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– ¿Se encuentra bien? -le pregunto.

Gillian asiente, incapaz de hablar.

– Lo sabía… lo sabía…

– ¿Sabía qué?

Al principio titubea, se niega a contestar. Seguimos siendo dos completos desconocidos. Pero cuanto más tiempo permanecemos sentados allí… más comprende que estamos tan desesperados como ella.

– ¿Qué sabía? -insisto.

– Que algo no estaba bien, lo supe en el momento en que recibí el informe. -Al ver la confusión en nuestros rostros, se explica-. Hace seis meses, como cualquier otra mañana, me estaba sirviendo unos cereales y, de pronto, suena el teléfono. Me dicen que mi padre ha muerto en un accidente de bicicleta, que estaba dando un paseo por Rickenbacker Causeway cuando un coche se desvió de su carril… -Se mueve en su improvisado asiento al revivir el recuerdo. Después de volver a enterrarlo, nos pregunta-. ¿Han visto alguna vez el Rickenbacker?

Sacudimos la cabeza simultáneamente.

– Es un puente tan empinado como una pequeña montaña. Cuando tenía dieciséis años, era una subida muy dura. Mi padre tenía sesenta y dos años. Tenía problemas para circular por la carretera asfaltada que bordea la playa. Es imposible que estuviese pedaleando en el Rickenbacker.

Los tres nos quedamos en silencio. Charlie es el primero en reaccionar.

– ¿Los policías…?

– El día después del accidente fui a su casa a recoger el traje con el que iba a ser enterrado. Cuando abrí la puerta, el lugar parecía haber sido arrasado por un huracán. Los armarios rotos… los cajones vaciados… pero que yo sepa sólo se llevaron el ordenador. Pero lo mejor de todo es que, en lugar de enviar a la policía, el robo fue investigado por…

– El servicio secreto -digo.

Gillian se vuelve con una mirada de reojo.

– ¿Cómo lo sabe?

– ¿Quién cree que nos persigue?

Eso es todo lo que se necesita. Igual que hizo con Charlie, Gillian clava su mirada en mí. No puedo asegurar si está buscando la verdad o sólo una conexión. En cualquier caso, la ha encontrado. Sus ojos azules me atraviesan.

Charlie tose ruidosamente.

– ¿Qué cree que estaban buscando? -pregunta.

– ¿Quién? ¿Los tíos del servicio secreto? -pregunto.

– Por supuesto, el Servicio.

– Nunca lo supe -explica Gillian con la voz aún suave y perdida-. Cuando llamé a su oficina en Miami, me dijeron que no tenían constancia de ninguna investigación. Les dije que había conocido a los agentes pero, sin los nombres, no había nada que pudieran hacer para ayudarme.

– ¿De modo que eso es todo? ¿Usted simplemente tiró la toalla? -pregunta Charlie-. ¿No se le ocurrió pensar que todo lo ocurrido era un poco extraño?

– ¡Charlie…!

– No, tiene razón -dice Gillian-. Pero tienen que entenderlo, cuando se trataba de los negocios de mi padre, los secretos formaban parte del juego. Así era él.

Charlie la mira fijamente, pero yo asiento para tranquilizarla. Cuando se trata del imbécil de nuestro padre, yo he sido capaz de perdonar. Charlie jamás olvida.

– Está bien -digo-. Sé lo que se siente.

Cuando extiendo la mano para tocarle el brazo, el tirante del sujetador cae por debajo de la camiseta sin mangas y le rodea el hombro. Vuelve a colocarlo en su sitio con un movimiento de perfecta elegancia.

– Muy bien, espere un segundo -interrumpe Charlie-. Aún no me aclaro con respecto a las fechas. Su padre murió hace seis meses, ¿verdad? ¿Eso ocurrió justo después de que se marchara de Nueva York?

– ¿Nueva York? -pregunta Gillian, desconcertada-. El nunca vivió en Nueva York.

Charlie me mira y estudia la expresión de Gillian.

– ¿Está segura de eso? ¿Su padre nunca tuvo un apartamento en Manhattan?

– No que yo sepa -dice ella-. Solía viajar a Nueva York de tanto en tanto. Sé que estaba ahorrando dinero para viajar el último verano, pero, aparte de eso, mi padre vivió en Florida toda su vida.

