– ¿Acaso importa?
– De hecho, sí -dice, tocándose la fina costra que aún no ha desaparecido de su cuello.
– ¿Desde cuándo eres tan tétrico?
– Limítate a responder la pregunta, Ollie.
No lo dirá, pero es evidente lo que mi hermano está buscando. La vida es siempre una prueba.
– Si hace que te sientas mejor, fui yo quien rompió con ella…
– ¡Gracias, Señor, estoy curado…! -grita Charlie alzando su hombro-. ¡Mi brazo… funciona! ¡Mi corazón… late!
Pongo los ojos en blanco.
– Mmmmmm, cariño, ¿puedo entonar un aleluya?
– Sí, sí, ella también te echará de menos -digo-. ¿Ahora qué te parece si me ayudas a colocar el resto de mis cosas?
Charlie baja la vista y se lleva la mano al hombro.
– Oh, mi brazo… no puedo respirar.
– Venga, farsante, mueve el culo de la cama. Los médicos dicen que ya estás bien. -Retiro las sábanas y descubro que Charlie lleva tejanos y calcetines-. Eres realmente deprimente, ¿lo sabías? -digo.
– No, deprimente sería si tuviese puestas las zapatillas.
Sale de la cama de un salto, me sigue a la sala de estar y ve mi otro talego de lona, dos enormes cajas y algunos cartones de leche llenos de CD, vídeos y fotografías viejas. Eso es todo lo que me queda. El único mueble es el que traje anoche: mi cómoda de cuando me trasladé al apartamento. Pertenece a este lugar.
– ¿Dónde está tu cama Calvin Klein? -pregunta Charlie.
– Mamá dijo que conserva mi vieja cama en el sótano. Estoy seguro de que todo saldrá bien.
– ¿Bien? -Sacude la cabeza, incapaz de aceptarlo-. Ollie, todo esto es estúpido. No me importa lo buen actor que seas, puedo percibir el dolor en tu voz. Si quieres podemos empeñar alguno de mis altavoces. Eso al menos te dará al menos otro mes para…
– Estaremos bien -le interrumpo mientras levanto el otro talego-. Estoy seguro.
– Pero si no tienes trabajo…
– Confía en mí, hay un montón de buenas ideas ahí fuera. Sólo se necesita una.
– ¿Qué, piensas volver a vender camisetas? No sacarás un céntimo haciendo eso.
Dejo caer nuevamente el talego, apoyo la mano en su hombro sano y le miro directamente a los ojos.
– Una sola idea buena, Charlie. Y yo la encontraré.
Charlie observa la forma en que estoy balanceándome sobre mis talones.
– Muy bien, de modo que ya hemos superado al Universitario Ollie, y al Banquero Ollie y al fácilmente olvidable Me muero por Impresionar Ollie con su Alma Móvil. ¿Quién es éste? ¿El Empresario Ollie? ¿El Tío con Iniciativa Ollie? ¿Trabajando en Foot Locker en un Mes Ollie?
– ¿Qué me dices del verdadero Ollie? -pregunto.
Eso le gusta.
Cuando me dirijo al comedor ya puedo sentir la energía que retumba en mi estómago.
– Te digo una cosa, Charlie, ahora que tengo tiempo, no hay nada que…
Me interrumpo al ver el sobre abierto que hay en el borde de la mesa. El remitente dice Coney Island Hospital. Conozco el ciclo de las facturas.
– ¿Ya nos han enviado otra factura? -pregunto.
– Más o menos -contesta Charlie, tratando de pasarlo por alto.
Eso es… algo ha ocurrido. Voy directamente a buscar el sobre. Cuando saco la factura, es todo lo mismo. El saldo total sigue siendo de ochenta y un mil dólares, los vencimientos a final de mes siguen siendo de cuatrocientos veinte dólares y el estado de los pagos sigue siendo «Puntual». Pero en la parte superior de la factura, en lugar de decir «Maggie», el nombre que consta encima de nuestra dirección ahora dice «Charles Caruso».
– ¿Qué es lo que…? ¿Qué has hecho? -pregunto.
– No es de ella -dice Charlie-. No debería ser su responsabilidad.
De pie en el centro de la habitación, con las manos en los bolsillos de los tejanos, en su voz hay una calma que no había escuchado en años. Dicho eso, hablar de las facturas del hospital es fácilmente una de las cosas más irreflexivas, innecesarias e inoportunas que mi hermano ha hecho nunca. Es por eso que le digo la verdad.
