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– ¿Ellos? -pregunto ansiosamente-. ¿Quiénes son ellos?

El hombre da media vuelta y se aleja.

– Feliz Navidad…

Un timbre comienza a sonar en la enorme sala. Una alarma. Un segundo más tarde, la cinta transportadora comienza a zumbar. Nuestro equipaje finalmente está aquí.

Conteniendo el aliento, miro al mozo de cuerda que lleva su carrito hasta la cinta transportadora. A su alrededor se colocan los pasajeros que han llegado conmigo en el avión. Un universitario con una camiseta que lleva escrito «El capitalismo se tambalea». Un abogado con una mancha de tinta en el bolsillo superior del traje. Una mujer de expresión airada y un falso bronceado de Nueva York. Juro que todos alzan la vista y me estudian.

Miro la nota que me tiembla en las manos. ¿Qué coño está pasando? Teníamos un plan: entrar y salir juntos. No es posible que se haya marchado solo… no a menos que alguien le haya obligado a…

Siento un enorme vacío en el pecho. Corro hacia la puerta más próxima, pasando a través de la multitud, pero en el momento en que salgo me golpea una ola de calor de Florida que llega directamente a mis pulmones. Mientras un charco de sudor me empapa la espalda, caigo en la cuenta de que aún llevo puesto el abrigo. Echo los brazos hacia atrás y lucho como un poseso para quitármelo. Sólo quiero encontrar a Charlie.

Alguien me coge del hombro por detrás. Cierro el puño, dispuesto a girarme y golpear. Entonces oigo la voz.

– ¿Estás bien, Ajab? -pregunta Charlie.

Me vuelvo para comprobarlo personalmente. Allí está él, hoyuelos en las mejillas y una sonrisa de cachorro juguetón. No sé si abrazarle o asesinarle, de modo que me limito a sacudirle por el hombro.

– ¿Qué coño…? -Una mujer nos mira desde la parada de taxis y bajo la voz hasta convertirla en un susurro-. ¿Qué coño pasa contigo? ¿Dónde te habías metido?

– ¿No recibiste mi nota? -susurra él a su vez.

– O sea que tú… -Le llevo hacia un lado, más allá de la cola de gente que espera un taxi para que nadie pueda oírnos-. ¿No recuerdas lo que nos dijo Oz? ¡No hablar con nadie! ¡Eso incluye a los mozos de cuerda! -siseo.

– Bueno, no te pongas así, pero se trataba de una emergencia.

– ¿Qué clase de emergencia?

Alza la vista pero no contesta.

– ¿Qué? -pregunto-. ¿Qué has hecho?

No hay respuesta.

– Joder, Charlie, no habrás…

– No quiero hablar de ello, Oliver.

– La has llamado, ¿verdad?

El tono de su voz es tan bajo que casi se desvanece.

– No debes preocuparte por eso, lo tengo todo controlado.

– ¡Dijimos que no la llamaríamos! -insisto.

– Ella es nuestra madre, Ollie y, lo que es más importante, uno de nosotros aún vive con ella. Si no le daba noticias nuestras hubiese sufrido un infarto.

– De acuerdo, ¿y qué crees que le angustiará más, no saber nada de nosotros durante un par de noches o tener que organizar nuestros funerales después de que los tíos del servicio secreto nos cojan y nos entierren? Estarán controlando todas las llamadas.

– ¿De verdad? No se me había ocurrido pensar en ello… a pesar de que es algo que se puede ver en todas las películas que se han hecho sobre fugitivos. -Dejando a un lado el sarcasmo, añade-. ¿Quieres hacer el favor de confiar en mí aunque sólo sea por una vez? Créeme, lo he hecho muy bien. Quienquiera que estuviese escuchando… no habrá oído ni una sola palabra.

32

– ¿Cómo vamos? -preguntó Gallo.

