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– En este momento estoy mirando su plano online -contestó Noreen-. Debería estar directamente a tu izq…

– Ya lo tengo -dijo Joey, giró a la izquierda y corrió en dirección contraria a la multitud que se dirigía a las salidas. Delante de ella, junto a la estación de bomberos rojo brillante, se encontraba la entrada principal del Ayuntamiento. Joey echó un rápido vistazo a su alrededor, se detuvo de golpe, se quitó el auricular de la oreja y compuso la mejor expresión de pánico-. Oh, no… -comenzó a decir en voz queda-. Por favor, no me digas que… ¡Socorro! -gritó-. ¡Por favor, que alguien me ayude! -Pocos segundos más tarde oyó ruido de pasos apresurados desde el interior del Ayuntamiento, que no sólo era la sede de Relaciones con los Visitantes, sino que daba la casualidad de que se trataba de uno de los lugares más cercanos patrullados por la Seguridad de Walt Disney World-. ¿Por qué ir a ellos -le preguntó Joey a Noreen-, cuando ellos pueden venir a ti?

Joey contó para sí. Tres… dos… uno…

– ¿Qué ocurre, señora? ¿Qué le ha pasado? -preguntó rápidamente un guardia alto con un corte militar y una placa plateada.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó a su vez un hombre negro con una camisa azul.

– ¡Mi billetero! -gritó Joey a los dos hombres-. ¡Abrí el bolso y mi billetero había desaparecido! ¡Tenía todo el dinero… mi pase de tres días…!

– No se preocupe… no pasa nada -dijo el guardia alto, apoyando la mano en su muñeca.

– ¿Recuerda cuándo lo vio por última vez? -preguntó el hombre negro.

Mientras los dos guardias trataban de calmarla, Joey pudo comprobar la forma en que ambos miraban a la multitud de palurdos que observaban la escena. Estaba claro que el espectáculo debía continuar.

– Está bien, amigos -anunció el guardia alto a los curiosos-. Sólo ha perdido el billetero.

Cuando los curiosos continuaron su camino, los guardias rodearon a Joey y la acompañaron hasta un banco de madera cercano.

– ¿Se le puede haber caído en alguna de las atracciones? -preguntó el guardia negro.

– ¿O tal vez en uno de los restaurantes? -añadió el otro.

– ¿Está segura de que no lo tiene en el bolso? -preguntó el primero, señalando el billetero que sobresalía del bolso de Joey.

Joey se detuvo en seco y miró el bolso.

– Dios mío -dijo, echándose a reír-. Me siento tan avergonzada… hubiese jurado que no estaba allí cuando yo…

– No se preocupe -dijo el guardia alto-. A mí me pasa lo mismo con las llaves.

Joey se levantó del banco, agradeció la ayuda de los dos guardias de seguridad y volvió a disculparse.

– Realmente lo siento, la próxima vez me aseguraré de… mirar mejor en mi bolso.

– Que pase una buena noche, señora -dijo el guardia alto.

Joey retrocedió nuevamente hacia la multitud y esperó a que los guardias desaparecieran. Una vez que los hubo perdido de vista, se volvió rápidamente, se colocó nuevamente el auricular y se dirigió resueltamente hacia Main Street.

– ¿Y bien? -preguntó Noreen.

– Es lo que siempre te digo… -comenzó Joey. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una radio negra de la policía con la palabra «Seguridad» en ella-. Cuando salgas de vacaciones debes tener cuidado con los carteristas.

Subió el volumen y se llevó el aparato a la oreja. Sólo tenía que escuchar.

81

– Podemos salir de aquí, Oliver. Lo único que debes hacer es tener un poco de fe -dice Gallo. Su voz chillona llega desde la esquina trasera del almacén silencioso.

Agachado detrás de la proa del barco pirata, cierro los ojos y repaso los acontecimientos de los últimos días: desde el momento en que conocimos a Gillian… hasta nuestra noche de submarinismo… hasta todo lo sucedido en medio.

– Es la verdad -grita Gallo-. Aunque tengas miedo de creerlo.

Una vez más, espero que Gillian rebata su argumento. Una vez más, ella no está en ninguna parte.

