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– ¿De modo que eso es todo? -preguntó Noreen.

– ¿Estás de broma? Este es sólo el primer kilómetro. ¿Cuándo ha dicho Fudge que tendríamos los detalles del teléfono y las tarjetas de crédito?

– En cualquier momento -contestó Noreen, acelerando la voz-. Ah, y hay una cosa que podrías encontrar interesante. ¿Recuerdas esa farmacia que me pediste que comprobase? Bien, llamé, dije que era de la compañía de seguros de Oliver y les pregunté si tenían alguna receta pendiente para el señor Caruso?

– ¿Y?

– No tenían nada para Oliver…

– Mierda…

– Pero tenían una para un Caruso llamado Charles.

Joey se irguió en el asiento.

– Por favor, dime que tú…

– Oh, lo siento, ¿he dicho Oliver? Quería decir Charles. Así es, Charlie Caruso.

– Maravilloso, maravilloso -canturreó Joey-. ¿Qué has encontrado?

– Bueno, tiene una receta de algo llamado mexiletine.

– ¿Mexiletine?

– Eso fue exactamente lo que yo pregunté; luego llamé al despacho del médico que había recetado ese medicamento, quien se mostró más que dispuesto a colaborar en una investigación de una compañía de seguros…

– Estás haciendo grandes progresos en este trabajo, ¿lo sabías? -dijo Joey-. ¿Y el resultado final?

– Charlie sufre una taquicardia ventricular.

– ¿Una qué?

– Una arritmia cardíaca. La padece desde los catorce años -explicó Noreen-. De ahí vienen todas las facturas del hospital. Durante todo este tiempo pensábamos que eran de su madre. No es así. Las facturas son todas de Charlie. La única razón de que estén a nombre de su madre se debe a que entonces era menor de edad. Lamentablemente para ellos, cuando Charlie sufrió el primer ataque, la operación les costó ciento diez mil dólares. Aparentemente tiene una mala conexión eléctrica en el corazón que no le permite bombear la sangre correctamente.

– ¿O sea que se trata de una afección grave?

– Sólo si no toma su medicación.

– Mierda -dijo Joey, sacudiendo la cabeza-. ¿Crees que lleva la medicación con él?

– Charlie y Oliver desaparecieron directamente desde Grand Central. No creo que llevase un par de calcetines de recambio, mucho menos su dosis diaria de mexiletine.

– ¿Y cuánto tiempo puede estar sin tomarla?

– Es difícil decirlo. El médico supone que tres o cuatro días en condiciones perfectas, salvo que se dedique a correr por ahí o se encuentre bajo una situación de estrés.

– ¿Quieres decir como salir huyendo y luchar por tu vida?

– Exactamente -dijo Noreen-. A partir de este momento, el reloj de Charlie está en marcha. Y si no le encontramos pronto, olvídate del dinero y el asesinato, porque esos serán los problemas menos importantes de ese chico.

35

– ¿Es su padre? -pregunta Charlie. -¿O sea que está vivo? -añado.

La mujer nos mira a ambos, pero sigue concentrada en mí. -Lleva muerto seis meses -dice casi con demasiada tranquilidad-. ¿Qué es lo que querían de él?

Su voz es aguda, pero fuerte, no parece intimidada en absoluto. Avanzo un par de pasos; ella permanece inmóvil.

– ¿Por qué mintió con respecto a quién era? -le pregunto. Ante nuestra sorpresa, ella sonríe divertida y frota el pie sobre la hierba. Entonces me doy cuenta de que está descalza.

– Es curioso, estaba a punto de hacerles la misma pregunta.

– Podría habernos dicho que era su hija -le acusa Charlie.

– Y ustedes podrían haber dicho por qué le buscaban.

Mordiéndome el labio inferior, reconozco una situación de tablas cuando veo una. Si queremos información, tenemos que ofrecerla.

– Walter Harvey -digo, extendiendo la mano y mi nombre falso.

– Gillian Duckworth -dice ella, estrechándola.

Al otro lado de la calle, el lechero cumple con su rutina diaria. Charlie oculta su machete detrás de la espalda y me hace señas.

