– ¿Si pudiese ayudarte, qué estarías buscando? -preguntó Fudge-. ¿Datos de clientes?
– Sí… pero también necesito controles sobre dos cuentas.
– Oh, oh, aquí estamos hablando de un montón de pasta…
– Si no puedes con ello -advirtió Joey.
– Puedo con ello perfectamente. Conozco a una secretaria en el Departamento de Fraudes que sigue resentida por un comentario ofensivo que escuchó durante una fiesta de la oficina con…
– ¡Fudge! -le interrumpió Joey; no quería saber nada sobre la fuente. De acuerdo, rebajaba a la abogada que había en ella, pero no tenía otra alternativa. Otra persona hace el trabajo sucio; ella consigue el producto final. Siempre que ella ignore de dónde procede la información, puede eliminar cualquier responsabilidad. Por otra parte, aunque se trate de una trampa legal, a la CIA le ha dado resultado durante años.
– Cien por los datos. Uno de los grandes por los oídos -dijo Fudge-. ¿Alguna otra cosa?
– Compañía de teléfonos. Números que no figuran en el listín y tal vez pinchar algunas líneas.
– ¿En qué estado?
Joey sacudió la cabeza.
– ¿Dónde encuentras a esa gente?
– Cariño, entra en cualquier chat del mundo y teclea las palabras: «¿Quién odia su trabajo?» Cuando veas que te llega un correo electrónico con el remitente AT &T.com, ya sabes a quién debes escribirle -dijo Fudge-. Piensa en ello la próxima vez que te comportes como una imbécil con un mensajero.
– ¿Qué es esto? -preguntó DeSanctis. Examinaba un documento de dos páginas inclinado sobre el capó de su Chevy.
– Es un sobre de correos -dijo Gallo, ahuecando las manos y soplando dentro de ellas para calentarlas-. Lo llevas a las estafetas y ellos…
– … cogerán la correspondencia de Oliver y Charlie y foto- copiarán las señas de todos los remitentes -le interrumpió DeSanctis-. Sé cómo funciona.
– Bien… entonces también sabrás a quién entregárselo en la estafeta. Cuando hayas terminado, busca la orden de registro para el apartamento de Oliver. Todavía tengo que hacer otra parada.
– ¿Qué es esto? -preguntó la mujer hispana que llevaba el suéter azul oscuro de los empleados de correos.
– Es un regalo de agradecimiento -dijo Joey mientras extendía un billete de cien dólares.
La mujer, instalada entre dos tambaleantes estanterías metálicas llenas de pilas de cartas sujetas con gomas, se inclinó fuera de su cubículo provisional y examinó la amplia sala trasera. Como cualquier zona de distribución de la mayoría de las estafetas, era un hormiguero humano de actividad: en todas direcciones se dejaban caer bolsas con envíos postales que eran separados y clasificados. Convencida de que nadie estaba mirando, la mujer examinó el billete de cien dólares en la mano de Joey.
– ¿Es policía?
– Detective privada -dijo Joey, aplicando la dosis justa de calma de abogada para que la mujer no se pusiera nerviosa. Odiaba tener que hacer estas cosas, pero como había dicho Fudge, cuando se trataba del correo, la escala era demasiado grande. Si querías dibujar un auténtico perfil, y necesitabas todos los remitentes, tenías que ir personalmente y encontrar al cartero local-. Privada y deseosa de pagar -le aclaró.
– Déjelo caer al suelo -dijo la mujer.
Joey dudó, miró a su alrededor buscando cámaras en los rincones de la sala.
– Sólo déjelo caer -repitió la mujer-. No le hará daño a nadie.
Joey bajó el brazo y dejó caer el billete, que aterrizó suavemente en el suelo. Entonces la mujer dio un paso adelante y lo cubrió con el pie.
– ¿En qué puedo ayudarla?
Joey sacó una hoja de papel de su bolso.
– Sólo un pequeño trabajo de fotocopias de unos amigos de Brooklyn.