– Bien por ti, Charlie.
– ¿Bien por ti? ¿Eso es todo? No vas a someterme al tercer grado para que te dé todos los detalles: ¿Por qué hice el cambio? ¿Cómo acabará esto? ¿Cómo podré hacer frente a los pagos?
Sacudo la cabeza.
– Mamá ya me ha explicado lo del trabajo.
– ¿Mamá te lo ha explicado? ¿Qué es lo que te ha dicho?
– ¿Qué hay que decir? Es un trabajo de ilustración en la Editorial Behnke. Diez horas al día haciendo dibujos para una línea de manuales técnicos, tan aburrido como observar cómo se seca el betún de los zapatos, pero pagan dieciséis pavos la hora. Como te he dicho, bien por…
Antes de que pueda acabar la frase, la puerta del apartamento se cierra con un fuerte golpe a nuestras espaldas.
– ¡Veo a unos chicos muy guapos! -dice mamá cuando ambos nos giramos. Lleva dos bolsas marrones con comestibles; las sostiene con una llave doble de lucha libre. Charlie corre a coger una bolsa y yo hago lo propio con la otra. En el instante en que queda libre del peso, su sonrisa se vuelve más amplia y sus gruesos brazos se cierran alrededor de nuestros cuellos.
– Mamá, cuidado con mis puntos… -dice Charlie.
Ella le suelta y le mira a los ojos.
– ¿Dices que no a un abrazo de tu madre?
Sabiendo que es inútil discutir, Charlie deja que le bese en la mejilla.
– Charlie me ha dicho que detesta tus abrazos -digo-. Me ha dicho que espera que no vuelvas a darle un abrazo en toda su vida.
– No empieces… tú eres el siguiente -me advierte. Me besa y se quita no sin esfuerzo su pesado abrigo. Al ver las cajas y el talego en el suelo, no puede reprimirse-. Oh, mis chicos han vuelto a casa -exclama, siguiéndonos a la cocina.
Charlie comienza a ordenar los comestibles en los armarios. Yo me quedo con los ojos fijos en el bote de galletas de Charlie Brown. Ya me estoy mordiendo el interior del labio. Durante casi cinco años ha sido mi hábito más regular. Me muero por abrirlo. Pero, por una vez, no lo hago.
Charlie me observa atentamente. «Está bien», me dice con la mirada.
«Todos necesitamos un día libre. Incluido tú.»
– ¿Y adivinad para quién tengo un regalo? -pregunta mamá, captando mi atención. De una de las bolsas de la compra saca una bolsa de plástico azul-. Lo he visto en la tienda de hilos y no he podido resistirme…
– Mamá, te dije que no me compraras nada -me quejo.
Pero a ella no le importa; está demasiado excitada. Mete la mano dentro de la bolsa y saca un lienzo bordado con punto de aguja y lo sostiene en el aire. En letras rojas y estarcidas puede leerse: «Florece donde te han plantado.»
– ¿Qué te parece? -pregunta mamá-. Es sólo un pequeño regalo de bienvenida. Puedo ponerlo en un marco o en un cojín, lo que tú quieras.
Como la mayoría de los bordados de mamá, el eslogan es exageradamente sentimental.
– Me encanta -digo.
– A mí también -coincide Charlie. Saca su cuaderno de notas y escribe a toda velocidad. «Florece donde te han plantado.» Mientras reproduce las palabras, tiene buen aspecto con un bolígrafo en las manos.
– Por cierto, he visto a la madre de Randy Boxer en la tienda de hilos -añade mi madre, volviéndose hacia Charlie-. Estaba tan feliz de que la hubieses llamado… le has alegrado el día.
– ¿La madre de Randy Baxter? -pregunto-. ¿Para qué la has llamado?
– En realidad estaba tratando de conseguir el número de teléfono de Randy -me explica Charlie, como si fuese algo que sucede todos los días.
– ¿De verdad? -pregunto, notando la rapidez de su respuesta. Pero no engaña a nadie. Hace al menos cuatro años que no ha visto a Randy-. ¿A qué se debe esta repentina reunión de instituto?
Vuelve a ordenar los comestibles sin contestar a mi pregunta.
– Todavía no -explica sin mirarme-. No hasta que todo esté en su lugar.