– Eh… tal vez deberíamos llevar esto dentro…

– Sí… no es mala idea -digo, ocultando la pistola debajo de la camisa-. ¿Por qué no entra y toma una taza de café?

– ¿Con ustedes dos? ¿Después de haber sacado una pistola y un cuchillo de pirata? ¿Tengo aspecto de querer que mi fotografía aparezca en un envase de leche?

La mujer se da la vuelta para marcharse y Charlie me mira. «Ella es lo único que tenemos.»

– Por favor, no se vaya -digo, cogiéndola del brazo.

Ella se aparta de mí pero no levanta la voz en ningún momento.

– Me alegro de haberle conocido, Walter. Que tenga una buena vida.

– Gillian…

– Podemos explicarlo -grita Charlie.

Ella ni siquiera aminora el paso. El lechero desaparece en el apartamento de al lado. La última oportunidad. Consciente de que necesitamos la información, Charlie se lanza a tumba abierta.

– Pensamos que su padre pudo haber sido asesinado.

Gillian se para en seco y se vuelve, la cabeza erguida. Se aparta tres rizos negros de la cara.

– Concédanos sólo cinco minutos -le ruego-. Después podrá marcharse.

Arrancando una hoja del Manual de Negociaciones Obstinadas de Lapidus, me dirijo resueltamente hacia la puerta de nuestro apartamento y no le doy ninguna oportunidad de decir que no. Gillian está justo detrás de mí.

Cuando entro en nuestro apartamento espero que ella haga lina broma o al menos algún comentario sarcástico. Las paredes desnudas… las ventanas cubiertas con páginas de calendario… tiene que decir algo. Pero no lo hace. Como un gato que explora un territorio desconocido, Gillian recorre rápidamente la habitación principal. Sus brazos delgados se balancean a los lados del cuerpo; los dedos hurgan en los deshilachados bolsillos de sus vaqueros desteñidos. Le ofrezco la silla plegable junto a mí en la cocina. Charlie le ofrece el sofá. Ella se dirige hacia mí. Pero en lugar de sentarse en la silla, se impulsa con las manos hasta quedar sentada sobre la encimera blanca de formica. Sus pies descalzos cuelgan fuera del borde. Mi mirada se entretiene demasiado y Charlie se aclara la garganta. «Venga, por favor», me dice con la mirada. «Como si nunca hubieras estado en un vestuario de chicas.»Sacudo la cabeza y vuelvo a concentrarme en Gillian.

– Nos estaba contando que su padre… -comienzo a decir.

– En realidad, no les estaba contando nada -responde ella-. Sólo quiero saber por qué piensan que fue asesinado.

Miro a Charlie. «Ten cuidado», me advierte con un leve movimiento de la cabeza. Pero incluso él se da cuenta de que debemos empezar por alguna parte.

– Hasta ayer ambos vivíamos en Nueva York, trabajábamos en un banco -comienzo a decir con voz insegura-. El viernes, estábamos revisando unas cuentas antiguas…

– … y nos topamos con una a nombre de Marty Duckworth -me interrumpe Charlie, ya en pleno vuelo. Estoy a punto de interrumpirle a mi vez, pero cambio de opinión. Ambos sabemos quién miente mejor-. Por lo que sabemos, la cuenta de su padre había conocido tiempos mejores… Se trataba de una antigua cuenta abandonada en el sistema. Pero una vez que dimos con ella, y una vez que informamos del hallazgo al jefe de Seguridad del banco, bueno… ayer éramos tres los que huíamos. Hoy sólo quedamos dos.

Incapaz de acabar la historia, Charlie desvía la mirada y se queda en silencio. Aún está afectado por todo lo que nos ha sucedido. Y cuando revive lo ocurrido, es evidente que aún oye a Shep… cayendo sobre las tablas de madera. Los ojos de mi hermano lo dicen todo. «¿Dios, por qué hicimos algo tan estúpido?»Charlie mira a Gillian, que le mira fijamente. No lo había advertido antes, pero ella raramente aparta la vista. Siempre está mirando. Sus ojos se encuentran y, sólo entonces, ella parece ceder. Sus pies ya no se balancean. Está sentada sobre las manos, absolutamente inmóvil. Lo que sea que haya visto en mi hermano, es algo que conoce demasiado bien.