– ¿Por qué no? El banco nos paga precisamente para que hagamos eso todos los días -digo-. Piensa en ello. Es lo único en lo que piensan los ricos: ocultar su dinero. De Hacienda… de sus ex esposas… de mocosos incontrolables…
– … ésa es la principal razón por la que la gente acude a nosotros -añade Charlie, captando la idea al vuelo-. De modo que, con una especialidad como ésa, tiene que haber alguien aquí que haya ideado la forma de que una cuenta parezca una cosa y sea realmente otra. «Sí, señor Duckworth, el saldo de su cuenta es de tres millones de dólares… guiño, guiño, codazo, codazo.»-Estúpidos de nosotros, cuando Mary transfirió el saldo, nos llevamos toda la pasta.
Mirando fijamente las sombras que dibujaba en las paredes la luz de las velas, nos abrimos paso a través de la lógica.
– No está mal… -reconoce Charlie-. Pero para que alguien de dentro pudiese…
– No creo que haya sido alguien de dentro del banco, Charlie; quienquiera que haya sido recibía ayuda de…
– ¿Gallo y su compañero del Servicio?
– Tú también oíste lo que dijo Shep; él no fue quien les llamó. Se presentaron en el momento en que el dinero desapareció.
Ambos asentimos lentamente. No es una mala teoría.
– ¿O sea que estaban implicados desde el principio? -pregunta Charlie.
– Dime una cosa: ¿qué probabilidades hay de que dos agentes del servicio secreto participen en un caso criminal y luego maten a Shep sólo para devolver el dinero robado? No me importa cuánto dinero había en juego, Gallo y DeSanctis no fueron asignados al caso por casualidad. Ellos vinieron para proteger su inversión.
– Tal vez formaban parte del plan, vendieron sus servicios…
– Tal vez han estado trabajando con el banco desde el principio.
– ¿Quieres decir lavando dinero? -pregunta Charlie.
Me encojo de hombros, pensando en ello.
– Sea lo que sea, esos tíos estaban metidos en algo sucio, algo grande… algo que, si todo salía bien, les hubiera producido unas ganancias de trescientos trece millones de George Washington.
– No está mal para un día de trabajo -conviene Charlie-. ¿Con quién crees que lo habían planeado?
– Es difícil decirlo. Todo lo que sé es que no puedes escribir «servicio secreto» sin la palabra «secreto».
– Sí, bueno, tampoco puedes escribir «gilipollas» sin Lapidus o Quincy -dice Charlie, apuntando con el dedo.
– No lo sé -dijo sin demasiada convicción-. Tú viste su reacción, estaban incluso más asustados que nosotros.
– Sí… porque tú, yo y todos los demás estaban mirando. Los actores no existen sin público. Además, si no fueron Lapidus o Quincy, ¿quién pudo ser?
– Mary -digo.
Charlie me mira, mesándose una perilla imaginaria.
– Podría ser.
– Te digo que podría haber sido cualquiera. Pero aún no hemos contestado a la primera pregunta: ¿De dónde sacó Duckworth trescientos trece millones de dólares?
Las velas continúan con su danza. Yo permanezco inmóvil.
– ¿Por qué no se lo preguntas al interesado? -dice Charlie.
– ¿Duckwojrth? Está muerto.
– ¿Estás seguro de eso? -pregunta Charlie, levantando una ceja-. Si todo lo demás es una sala de espejos, ¿qué te hace pensar que ésta es la única pared?
Es un buen argumento. De hecho, es un gran argumento.
– ¿Aún tienes su…?
Charlie busca en el bolsillo trasero del pantalón y saca una hoja de papel doblada.
– Eso es lo bueno de ponerse los mismos pantalones que usaste el día anterior -dice-. Lo tengo… aquí.
Cuando desdobla el papel aparece la dirección de Duckworth que tenían en la cuenta del Midland National Bank: 405 Amsterdam Avenue. Con su mecha encendida se dirige hacia la puerta.
– Charlie -susurro-. Tal vez sea mejor ir a la policía.
– ¿Por qué… para que puedan entregarnos al servicio secreto y nos llenen la cabeza de plomo? No quiero ofenderte, Ollie, pero el hecho de que tengamos el dinero y la forma en que nos sorprendieron con Shep… nadie va a creer una palabra.
Cierro los ojos e intento imaginar otra situación. Pero lo único que veo es la sangre de Shep… bañándonos las manos. No importa lo que digamos. Ni siquiera yo creería nuestras palabras. Retrocedo y me siento en uno de los bancos.
