el palmeral donde Sittai reinaba como maestro y guía. Allí vivían unos sesenta hombres de todas las edades, de todos los orígenes, hombres de ritos exagerados que la historia habría ignorado si su camino no se hubiera cruzado un día con el de Mani. A imitación de otras comunidades surgidas en aquel tiempo a orillas del Tigris y también del Orontes, del Eufrates o del Jordán, se proclamaban cristianos y a la vez judíos, pero los únicos verdaderos cristianos y los únicos verdaderos judíos. También predecían que el fin del mundo estaba próximo. Sin duda alguna, cierto mundo se moría…
En la lengua del país se llamaban «Hallé Hewaré», palabras armenias que significaban «Túnicas Blancas».
Esos hombres habían elegido la proximidad del agua, ya que esperaban de ella pureza y salvación, e invocaban a Juan Bautista, a Adán, a Jesús de Nazaret y a Tomás, al que consideraban su gemelo, pero más que a ninguno, a un oscuro profeta llamado Elcesai del que procedían su libro santo y sus enseñanzas: «Hombres, desconfiad del fuego, no es más que decepción y engaño, lo veis cerca cuando está lejos, lo veis lejos cuando está cerca, el fuego es magia y alquimia, es sangre y tortura. No os reunáis en torno a los altares en los que se eleva el fuego de los sacrificios, alejaos de aquellos que degüellan a las criaturas creyendo que agradan al Creador, separaos de los que inmolan y matan. Huid de la apariencia del fuego, antes bien, seguid el camino del agua porque todo lo que ella toca encuentra de nuevo su pureza primera y toda vida nace de ella. Si un animal dañino muerde a alguno de vosotros, que se apresure hacia el curso de agua más cercano y se meta en él invocando con confianza el nombre del Altísimo; si alguno de vosotros está enfermo, que se sumerja siete veces en el río y la fiebre se disolverá en la frescura del agua».
Al día siguiente a su llegada al palmeral, Pattig fue conducido en procesión hacia el recinto de los bautismos. Toda la comunidad lo acompañaba. Había algunos niños, muy pocos, algunas cabezas canas, pero la mayoría parecía tener entre veinte y treinta años. Todos se habían acercado al recién llegado para mirarle de hito en hito y salmodiar por él un fragmento de oración.
A una señal de Sittai, Pattig se había introducido totalmente vestido en el agua del canal, hundiéndose en ella hasta la frente, y luego, incorporándose, se había quitado una a una sus prendas de ropa, adornos del tiempo de impiedad, de los que se había desprendido con repugnancia, esperando que una corriente dócil se los llevara. Mientras se elevaba un canto, el hombre, que se había visto delgado y desnudo ante tantos ojos escrutadores, intentaba cubrirse con las dos manos temblorosas, pues si bien el sol de primavera calentaba ya, el agua del Tigris guardaba aún fresco el recuerdo de las nieves del Tauro.