– Nosotros nos encargaremos de Piratas -dijo una voz femenina a través de la radio cuando la pareja de guardias giraban en la esquina en dirección a Piratas del Caribe.
En el centro de la multitud, Joey decidió no continuar. Charlie y Oliver eran mucho más inteligentes que eso. Una cosa era perderte en medio del gentío; otra muy distinta es meterte deliberadamente en un posible callejón sin salida, como un restaurante o una atracción cercanos. Moviendo la cabeza de derecha a izquierda, Joey examinó cuidadosamente el resto de la zona. Tiendas de souvenirs… quioscos que impulsaban igualmente a la compra… y una corriente interminable de turistas bulliciosos. El único momento tranquilo en ese huracán parecía estar más adelante, donde una puerta giratoria de madera bloqueaba parte de la calle. Joey no podía quitar la vista de ella. Los polis de Disney estaban preocupados por la protección de los visitantes de pago, pero si Charlie y Oliver aún estaban huyendo, no podían permitirse el lujo de dejarse ver, necesitarían un lugar tranquilo y apartado. Joey echó otro vistazo a la puerta giratoria. Justo detrás se veía un rótulo con las palabras «Solamente miembros del reparto».
– Tranquilo y apartado -susurró.
– ¿Has encontrado alguna cosa? -preguntó Noreen a través del auricular.
– Tal vez -dijo Joey, encaminándose hacia la puerta giratoria y dejando detrás a los polis de Disney-. Te lo diré dentro de un minuto…
83
– ¿Qué…? ¿Cómo estás…? -Mi boca cuelga hasta el suelo mientras contemplo a un hombre muerto-. ¿Qué diablos pasa aquí?
Shep se acerca a nosotros mientras me apunta con su arma, pero parece mucho más preocupado por Gallo, quien tiene un orificio negro en mitad de la espalda. Shep dirige una de sus miradas de reproche a Gillian. Ella se encoge de hombros como si no hubiese tenido otra alternativa.
En el suelo de cemento del almacén, el cuerpo de Gallo yace boca abajo sobre un charco de sangre que crece lentamente. La misma posición que tenía el cuerpo de Shep la última vez que le vi.
– ¿Te parece familiar? -pregunta Shep, leyéndome el pensamiento.
Todavía conmocionado por la impresión, no puedo apartar la vista de él. Los antebrazos como salchichas. La nariz mellada. Es casi como si no fuese él. Pero lo es.
– Venga, Oliver… di algo -bromea.
Mi puño se cierra alrededor del arma. Si Gallo le disparó con cartuchos de fogueo… Shep sabía lo que iba a pasar… Gallo estaba trabajando con él. Así fue como consiguieron meter el gusano de Duckworth en el banco.
– ¿Tú eras su hombre dentro del banco?
– ¿Lo ves? Por eso te pagan toda esa pasta.
Mi rostro se enrojece y la realidad se asienta lentamente como un bloque de hielo que se derrite en mi nuca.
– De modo que todo este tiempo… ¿Cómo pudiste…? ¿Estabas vigilándonos durante todo…?
– Oliver, éste no es el lugar apropiado para eso.
– ¿O sea que estabas ahí desde el principio? ¿Sabías que intentarías acabar con nosotros? ¿O… o acaso ese fue el objetivo desde el principio, invitarnos a participar y luego crear unos chivos expiatorios?
– Larguémonos de aquí y luego podemos…
– Quiero una respuesta, Shep. ¿Por eso nos hiciste participar? ¿Para volarnos la cabeza?
– ¿Por qué no…?
– ¡Quiero una respuesta!
Shep comprende que no tengo intención de moverme y comprueba la entrada del hangar. Está despejada.
– ¿Qué querías que dijera, Oliver: «Estoy muy feliz de que hayáis descubierto nuestro secreto. Ahora cojamos estos tres millones porque hay otros trescientos millones esperando» Una vez que habíais visto el bote de miel, no tuve otra alternativa.
– Trataste de matarnos, Shep.
– Y vosotros tratasteis de robar nuestro dinero.
– Todos son pecadores -dice Gillian. Shep la fulmina con la mirada y ella retrocede. Aunque hace apenas unos minutos que les he visto juntos, no hay duda de quién lleva las riendas de la relación.
– Cuando todo se vino abajo, Oliver, ésta fue tu elección -dice Shep-. Si no hubieras estado tan obsesionado con tu fantasía de venganza de Lapidus, Gallo, DeSanctis y yo nos hubiésemos largado sin ningún problema. Además, si quieres empezar a llamar a las cosas por su nombre, vosotros fuisteis quienes tratasteis de jugármela.
– ¿De qué estás…?
– Investigué ese banco en Antigua que Charlie me enseñó en la Hoja Roja. La pasta nunca estuvo allí.
– Eso fue lo único que nos salvó el cuello. Si Charlie no lo hubiera hecho, en este momento no estaríamos aquí hablando.
– No, tú no estarías aquí hablando si yo no te hubiese salvado el culo en la casa de Duckworth -interrumpe Gillian nuevamente.
– Lo hiciste sólo para cubrirte -le digo.
Una vez más, Shep la hace callar con una mirada airada.
– No estoy diciendo que te culpe, Oliver. De hecho, te respeto. Todos aprovechamos nuestras oportunidades donde las encontramos -explica, sin apartar los ojos de Gillian-. Especialmente cuando se trata de dinero.
– De modo que nunca pensaste en compartirlo con nadie, ¿verdad? -pregunto-. Ni con nosotros, ni con Gallo ni con nadie.
– Deja que te diga algo, Oliver. Es posible que Gallo consiguiera poner sus manos en la mejor idea del mundo, pero sin un banco donde llevarla a cabo, Duckworth podría haber reinventado la pólvora.
– Entonces supongo que no había ningún problema en deshacerse de todos por el camino.
– Como te dije al principio, sólo existen dos crímenes perfectos: el crimen que no se comete y el crimen durante el cual el criminal muere. Si lo consigues es una buena jugarreta. Pero si yo iba a ser el cadáver a quien culparan del crimen… bien, al mártir le corresponde el botín. La única astilla en el ojo fue cuando os dejaron escapar de aquella estación.
– ¿Y eso fue lo que hizo que tramaras el gran plan? ¿Seguirnos a Florida, engañar a Gallo y meter a tu esposa en el asunto?
– Consiguió engañarte, ¿verdad?
Miro a Gillian; ella no aparta la mirada. No vacila en hacerme frente. Como siempre decía Lapidus, el negocio es el negocio. No puedo creer que no haya sido capaz de verlo antes.
– No es el fin del mundo -dice Shep-. Aún tienes la gallina y los huevos de oro. Ahora ha llegado el momento de decidir qué hacer con ellos.
En su voz hay un tono completamente nuevo, como aquel día en que nos ofreció compartir el dinero con nosotros en el banco. Ha vuelto a su personaje de Gran Hermano Shep. Sí, no hay duda de que él nos enseñará la mejor forma de esconder el dinero… Luego, en el instante en que consiga lo que quiere, nos destrozará las rótulas. Es el mismo tono que utilizó Gallo hace apenas dos minutos. Me pongo enfermo de oírlo.
– No digas que no todavía, Oliver. Ni siquiera has escuchado mi oferta.
– ¿Ah, no? Deja que lo adivine. Agitas tu arma ante mis narices y así te conviertes en la quinta persona esta semana que amenaza con matarme a menos que te diga dónde está el dinero.