– Estamos muertos, ¿verdad?
– No digas eso -me increpa Charlie. No puedo asegurar si se trata de negar la evidencia o de obcecación de hermano pequeño, pero es igual-. Si encontramos a Duckworth… será nuestro primer paso para encontrar respuestas -insiste-. Es nuestra oportunidad de sacudir las Ocho Bolas Mágicas. No pienso tirar la toalla. -Abre la puerta de la capilla y desaparece en la gran nave central.
Me vuelvo hacia el altar votivo, contemplo la cera derretida que corre por el cuerpo de las velas. No le lleva mucho tiempo quemarse por completo. Sólo un poco. Es todo lo que tenemos.
20
Cuando giró en la esquina, en dirección a la calle de Oliver, envuelta en un abrigo verde oliva que llegaba hasta los tobillos, Joey parecía un peatón más en Red Hook: la cabeza gacha, sin tiempo para hablar, otros lugares donde estar. No obstante, mientras sus ojos permanecían fijos en el deteriorado edificio donde vivía Oliver, sus dedos estaban mucho más ocupados: sobaban lentamente las bolsas negras de basura vacías que llevaba en el bolsillo izquierdo y la correa para perros de nailon rojo que llevaba en el derecho.
Segura de que se encontraba lo bastante cerca de su objetivo, levantó la cabeza y sacó la correa, dejando que colgase hacia sus rodillas. Ahora no era solamente una investigadora, paseando por la calle y examinando las ventanas en busca de vecinos curiosos. Con la correa colgando junto a ella, era un miembro más de la comunidad que buscaba a su perro perdido. Sí, era una excusa muy pobre, pero en todos los años que llevaba utilizándola, jamás le había fallado. Las correas vacías te llevaban a cualquier parte: caminos particulares… patios traseros… incluso al estrecho callejón que discurre junto al edificio de piedra rojiza desteñida y donde se encuentran los tres contenedores de plástico llenos con la basura de Oliver y sus vecinos.
Joey se deslizó en el callejón; contó once ventanas que daban a la zona de recolección de los residuos: cuatro en el edificio de Oliver, cuatro en el edificio contiguo y tres en el que se alzaba al otro lado de la calle. Sin duda era mejor hacerlo de noche pero, para entonces, el Servicio ya habría examinado la basura. Es lo que siempre sucede con las Zambullidas en los Basureros. Se sirve el primero que llega.
Sin perder un segundo, se quitó el abrigo y lo lanzó a un lado. Llevaba un pequeño micrófono prendido al primer botón de la camisa y dos finos cables llegaban hasta un móvil sujeto al cinturón. Se colocó un audífono en la oreja derecha, pulsó «Enviar» y, mientras sonaba, abrió rápidamente las tres tapas de los contenedores de basura.
– Aquí Noreen -contestó una mujer joven.
– Soy yo -dijo Joey, poniéndose un par de guantes quirúrgicos de látex. Era una lección que había aprendido en su primera Zambullida en el Basurero, donde el sospechoso tenía a un recién nacido… y Joey encontró un puñado de pañales sucios.
– ¿Qué tal el barrio? -preguntó Noreen.
– Ha visto tiempos mejores -dijo Joey mientras observaba las paredes de ladrillo gastadas y los cristales rotos en las ventanas del sótano-. Supuse que era un vecindario de jóvenes banqueros ambiciosos. Pero se trata de un barrio de gente obrera que no puede permitirse el lujo de un primer apartamento en la ciudad.
– Tal vez por eso mismo robó el dinero, porque está harto de ser de segunda clase.
– Sí… tal vez -dijo Joey, feliz de comprobar que Noreen participaba.
Recién graduada en el programa nocturno de la Facultad de Derecho de Georgetown, Noreen pasó el primer mes posterior a su graduación siendo rechazada por los principales bufetes de Washington, D. C. Los dos meses siguientes supusieron también el rechazo de las firmas medianas y pequeñas. Al cuarto mes, su viejo profesor de la asignatura de Prueba hizo una llamada a su buen amigo en Sheafe International. Excelente estudiante del programa nocturno… poca cosa a primera vista, pero ambiciosa… igual que Joey el día eri que su padre la dejó. Aquéllas fueron las palabras mágicas. Un currículo enviado por fax más tarde, Noreen tenía un trabajo y Joey tenía su flamante ayudante.