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– No sabía que estuviese casado -dice Charlie, ya perdido en la vida de Shep. Pero cuando sigue leyendo…-. Esos cabrones revisionistas -exclama-. Ni siquiera dicen que estuvo en el Servicio.

– Charlie…

– ¡Nada de Charlie! ¡Tú no le conocías, Ollie… ésa era su vida!

– No estoy diciendo que no lo fuese, ¡sólo te pido que por una vez en tu vida prestes atención! No se trata del resumen que han hecho de su vida… sino de lo que falta en ese retrato. -Me contengo y bajo la voz hasta convertirla casi en un susurro-. ¿Desaparecen trescientos millones de dólares y ni siquiera hay una mención en las columnas de cotilleos? ¿Un agente del servicio secreto de Estados Unidos muere acribillado a balazos y nadie informa de ese hecho? ¿No te das cuenta de lo que están haciendo? Para estos tíos, una necrológica falsa es la parte fácil del asunto. Cualquier cosa que digan, la gente lo creerá. Y lo que realmente sucedió… está borrado. Y eso es lo que harán con nosotros, Charlie. Agitan la pantalla mágica y todo el dibujo desaparece. Luego escriben lo que quieren. «Sospechosos encontrados con millones… la investigación apunta hacia el asesinato.» Esa es la nueva realidad, Charlie. Y para cuando hayan acabado de garabatear la noticia, no habrá forma alguna de que podamos cambiarla.

Miro a Charlie y espero a que mis palabras penetren en su cerebro. Exactamente en el mismo momento, ambos echamos a andar hacia la calle Diez. La casa de Duckworth se encuentra a pocas manzanas.

Con trescientos millones de dólares en su cuenta y el retiro cerca, Marty Duckworth podría haber elegido cualquier cosa. Yo imaginaba una casa estilo art decó. Charlie se inclinaba por un bungalow mediterráneo. Si hubiese sido un concurso, ninguno podría haber estado más equivocado.

– No lo puedo creer -dice Charlie, contemplando desde el otro lado de la calle la deteriorada construcción de los años sesenta de una sola planta. Golpeada por el clima y cubierta con una pintura rosa claro descascarada en muchos sitios, la casa conoció tiempos mucho mejores.

– Es la dirección correcta -confirmo, mientras lo compruebo por tercera o cuarta vez.

Charlie asiente, pero no dice nada. Después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí… ésta es la casa.

– Tal vez deberíamos volver más tarde -sugiere.

– ¿Volver más tarde? Charlie, éste es el tío que tiene todas las respuestas. Vamos, todo lo que tenemos que hacer es llamar al timbre… -Me alejo del bordillo y cruzo la calle. Al ver que Charlie no me sigue, me detengo a medio camino y miro por encima del hombro-. ¿Estás bien?

– Por supuesto -dice. Pero no cruza la calle.

– ¿Seguro?

Esta vez tarda un poco más en responder. A Charlie no le gusta que yo tenga miedo… y detesta tenerlo.

– Estoy bien -insiste-. Llama al timbre.

Paso junto a los arbustos crecidos en exceso y a un Volkswagen azul clásico que está aparcado en el frente de la casa, recorro el camino particular, abro la puerta mosquitera oxidada por la humedad y pulso el timbre con un dedo tembloroso.

No hay respuesta.

Vuelvo a llamar; me apoyo en la puerta y trato de parecer relajado.

Tampoco hay respuesta.

Me pongo de puntillas, estiro el cuello, haciendo un esfuerzo por echar un vistazo a través del cristal en forma de diamante que hay en la parte superior de la puerta.

– ¿Qué hay dentro? -pregunta Charlie.

Aprieto la nariz contra el polen que cubre el cristal, tratando de mejorar mi visión del interior de la casa… y entonces desde dentro… los cerrojos se abren. El pomo de la puerta gira. Doy un brinco hacia atrás. Ya es demasiado tarde.

– ¿Puedo ayudarle? -me pregunta una mujer joven, abriendo la puerta. Tiene el pelo negro y rizado, labios finos y una nariz pequeña y respingona. Mis ojos se desvían inmediatamente hacia los vaqueros desteñidos y la parte superior de un bikini blanco.

– Lo siento -comienzo a decir-. No intentaba… sólo estamos buscando a un amigo.

– Estamos tratando de encontrar a Marty Duckworth -añade Charlie.