«Toda su vida.» Las palabras rebotan como proyectiles dentro de mi cerebro. No tiene sentido. Durante todo este tiempo pensamos que estábamos buscando a un neoyorquino que había hecho dinero y se había trasladado a Florida. Y ahora descubrimos que era un tío de Florida que apenas si podía permitirse los escasos viajes que había realizado a Nueva York. Marty Duckworth, ¿en qué diablos estabas metido?

– Por favor, ¿alguien puede decirme qué pasa? -pregunta Gillian mientras sus ojos se mueven nerviosamente entre nosotros.

Le hago una seña a Charlie; él asiente. Es hora de darle otra pieza del rompecabezas. A Charlie le lleva diez minutos explicarle todo lo que sabemos del destartalado apartamento de su padre en Nueva York.

– No lo entiendo -dice ella, volviendo a sentarse sobre las manos-. ¿Tiene un apartamento en Nueva York?

– En realidad, si tuviese que adivinarlo, yo apostaría que era alquilado -le aclaro.

– ¿Cuánto tiempo ha dicho que estuvo fuera el último verano? -pregunta Charlie.

– No lo sé -farfulla Gillian-. Dos semanas y media… quizá tres. Yo nunca prestaba demasiada… apenas nos veíamos cuando estaba aquí… -Su voz se desvanece y es como si hubiese recibido una cuchillada en el estómago. Su piel clara se vuelve blanco albino-. ¿Cuánto dijo que había en esa cuenta que encontraron? -pregunta.

– Gillian, no tiene por qué implicarse en…

– ¡Sólo dígame cuánto había!

Charlie respira profundamente.

– Tres millones de dólares.

Su boca casi golpea el suelo.

– ¿Qué? ¿En la cuenta de mi padre? Imposible. ¿Cómo podría…? -Se interrumpe bruscamente y los dientes de la rueda comienzan a girar velozmente… moviéndose entre todas las posibilidades. Todo el tiempo, aunque ha sido Charlie quien le ha dado la noticia, mantiene sus ojos fijos en mí-. Cree que por eso le mataron, ¿verdad? -pregunta finalmente-. Por algo que sucedió con ese dinero…

– Eso es precisamente lo que estamos tratando de averiguar -le explico, esperando que su cerebro siga en movimiento.

– ¿Conocía su padre a alguien en el servicio secreto? -pregunta Charlie.

– No lo sé -contesta Gillian, abrumada aún por las últimas noticias-. No estábamos muy unidos, pero… pero aun así yo creía que le conocía mejor que eso.

– ¿Conserva algunas de sus cosas en la casa? -pregunta Charlie.

– Sí… algunas.

– ¿Y las ha revisado alguna vez?

– Sólo un poco -dice ella y su voz comienza a elevarse lentamente-. ¿Pero el Servicio no habría…?

– Tal vez se les pasó algo por alto -le dice Charlie-. Tal vez hay alguna cosa que no vieron.

– ¿Por qué no echamos un vistazo juntos? -propongo. Es la oferta perfecta.

«Perfecto», Charlie sonríe.

No hago caso del cumplido; me siento culpable. Independientemente de cuánto pueda ayudarnos, sigue siendo la casa de su padre muerto. Lo he visto antes en su mirada. El dolor no la abandona.

Con un asentimiento dubitativo de Gillian, Charlie se levanta de su silla y yo le sigo a la puerta. Detrás de nosotros, Gillian sigue en la encimera de la cocina.

– ¿Se encuentra bien? -pregunto.

– Sólo quiero saber una cosa -dice-. ¿Creen realmente que ellos mataron a mi padre?

– Sinceramente, no sé qué pensar -digo-. Pero hace apenas veinticuatro horas vi cómo uno de esos tíos asesinaba a uno de nuestros amigos. Vi cómo apretaba el gatillo y vi cómo volvían sus armas hacia nosotros… todo porque encontramos una cuenta con el nombre de su padre en ella.

– Eso no significa…

– Tiene razón, eso no significa que le hayan asesinado -conviene Charlie-. Pero si no lo hicieron, ¿por qué no están aquí, tratando de dar con él?

A veces olvido cuán agresivamente agudo es Charlie. Gillian no tiene respuesta a eso.

Ella echa un último vistazo al apartamento y estudia cada detalle. La ausencia de muebles, las ventanas cubiertas con papel, incluso el machete oxidado. Si nosotros fuésemos los malos, ella ya estaría muerta.