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– Deja que Shep acabe lo que tiene que decirte -dice Gillian, sin dejar de apuntarme-. Todos podemos conseguir lo que queremos.

– Yo ya sé lo que quiero… y no lo voy a conseguir de vosotros.

– ¿De quién piensas conseguirlo entonces? -pregunta Shep-. ¿De la policía? ¿De Lapidus? ¿De tus amigos en el trabajo? Esto es mucho más grande que tú y Char… -Se interrumpe y echa un rápido vistazo a su alrededor-, ¿Dónde se ha metido tu hermano? -pregunta.

No existe ninguna posibilidad de que yo le conteste.

– A pocos metros de aquí. En la otra habitación.

– Ve a buscarle -le ordena Shep.

– Ve tú a buscarle -le desafía Gillian.

– ¿Has oído lo que te he dicho?

Como antes, la discusión ha terminado. Gillian mete la pistola en la parte trasera de los pantalones y se dirige al pasadizo que comunica con la otra nave.

En el instante en que abre la puerta, grito la advertencia a voz en cuello.

– ¡Charlie, ella es una men…!

Shep me coge de la barbilla y me tapa la boca con la mano. Trato de liberarme pero es demasiado fuerte. Gillian me mira y sacude la cabeza.

– Eres realmente un gilipollas -dice, volviéndose y entrando en el pasadizo. Cierra la puerta en mis narices y el ruido rebota en mi pecho.

Shep sigue tapando mi boca con fuerza hasta que dejo de luchar.

– Oliver, escúchame por una vez. Si no te tranquilizas, ninguno de nosotros conseguirá salir de aquí. Tenemos que tratar con trescientos millones de pavos… También podríamos…

– ¿Realmente te parezco tan imbécil? -pregunto, al tiempo que quito su mano de mi barbilla. Apoya la mano en mi hombro. No piensa dejarme ir demasiado lejos-. ¿De verdad crees que te ayudaremos? -pregunto-. Se acabó, Shep. Estamos muy bien aquí.

– ¿Eso crees? -dice-. Ni siquiera te has detenido a pensar en esto, ¿verdad Oliver? En cuanto vuelvas a poner un pie en el banco, estarás despedido. Lapidus te enterrará antes de que puedas decir «vergüenza profesional». Y cuando vayas a la policía, aun cuando logres evitar ir a la cárcel, aunque devuelvas el dinero, ¿crees que organizarán el desfile de la victoria para ti? Tu firma sigue estampada en la solicitud electrónica original. Sólo por eso tu vida está acabada. De modo que ahora no tienes trabajo, no tienes dinero y nadie volverá a confiar jamás en ti. Y lo peor de todo, para cuando hayan terminado las querellas y tus ahorros hayan desaparecido, tu madre no podrá comprarse siquiera un carrete de hilo, y mucho menos hacer frente al resto de su tarjeta de crédito y a las facturas del hospital. ¿Quién pagará ahora todo eso, Oliver? ¿Y qué me dices de Charlie? ¿Cuánto tiempo crees que podrá sobrevivir sin tu ayuda?

Mientras las palabras salen de su boca, sé que tiene razón. Pero eso no significa que vaya a meterme en la cama con una serpiente y su…

– ¡Que nadie se mueva! -grita una voz femenina a nuestras espaldas.

Shep y yo nos volvemos y buscamos el origen de la voz en la puerta del almacén. Hay una mujer con un arma. La investigadora de la urbanización… la pelirroja… Joey… Está apuntando su arma directamente hacia nosotros. Primero a mí, luego a Shep.

Con una enorme sensación de alivio, doy un paso hacia ella, alejándome de Shep.

– ¡He dicho que nadie se mueva! -grita y yo alzo las manos en el aire.

– Ya era hora -dice Shep, con tono tranquilo-. Me preguntaba cuándo llegaría.

– ¿Perdón? -pregunta Joey.

Espero ver algún tipo de reconocimiento en su rostro. Shep está vivo y ella es lo suficientemente inteligente para completar el resto de la historia. En cambio, parece confundida.

– ¿Quién diablos es usted? -pregunta.

Los brazos se me entumecen mientras apuntan hacia el cielorraso. No puedo creerlo. Ella no tiene la menor idea de quién es Shep.

