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– Nada -dijo Joey mientras pasaba las fotografías que tenía en el ordenador-. Es sólo que… si Gallo y DeSanctis están llevando este asunto como una verdadera caza del hombre, ¿por qué son las dos únicas personas que se encargan de la vigilancia?

– ¿Qué quieres decir?

– Es una cuestión de protocolo, Noreen. El FBI puede meter la pata, pero cuando se trata de vigilancia, el servicio secreto es el mejor. Cuando vigilan una casa, envían a cuatro personas como mínimo. ¿Por qué, de pronto, sólo hay dos tíos sentados en un coche?

– ¿Quién sabe? Tal vez están escasos de personal… o se han extralimitado en el presupuesto… tal vez el resto llegue mañana…

– O tal vez no quieren que haya nadie más -dijo Joey.

– Venga, ya, ¿realmente lo crees?

Joey dejó de pensar. Podía oír a Gallo y DeSanctis discutiendo a través del receptor.

– Cuando mataron a Shep, perdieron a un ex agente -señaló Noreen-. Diez pavos a que ésa es la razón de que lo consideren una cuestión personal.

– Espero que tengas razón -dijo Joey, apagando el receptor-. Pero si yo fuese Charlie y Oliver, estaría rezando para que fuésemos nosotros quienes les encontrásemos primero.

33

Acostado sobre el estómago y ocultándome del sol de la mañana, abrazo la almohada como si fuese mi mejor amiga y me niego a abrir los ojos. El cubrecama es tan confortable como un saco de picaportes, pero no tan malo como el camión de la basura de la calle, que rasca mis tímpanos como si fuese vidrio molido.

– ¡Limpio! -grita uno de los basureros mientras el camión se agita calle arriba.

Me doy vuelta en la cama. Tengo el brazo izquierdo completamente dormido. Y mientras parpadeo ante la luz del día… por una décima de segundo… no tengo ni idea de dónde estoy. Es entonces cuando abro los ojos.

Alfombra vulgar color marrón claro. Olor a insecticida rancio. Suelo de vinilo en la inmunda pequeña cocina. Mierda. La sola visión del lugar revive toda la historia. Shep… el dinero… Duckworth. Esperaba que todo hubiese sido una pesadilla. No lo es. Es nuestra vida.

Junto a mí, Charlie sigue durmiendo, acurrucado junto a su almohada y feliz en su charco de babas. Le subo la manta andrajosa hasta la barbilla, me levanto y voy a la ducha.

Diez minutos después es el turno de Charlie.

– ¡Charlie! ¡Arriba! -grito desde el baño.

No hay respuesta.

– ¡Vamos, Charlie! ¡Levántate!

Se encoge de hombros y finalmente se da la vuelta. Se frota los ojos y él tampoco recuerda dónde se encuentra. Luego echa un vistazo a su alrededor y comprende que ambos estamos en la misma pesadilla.

– Mierda -murmura.

– No hay agua caliente -le digo, secando mi pelo Johnny Cash con un puñado de toallas de papel.

– Me aseguraré de dejar una nota en el buzón de sugerencias del casero.

En Nueva York lo llaman estudio. Aquí es un apartamento de una habitación con una pequeña cocina. Para mí es una ratonera. Pero anoche, cuando buscábamos por todo el vecindario a las dos de la mañana, era exactamente lo que necesitábamos: situado en una calle lateral, un cartel de «Se alquila» en el frente y una luz encendida en el apartamento que decía «Encargado». En cualquier otra parte hubiesen sospechado de nosotros y llamado de inmediato a la policía. Pero en las afueras de la nada elegante South Beach de Miami, somos el negocio habitual. Entre los traficantes de droga y los inmigrantes ilegales, están acostumbrados a clientes que aparecen a las dos de la mañana.

– Vamos, hay que ponerse en marcha -digo, poniéndome unos calzoncillos limpios-. Quiero llegar temprano.

Charlie se sienta en la cama y pone los ojos en blanco.

– ¿Alguna otra novedad?

