Algo impacta con fuerza contra la ventana. Ambos nos agachamos. El ruido sigue, algo golpea de forma intermitente contra el cristal como si alguien quisiera entrar por la fuerza. Alzo la vista para ver quién, pero lo único que hay es un dibujo de agua en forma de estrella que se desliza por el cristal. El aspersor… es sólo el aspersor del jardín.
– Alguien ha debido de tropezar con la manguera… -dice Charlie.
No pienso correr ningún riesgo.
– Echa un vistazo -insisto.
Yo corro hacia la pequeña ventana que hay en la cocina; Charlie se acerca a la que hay junto a la puerta. El aspersor sigue acribillando el cristal. Desgarro un trozo del calendario y miro hacia afuera… justo en el momento en que una figura borrosa se oculta rápidamente debajo del antepecho de la ventana. Doy un brinco hacia atrás y estoy a punto de caer al suelo.
– ¿Qué? ¿Qué sucede? -pregunta Charlie.
– ¡Fuera hay alguien!
– ¿Estás seguro?
– ¡Acabo de verle!
Charlie retrocede tambaleándose y hace todo lo posible por ocultar el miedo, pero ni siquiera él es tan bueno.
– ¿Tienes la…?
– Aquí mismo -contesto, sacando la pistola que llevo oculta debajo de la camisa. Le quito el seguro y deslizo un dedo sobre el gatillo.
Agazapado en la cocina, Charlie revisa los cajones buscando una arma. Cuchillos, tijeras, cualquier cosa. De arriba abajo, abre todos los'cäjones. Vacío. Vacío. Vacío. El último se desliza hacia fuera y Charlie abre los ojos como platos. En su interior hay un machete oxidado, partido por la mitad para que encaje perfectamente en el cajón.
– Benditos sean los camellos -dice, sacando la hoja oxidada.
Cuando se levanta, le sigo a través de la habitación principal en dirección al baño. Exactamente como lo calculamos anoche. Estos apartamentos pueden ser demasiado pequeños para contar con una puerta trasera… pero siguen teniendo ventanas traseras. Parado encima del váter, Charlie abre la ventana y rompe la mosquitera de un golpe. Salto encima del váter y me coloco junto a él.
– Tú primero -dice Charlie, uniendo las manos para impulsarme hacia arriba.
– No, tú.
No se moverá.
– Charlie…
El tono de voz y la mirada autoritaria son de mamá. Él sabe que han sido fijados desde el nacimiento: protege a tu hermano pequeño.
Comprendiendo que se trata de una pelea que nunca podrá ganar, lanza el machete por la ventana y se impulsa sobre mis manos. Arriba y afuera… desaparece en un segundo. Otro aterrizaje perfecto. Le sigo, aunque casi me mato al caer al suelo.
– ¿Preparado para echar a correr? -me pregunta, comprobando nuevamente el estrecho callejón de cemento creado por el edificio que linda con el nuestro por su parte posterior. A nuestra izquierda hay una puerta giratoria de metal que conduce a la calle; a nuestra derecha se abre un sendero que serpentea alrededor del patio principal, justo donde ellos se ocultan. Nos miramos y comenzamos a arrastrarnos hacia la puerta de metal… y descubrimos la cadena y el candado que la mantienen bien cerrada.
– Mierda -susurra Charlie, golpeando el candado.
Hago una seña con la pistola. «Puedo abrirla de un disparo.»Charlie sacude la cabeza. «¿Estás loco? ¡Nos oirían!» Sin pensarlo dos veces se dirige hacia el otro extremo del callejón y yo le cojo del brazo.
– Vas directamente hacia ellos -susurro.
– No si ya han entrado… además, ¿se te ocurre otra forma de huir de aquí?
Miro a mi alrededor, pero no se puede discutir con lo imposible.
«Vamos» me indica Charlie. Echa a correr por el callejón pisando en las zonas de hierba para no hacer ruido. Al llegar al final del edificio, se detiene y se vuelve hacia mí. «¿Preparado?»Asiento y Charlie da rápidamente la vuelta a la esquina. «Todo despejado», señala, haciendo señas de que me acerque.