– Venga, Oliver, ¿realmente estás tan sorprendido? Tú sabes muy bien lo que está en juego aquí… tú encontraste el gusano. -Por la forma en que sus zapatos se arrastran sobre el cemento, parece que Gallo está recorriendo uno de los pasillos de la parte de atrás-. Es asombroso, ¿no crees? Todo a partir de un pequeño trozo de código informático. Lo cortas por la mitad y sigue creciendo. -Gallo se echa a reír-. Cuando piensas en ello, ese programa es el auténtico hijo de Duckworth.

Dondequiera que esté, Gillian permanece en silencio.

– ¿Qué significa ese silencio, Oliver? ¿Te sientes herido en tus sentimientos? ¿Nunca has tenido un cuchillo en la espalda? Por favor, hijo -conozco a tus jefes en el banco-, te pagan para que te lo quites de la espalda todos los días. ¿Y qué pasa con todos esos clientes ricos que fingen apreciarte? Deberías ser un verdadero experto en embusteros. Sólo por eso, la patraña de Gillian debería haber fracasado. Tendrías que haberte dado cuenta de que todos sus antecedentes parecían dudosos, ¿o acaso nunca te molestaste en averiguar de dónde había sacado ese acento de Nueva York? Además, sólo hace dos días que conoces a esa chica; ¿tan trastornado estabas para…?

Gallo se interrumpe. Y, nuevamente, deja escapar una risa profunda y gutural.

– Oh, Oliver…

Cierro los ojos pero la imagen no desaparece.

– … realmente pensaste que le gustabas, ¿no es así? -pregunta Gallo.

Me deslizo hacia el suelo, raspándome la espalda contra el casco del barco.

En una esquina, Gallo se detiene y vuelve sobre sus pasos. Sabe que estoy ahí. Como el mejor de los depredadores, es capaz de oler la desesperación.

Pocos segundos después se dirige hacia mi escondite.

– ¿Cómo hizo Gillian para que mordieras el anzuelo? -pregunta, disfrazando de la pregunta-. ¿Fue sólo esa historia de mierda que te contó, o acaso algo más físico?

Por el sonido de sus pisadas, Gallo parece haber regresado a la parte delantera de los pasillos que separan las carrozas.

– Deja que lo adivine: ella te vendió todo ese rollo de la pobre huerfanita y, como postre, añadió la-posibilidad-de-tener-una-cita-con-la-chica-guapa-a-quien-no-te-atreviste-a-invitar-al-baile-de-promoción. Súmale a eso la emocionante huida y, de pronto, sentiste que toda tu miserable vida estaba cambiando. ¿Cómo lo estoy haciendo, Oliver? ¿Empieza a sonarte familiar?

Trato de averiguar el origen de su voz, aunque sin despegar el culo del suelo. Ahora está a un pasillo de distancia. Debería echar a correr. Pero no lo hago.

– ¿Y qué me dices de su edad? -añade Gallo-. ¿Qué fue lo que te dijo? Espera… deja que lo adivine… ¿Veintiséis? ¿Veintisiete? -Hace una pausa sólo para disfrutar del momento-.Tiene treinta y cuatro años, Oliver. ¿Eso te rompe el corazón o sólo te hace sentir un poco más gilipollas?

Me incorporo lentamente conociendo perfectamente la respuesta. No estoy seguro de dónde se encuentra Gallo. Y ni siquiera estoy seguro de que eso me importe.

– Y no olvidemos el nombre: Gillian… Gillian Duckworth, realmente bueno si tenemos en cuenta el poco tiempo que tuvieron para preparar el montaje. Por supuesto, si ella utilizaba Sherry, nadie hubiese notado la diferencia.

«¿Sherry?»

En la parte delantera del pasillo, dos zapatos negros baratos giran en la esquina y se detienen. Miro hacia el final de la fila de carrozas. Gallo mira directamente hacia mí. Tiene el arma levantada; la mía cuelga junto a mi pierna. Con su típica sonrisa en la cara de rata, Gallo sacude la cabeza en una última muestra de burla machista. Pero en ningún momento pierde de vista mi expresión.

– Realmente nunca tuviste la menor sospecha, ¿verdad, Oliver?

No contesto.

– Durante todo este tiempo pensabas que estabas volando en primera clase y entonces la azafata te abofetea para despertarte y te dice que estás atado a un kamikaze…