– ¿Yo? -pregunta Shep con una sonrisa torcida. Se rasca el antebrazo y deja escapar una risa profunda y relajada-. Soy investigador… igual que usted.

– ¡Está mintiendo! -digo-. ¡Es Shep!

– No deje que la engañe, señorita Lemont…

– ¿Cómo sabe mi nombre? -pregunta Joey.

– Se lo he dicho; he estado investigando este caso desde el principio. Llame a Henry Lapidus, él se lo explicará todo.

Cuando pronuncia el nombre de Lapidus, hay una nueva calma en su voz. Mete la mano en el interior de la chaqueta…

– ¡Ni siquiera lo piense! -le advierte Joey.

– No es un arma, señorita Lemont. -Del bolsillo de la camisa saca una cartera de cuero negro-. Aquí tiene mi identificación -dice, lanzando la cartera a los pies de Joey. Ella se agacha para recogerla, pero en ningún momento deja de apuntarnos.

– Se lo juro, Joey, su nombre es Shep Graves…

– Señorita Lemont, no le escuche…

– … fingió su muerte para que nos culpasen a nosotros!

Ella echa un vistazo a la identificación de Shep y luego cierra la cartera.

– ¿De modo que trabaja con Lapidus? -pregunta Joey con escepticismo.

Shep asiente.

– ¿Y él respaldará su historia?

– Totalmente -dice Shep.

No estoy seguro de si Shep se está echando un farol o si tiene un truco absolutamente nuevo oculto en la manga. En cualquier caso, Joey ha llegado demasiado lejos como para irse sin la verdad.

– Noreen, ¿estás ahí? -pregunta, hablando a través del pequeño micrófono sujeto a su blusa. Asintiendo para sí, añade-: Ponme con Henry Lapidus.

84

– ¿Charlie…? ¿Charlie, dónde estás? -susurró Gillian mientras atravesaba el corto pasadizo y salía al pasillo perpendicular que conectaba con él. Apartó de un puntapié la cabeza de Goofy y estudió el pasillo, pasando luego junto a la mesa plegable volcada. En el extremo izquierdo estaba la puerta de salida. Imposible, pensó. DeSanctis no se hubiese marchado sin avisarles. Un sonido agudo, como si alguien estuviese rascando algo, le confirmó el resto. Se volvió y echó a andar en la dirección del sonido. Hacia la parte trasera del pasillo, más allá del carrito de la ropa y el biombo plegable. Conocía ese sonido. Como si alguien estuviese corriendo. O escondiéndose.

Avanzando con mucha cautela por el pasillo, Gillian se mantuvo alerta ante la posibilidad de que DeSanctis apareciera súbitamente. Él seguía enfadado por el corte que le había hecho en la cabeza, aunque no hasta el extremo de echarlo todo a perder, se dijo, mientras pasaba junto al biombo. Aun así, era mejor quedarse quieta y pensar dónde…

Gillian se detuvo allí mismo. Desde el suelo hasta los extremos de los colgadores, Minnie, Donald, Pluto, y docenas de cabezas de otros personajes la observaban, cada una de ellas con su sonrisa vacía y helada. Evitando deliberadamente sus miradas, avanzó hacia el interior de la habitación.

– Hola… -susurró nuevamente-. ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta. Y entonces comprendió por qué.

Justo delante de ella, al final del primer pasillo de colgadores, DeSanctis yacía boca abajo en el suelo, los brazos atados a la espalda con lo que parecía ser una cuerda de saltar. Gillian no podía creerlo. DeSanctis tenía la nariz cubierta de sangre y el ojo izquierdo estaba muy hinchado. No se movía. Le tocó el hombro con la punta del zapato, pero era como patear un ladrillo. Sorprendida, se agachó para mirarle mejor. ¿Acaso estaba…? No, se dio cuenta al ver que el pecho subía y bajaba. Sólo estaba inconsciente.

En ese momento se oyó otro ruido, esta vez varios metros más lejos, en otro de los pasillos de colgadores. Sobresaltada, Gillian se puso de pie de un salto. Pero al volver a oírlo, esbozó una sonrisa. Este sonido era diferente del primero. Más profundo. Más gutural. Como si alguien estuviese respirando… o jadeando. Alguien a quien le falta el aliento.

Miró a su alrededor y fijó la vista en la parte posterior de los colgadores.

– ¡Charlie! -llamó-. ¡Soy yo, Gillian!