– ¿Qué quieres decir con que se ha ido? -gruñó Gallo en su móvil mientras pulsaba el botón del cuarto piso en el ascensor. Se produjo una fuerte sacudida y el viejo ascensor se puso lentamente en movimiento.
– Ido… como en «ya no está aquí» -contestó DeSanctis-. Alguien ha estado revolviendo la basura y los contenedores de reciclado están en el bordillo, completamente limpios.
– Tal vez ya lo han recogido. ¿Qué día recogen el material para reciclar?
– Mañana -dijo DeSanctis secamente-. Te digo que ella ha estado aquí. Y si deduce cómo pensamos…
– No seas imbécil. Sólo porque haya robado la basura de Oliver no significa que sepa lo que está pasando. -Las puertas del ascensor se abrieron y Gallo siguió el alfabeto hasta el apartamento 4D-. Además, en el gran esquema de las cosas, estamos a punto de conseguir algo mucho mejor que periódicos viejos y correspondencia inservible…
– ¿De qué estás hablando?
Gallo llamó al timbre y no contestó.
– ¿Quién es? -preguntó una suave voz femenina.
– Servicio secreto de Estados Unidos -dijo Gallo, levantando su placa para que pudiesen verla a través de la mirilla.
Hubo un momento de silencio… luego se oyó el ruido de cerraduras que se abrían. La puerta se abrió lentamente con un chirrido y apareció una mujer corpulenta que llevaba una chaqueta de lana amarilla. Se quitó dos alfileres de la boca y los clavó en un alfiletero que llevaba sujeto a la muñeca izquierda.
– ¿En qué puedo ayudarle? -preguntó Maggie Caruso.
– En realidad, señora Caruso, se trata de sus hijos…
Ella abrió la boca y sus hombros se hundieron.
– ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentran bien?
– Por supuesto que se encuentran bien -prometió Gallo, poniendo una mano sobre su hombro-. Es sólo que se han metido en un pequeño problema en el trabajo, y bueno… esperábamos que usted pudiese venir al centro y contestar algunas preguntas.
Maggie dudó instintivamente. En ese momento comenzó a sonar el teléfono én la cocina, pero no contestó.
– Le prometo que no se trata de nada grave, señora Caruso. Sólo pensamos que usted quizá pudiera ayudarnos a aclarar todo este asunto. Ya sabe… por los chicos.
– Por-por su-supuesto… -tartamudeó-. Iré a buscar el bolso.
Mientras observaba cómo se alejaba hacia el interior del apartamento, Gallo entró y cerró la puerta. Como siempre le habían enseñado, si quieres que las ratas salgan corriendo, tienes que empezar por meterte en su ratonera.
21
– ¿Estás seguro? -pregunta Charlie.
– Es lo que pone aquí -digo. Vuelvo a comprobar la dirección y luego miro los números pegados al sucio cristal de la puerta: 405 Amsterdam. Apartamento 2B. Última dirección conocida de Duckworth.
– No. Imposible -insiste Charlie.
– ¿Por qué? ¿Qué pasa?
– Abre los ojos, Ollie. Este tío tenía trescientos millones de dólares en un banco privado. Esto debería ser un edificio de apartamentos de lujo en el Upper West Side con un portero que te mira por encima del hombro. ¿Y, en cambio, está viviendo en un patético apartamento de soltero encima de un restaurante indio de dudosa calidad y una lavandería china con máquinas automáticas? Olvida los trescientos millones… esto ni siquiera son trescientos mil.
– A veces las apariencias engañan -replico.
– Sí, ¿como cuando tres millones se convierten en trescientos?
Ignoro el comentario y señalo el botón del apartamento 2B, que no lleva ningún nombre.
– ¿Llamo o no?
– Pues claro… ¿qué podemos perder?
No es una pregunta que en este momento pueda responder. El cielo gris comienza a oscurecerse. En un par de horas mamá comenzará a sentir pánico. A menos, naturalmente, que el Servicio ya se haya puesto en contacto con ella.
Pulso el timbre.
– ¿Sí? -responde la voz de un hombre.