Regreso a la habitación principal y acabo de vestirme. Fuera brilla el sol, pero apenas si podemos verlo a través de los papeles que cubren las ventanas. Anoche, en la oscuridad, Charlie pensó que eran persianas verticales rotas. Hoy vemos la cruda realidad. Páginas arrancadas de un calendario gratuito de Budweiser con chicas en bikini aseguradas con celo a cada una de las ventanas. Quienquiera que haya estado aquí antes que nosotros no quería ser visto. Nosotros tampoco. El calendario se queda donde está.

– Vamos, Charlie… ha llegado la hora -digo, al tiempo que regreso al baño. Abro la ducha. Eso es lo que mamá acostumbraba a hacer para ponernos en marcha.

– Esos trucos ya no funcionan -me advierte.

Diez minutos más tarde, él también se seca con las toallas de papel y se pone unos calzoncillos limpios.

– ¿Todo listo? -pregunto.

– Casi… -Coge la bolsa de gimnasia y busca algo en su interior.

– ¿Qué estás buscando? -pregunto, aunque conozco la respuesta. La caja metálica que guarda el arma de Gallo.

– Nada -dice Charlie, hundiendo aún más la mano en la bolsa. Incapaz de encontrarla, comienza a sacar la ropa de la bolsa. En pocos segundos, la bolsa queda vacía-. Ollie… la caja… no está aquí…

– Relájate -digo. Mira por encima del hombro y yo me levanto el borde de la camisa que llevo por fuera del pantalón. Tengo la pistola metida en la cintura del pantalón.

– ¿Desde cuándo tú…?

– ¿Podemos irnos ya? -le interrumpo.

Charlie levanta la cabeza ante mi tono de voz.

– Déjame adivinarlo -dice-. Hay un nuevo sheriff en la ciudad.

No me molesto en contestar. Me vuelvo y salgo de la habitación. Charlie me sigue a pocos pasos. Preparado o no, Duckworth… allá vamos.

– ¿Qué haces? -pregunta Charlie, persiguiéndome cuando giro bruscamente a la derecha en la calle Seis y aprieto el paso. Justo delante de nosotros, turistas de vacaciones que se han levantado temprano y habitantes locales que llegan tarde al trabajo se cruzan en la avenida Washington. Aquí, en las calles laterales, estamos seguros. Media manzana más arriba quedaremos expuestos. Ni siquiera Charlie está dispuesto a correr ese riesgo, razón por la que me coge de la parte posterior de la camisa y me obliga a frenar-. ¿Estás mal de la cabeza? -pregunta-. Pensé que iríamos a ver a Duckwor…?

– No lo digas -le interrumpo, estudiando la calle-. Confía en mí, esto es igualmente importante para nosotros.

Liberándome de su brazo me acerco hasta la esquina, donde hay una larga fila de máquinas expendedoras de periódicos. Miami Herald, USA Today… y el que yo estoy buscando, el New York Times. Introduzco cuatro monedas en la ranura, bajo la puerta y saco uno de los ejemplares de la mitad de la pila.

– ¿Por qué nunca coges el que está arriba? -pregunta Charlie.

Ignoro la pregunta del hermano pequeño, cojo mi periódico de en medio.

– No, tienes toda la razón -continúa-. El primero tiene piojos.

Cuando la puerta de la máquina vuelve a cerrarse, Charlie sacude la cabeza.

– Vamos -digo y echo a andar rápidamente por la calle Seis en dirección contraria. Mientras caminamos, abro el periódico y examino la sección principal.

– ¿Salimos nosotros? -pregunta Charlie.

Continúo leyendo, buscando cualquier referencia a los sucesos del día anterior. Ni dinero, ni malversación, ni asesinato. Para ser sincero, no me sorprende. Lapidus mantiene la situación controlada para que no haya filtraciones a la prensa. No obstante, algunas cosas suceden todos los días. Hago un alto en la calle lateral y busco otra sección del periódico: Necrológicas.

– Déjame echar un vistazo -dice Charlie, colocándose a mi lado.

Instalados debajo de una palmera seca, sostengo la mitad izquierda del periódico, Charlie sostiene la mitad derecha. Los dos buscamos por orden alfabético. La mayoría de las veces, yo leo y él hojea. Hoy es a la inversa.

– Graves, Shepard… 37… de Brooklyn… Vicepresidente de Seguridad… Greene & Greene… esposa, Sherry… madre, Bonnie… hermana, Claire… el oficio fúnebre será anunciado…