Como si fuésemos ladrones en nuestro propio patio, nos deslizamos por la parte trasera del edificio, agachándonos debajo de los antepechos de las ventanas. A la vuelta de la siguiente esquina es donde le vimos. Puedo oír el chorro del aspersor que continúa mojando la ventana. El sonido ahoga nuestros pasos… y los de quienquiera que nos esté esperando.
– Déjame ir primero -digo.
Charlie sacude la cabeza y me empuja hacia atrás. Está harto de permitirme hacer el papel de protector. No me importa. Apretándome contra él, examino el terreno en busca de sombras dispersas y asomo lentamente la cabeza. Hay una cuerda de saltar sobre la hierba, justo al lado de una pelota de playa deshinchada. Examino el lugar de árbol a árbol, pero apenas puedo oír mis pensamientos. El aspersor sigue regando la ventana. Charlie respira agitadamente a mi lado. No hay nadie a la vista, pero no puedo sacudirme la sensación de que hay algo que no está bien. Sin embargo, no tenemos alternativa. Es la única salida. Charlie lame una película de sudor que se ha formado en su labio superior y levanta el puño. Contando con los dedos, hace una seña en mi dirección. «Uno… dos…»Abandonamos nuestro escondite a toda velocidad, agachándonos al pasar junto al aspersor. El corazón me golpea las costillas… lo único que veo es la calle… ya casi hemos llegado… la puerta de metal está a pocos pasos…
– ¿Adónde vas, Cenicienta… llegas tarde al baile? -pregunta una voz desde la escalera de entrada a nuestro apartamento.
Nos paramos en seco y nos volvemos. Levanto la pistola; Charlie hace lo propio con el machete oxidado.
– Tranquilos, vaqueros -dice ella, levantando las manos.
Olvídate del Servicio. Es la mujer que estaba en la casa de Duckworth.
– ¿Qué está haciendo aquí? -pregunta Charlie.
Ella no contesta. Sus ojos no se apartan de mi pistola.
– ¿Quieren decirme quiénes son realmente? -pregunta.
– Esto no tiene nada que ver con usted -le advierto.
– ¿Por qué han preguntado por él?
– ¿Entonces conoce a Duckworth? -pregunto.
– Les he hecho una pregunta…
– Yo también -replico. Muevo la pistola para atraer su atención. Ella no nos conoce lo suficiente como para decidir si se trata de un farol.
– ¿Cómo le conoció? -pregunta Charlie. Ella baja las manos, pero no deja de mirarme. -¿Realmente no lo saben? -pregunta-. Marty Duckworth era mi padre.
34
Maggie Caruso nunca había dormido bien. Incluso cuando las cosas iban bien -durante su luna de miel en los Poconos- Maggie tenía problemas para reunir cinco horas de sueño ininterrumpido. Cuando se hizo mayor -cuando las compañías de las tarjetas de crédito comenzaron a llamarla a finales de mes- se consideraba afortunada si conseguía dormir tres horas. Y anoche, con sus hijos ausentes, permaneció sentada en la cama, aferrada a las sábanas, y apenas si consiguió dormir un par de horas… que era exactamente lo que Gallo había calculado antes de ir a buscarla esa mañana.
– Pensé que le gustaría un poco de café -dijo Gallo cuando entró en la sala de interrogatorios de un blanco brillante. A diferencia del día anterior, DeSanctis no estaba con él. Hoy era solamente Gallo, con su habitual traje gris que le sentaba fatal y una sonrisa sorprendentemente cálida. Le alcanzó el café a Maggie con las dos manos-. Cuidado, está caliente -dijo; parecía realmente preocupado.
– Gracias -contestó Maggie, mientras lo observaba atentamente y estudiaba su nueva actitud.
– ¿Cómo se siente? -preguntó Gallo al tiempo que acercaba una silla. Igual que el día anterior, se sentó a su lado.
– Estoy bien -dijo Maggie, esperando que fuese breve-. ¿Puedo ayudarle en algo?
– De hecho, hay una cosa que… -Gallo dejó que las palabras quedaran suspendidas en el aire. Era una táctica que había aprendido justo al entrar en el servicio secreto. Cuando se trataba de conseguir que la gente hablara, no existía mejor arma que el silencio.