Le agradezco en silencio su ayuda mientras el lenguaje corporal de la mujer cambia perceptiblemente. El ceño se suaviza y sus hombros se relajan.

– ¿Son amigos suyos?

– Sí -contesto con cautela-. ¿Por qué?

Ella se queda un momento en silencio, eligiendo cuidadosamente las palabras.

– Marty Duckworth murió hace seis meses.

La afirmación queda suspendida en el aire y yo la miro, hipnotizado. Es casi como si esperase que el propio Duckworth apareciera de pronto y exclamase: «¡Es una broma… estoy aquí!» No es necesario decir que eso jamás ocurrió. Miro a mi alrededor, pero lo veo todo borroso. No puede ser. No después de todo este…

– ¿De modo que ha muerto realmente? -pregunta Charlie, mostrando los primeros síntomas de pánico.

– Lo siento -dice la mujer, captando su expresión-. No era mi intención…

– Está bien -dice Charlie-. Usted no podía…

– ¿Le conocía? -pregunto.

– ¿Perdón?

– A Duckworth, ¿le conocía?

– No -tartamudea-. Pero…

– ¿Cómo sabe entonces que está muerto?

– Es que… recuerdo su nombre de la escritura de propiedad -añade-. Fue una venta testamentaria.

– ¿Tiene alguna dirección? ¿Podemos ponernos en contacto con él en alguna parte?

La mujer sacude la cabeza sin saber qué decir, evidentemente abrumada por la situación. No me importa, no hemos viajado hasta aquí para no obtener respuestas.

– Lo siento -repite-. No hay ninguna dirección… está muerto.

Sus palabras no tienen sentido.

– Es imposible -le digo, y mi voz tiembla-. ¿Qué me dice de…

– Está muy afectado -dice Charlie. Se inclina y me pellizca la espalda-. Deberíamos irnos -añade con los dientes apretados. Con una sonrisa falsa dirigida a la mujer, la saluda con la mano-. Gracias otra vez por su ayuda…

– Lo siento mucho -dice ella mientras nos alejamos-. Lamento su pérdida.

– Sí -contesta Charlie mientras me empuja calle arriba-. Ya somos tres.

– ¿Qué pasa contigo? -me pregunta Charlie mientras atravesamos nuestro pequeño patio. Pasa por encima de la manguera tendida sobre la hierba y del aspersor que está rociando todo lo que abarca la vista. Después de comprobar que no hay moros en la costa, se dirige en línea recta hacia nuestro nuevo apartamento-. ¿Por qué la has acosado de ese modo?

– Es posible que esa mujer supiera algo.

– ¿Estás realmente tan alucinado? -pregunta Charlie, metiéndose en el apartamento. Me observa con expresión preocupada mientras paseo entre la sala de estar y la diminuta cocina-. ¿Acaso no viste su reacción, Ollie… esa mujer estaba abrumada. Avance informativo de las once: Duckworth ha muerto. Fin de la historia.

– No puede ser -insisto. Mientras pronuncio esas palabras, puedo oír mi propio tartamudeo.

Charlie también lo percibe.

– Ollie, sé que tú siempre tuviste mucho más que perder, pero…

– ¿Y si se nos ha pasado algo por alto?

– ¿Qué podríamos haber pasado por alto? En Nueva York nos dijeron que había muerto… viajamos hasta aquí para comprobarlo personalmente… y ella nos dice exactamente lo mismo. Duckworth está muerto, hermano. El espectáculo ha terminado, es hora de buscar un nuevo batería.

Sin dejar de caminar arriba y abajo, clavo la mirada en el suelo.

– Tal vez deberíamos volver a hablar con ella…

– Ollie…

– Duckworth podría estar escondido en otra parte…

– ¿Me estás escuchando? ¡Ese hombre está muerto!

– ¡No digas eso! -estallo.

– ¡Entonces deja de comportarte como un lunático! -grita Charlie a su vez-. ¡El mundo no se acaba en Marty Duckworth!

– ¿Crees que se trata solamente de eso? ¿De Marty Duckworth? ¡Me importa una mierda Marty Duckworth… yo quiero recuperar mi vida! Quiero mi apartamento, y mi trabajo, y mi ropa, y mi viejo pelo… -Cojo un mechón de pelos negros de la parte posterior de la cabeza-. ¡Quiero recuperar mi vida, Charlie! Y, a menos que descubramos qué está pasando, Gallo y DeSanctis van a…