– Sólo necesito un segundo -dijo DeSanctis desde el asiento del acompañante. En su regazo, sus dedos se movían sobre el teclado de lo que parecía un ordenador portátil estándar. Un examen más profundo, sin embargo, revelaba que las únicas teclas activas eran los números alineados en la parte superior del teclado, que DeSanctis utilizaba para ajustar el receptor que estaba perfectamente oculto en su interior. Era como sintonizar un aparato de radio: encuentre la frecuencia adecuada y escuchará su canción favorita. Buscando y pulsando a lo largo de la fila, tecleó los números que le habían dado los tíos de la División de Seguridad Técnica: 3.8 gigahertz… 4.3 gigahertz… Cuanto más cerca estuviesen de las frecuencias de microondas, más difícil les resultaría interceptarlas a los tíos de fuera. Añade un código a una señal de frecuencia alterna y les resultará prácticamente imposible. Con la señal moviéndose permanentemente a través del dial, ahora era una estación de radio fabricada para dos.

DeSanctis pulsó los dígitos finales. En la pantalla, una pequeña ventana cobró vida en la esquina inferior izquierda. A medida que aparecía progresivamente y los colores se volvían más nítidos, ambos tuvieron una perfecta imagen digital de Maggie Caruso inclinada sobre la mesa baja que había en el centro de la sala de estar, como si estuviese a punto de vomitar sobre ella. Sus puños crispados frotaban la superficie de madera. Las piernas cedieron y cayó de rodillas en el suelo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Gallo-. ¿Está enferma?

– Es sólo un momento… -DeSanctis marcó un número final y la voz de la señora Caruso resonó en los altavoces incorporados.

– …cias… gracias, Dios mío! -exclamó mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Agitó la cabeza y esbozó una dolorosa pero inconfundible sonrisa-. Cuida de ellos… por favor, cuida de ellos…

– ¿Qué coño está pasando? -vociferó Gallo.

DeSanctis abrió la boca.

– ¡La han llamado! -dijo Gallo-. ¡Esos cabrones acaban de llamarla!

Manipulando furiosamente el teclado, DeSanctis abrió otra ventana en el ordenador portátil. «Caruso, Margaret – Plataforma: telefonía.»

– ¡Eso es imposible! -dijo DeSanctis, leyendo la pantalla-, Lo tengo todo aquí, está en blanco, no ha llegado nada; no ha salido nada.

– ¿Fax? ¿Correo electrónico?

– No para la costurera. Ni siquiera tiene ordenador.

– Tal vez los hermanos llamaron a la casa de uno de los vecinos.

DeSanctis señaló la imagen de vídeo que aparecía en la pantalla. En el fondo, detrás de la señora Caruso, se veía claramente la puerta del apartamento.

– Los técnicos estuvieron vigilando desde que llegamos aquí. Incluso teniendo en cuenta los dos minutos que llevó montar esto, hubiésemos visto a alguien entrando y saliendo…

– ¿Entonces cómo coño consiguieron comunicarse con ella?

– No tengo ni idea… tal vez…

– ¡No quiero ningún tal vez! ¡No es momento de adivinanzas! -gritó Gallo-. ¡Está claro que esa mujer tiene algo que le permite hablar con sus hijos; no me importa si un vecino está transmitiendo en código Morse a través del radiador, quiero saber qué es!

«¡Está claro que esa mujer tiene algo que le permite hablar con sus hijos; no me importa si un vecino está transmitiendo en código Morse a través del radiador, quiero saber qué es!»Mirando calle arriba hacia el coche de Gallo y DeSanctis, Joey se apoyó en el asiento y bajó el volumen de su receptor portátil. Aunque sólo fuera un único micrófono instalado en una luz cenital había hecho un excelente trabajo.

Levantó la tapa del ordenador portátil que tenía sobre el regazo y abrió las fotografías de las oficinas que había descargado de su cámara digital. Las oficinas de Oliver, Charlie, Shep, Lapidus, Quincy y Mary. Seis en total, más las áreas comunes. Estudió las habitaciones una a una, examinando todos los detalles. La reproducción barata de una lámpara de banquero sobre el escritorio de Oliver… el póster de la Rana Kermit en el cubículo que ocupaba Charlie… las fotografías en la pared de Shep… incluso la ausencia de objetos personales en el escritorio de Lapidus.

– Parece que tenías razón -la voz de Noreen interrumpió a través del auricular-. Han llamado a mamá.

– Sí… supongo.

Noreen conocía perfectamente ese tono en su jefa.

– ¿Qué ocurre?