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– ¿Adónde vas? -pregunto.

Charlie mira por encima del hombro y su respuesta es una ceja arqueada con expresión maliciosa. Abre rápidamente la puerta y desaparece dentro del dormitorio de Duckworth. Yo no me muevo, consciente de su juego del escondite. Funcionaba cuando yo tenía diez años, pero esta vez no me dejaré enredar. Me vuelvo hacia el garaje y oigo la puerta del dormitorio que se cierra a mis espaldas. Doy tres pasos antes de volver a detenerme. ¿A quién pretendo engañar? Echo a correr hacia la puerta cerrada.

– ¿Charlie? -susurro, sabiendo que no me responderá.

Efectivamente, no se oye nada. Miro hacia el pasillo por encima del hombro para asegurarme de que todo está en orden. Tratando de no hacer ruido, hago girar el pomo y entro en la habitación. La puerta se cierra y las luces están apagadas, pero gracias a las persianas baratas que protegen las ventanas, la habitación está bañada por una tenue luz que llega desde el exterior.

– Bastante tétrico, ¿eh? -susurra Charlie-. Bienvenido al sanctasanctórum…

Me lleva unos cuantos segundos que mis ojos se adapten a la escasa luz de la habitación, pero cuando lo hacen, resulta evidente por qué Gillian se encargó personalmente de registrar esta habitación. Al igual que la sala de estar y el estudio, el dormitorio de Duckworth posee las mismas características: una cama individual apoyada contra la pared blanca y sucia, una mesilla de noche de madera sin pintar con un viejo reloj despertador, y para asegurarse de que cada objeto parezca que ha sido seleccionada al azar, una cómoda de almendro con cubierta de formica que parece haber sido robada de la parte trasera de un camión. Pero cuando miro más atentamente, me doy cuenta de que hay algo más en esa habitación: un cubrecama color crema suaviza la dureza de la cama, un Horero con hojas de eucalipto rojo oscuro florece encima de la cómoda y, en un rincón, una pintura estilo Mondrian está apoyada contra la pared, esperando a ser colgada. Esta habitación comenzó siendo de Duckworth, pero ahora es indudablemente de Gillian. O sea que aquí es donde vive. Siento una punzada de culpa en el estómago. Éste sigue siendo su espacio privado.

– Vamos, Charlie, salgamos de aquí…

– Sí… no… tienes toda la razón -dice-. Sólo estamos confiándole nuestras vidas. ¿Por qué querríamos saber nada acerca de la suya?

Intento cogerle del brazo pero, como siempre, es más rápido que yo.

– Hablo en serio, Charlie.

– Yo también -dice él, apartándose de mí. Avanza hacia el centro de la habitación y revisa el suelo, la cama y el resto del mobiliario, buscando alguna pista. De pronto, se detiene, confuso.

– ¿Qué? ¿Qué pasa?

– Dímelo tú. ¿Dónde está la vida de Gillian?

– ¿De qué estás hablando?

– Su vida, Ollie -ropa, fotos, libros, revistas-, cualquier cosa. Echa un vistazo. Aparte de las flores y esa pintura en el suelo, no hay nada más.

– Tal vez le gusta tener las cosas ordenadas.

– Tal vez -dice-. O tal vez ella…

En ese momento se oye el ruido de una puerta al cerrarse. Me vuelvo y compruebo que procede del pasillo. Inmóviles, ambos sabemos cuándo hemos abusado de su hospitalidad. Echo un vistazo al reloj despertador que hay en la mesilla de noche para comprobar la hora y levanto rápidamente la cabeza. No es un reloj despertador. Es un viejo…

– ¡Es una grabadora de ocho pistas! -exclama Charlie excitado. Pero cuando se inclina para mirar mejor a través de la oscuridad, advierte que la abertura que habitualmente aloja las ocho pistas parece más grande de lo normal. El plástico plateado de los bordes está descascarado. Como si alguien hubiese tratado de abrirla o agrandarla. Charlie, invadido por la curiosidad, se acerca al aparato y se pone en cuclillas delante de él.

– Hijo de puta -murmura.

– ¿Y ahora qué pasa?

Me acerco y trato de ver algo a través de la penumbra que nos rodea. Charlie señala las ocho pistas.

– No entiendo -le digo.

– No las ocho pistas, Ollie. Aquí… -Vuelve a señalar. Pero lo que está señalando no es la grabadora. Es la mesilla de noche-. Comprueba el polvo -dice.

Inclino la cabeza y veo la gruesa capa de polvo que cubre la superficie de la mesilla de noche.

– Es tan perfecto que no te das cuenta -dice Charlie-. Como si nadie hubiese colocado nada encima, o nadie la hubiese tocado desde hace meses, aunque está junto a su cama.

Se vuelve y me mira fijamente.

– ¿Qué?

– Dímelo tú, Ollie. ¿Cómo es posible que ella no…?

– ¿Qué es esto, la búsqueda de las bragas? -pregunta una voz femenina a nuestras espaldas.

Charlie se vuelve para mirar a Gillian.

Ella enciende las luces, obligándonos a entrecerrar los ojos para adaptarnos a la súbita claridad.

– ¿Qué hacen en mi habitación?

40

– ¿Ah, es su habitación? -pregunta Charlie-. Nosotros sólo estábamos… admirando esta imponente grabadora de ocho pistas.

Señala con el pulgar por encima del hombro, pero ella no se molesta en mirar. Sus ojos oscuros se clavan en él y no le sueltan. Está parada junto a la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho. No la culpo. No deberíamos haber estado registrando sus cosas.

– Escuche, realmente lo siento -digo-. Le prometo que no hemos tocado nada. -Clavando ahora la mirada en mí, me somete exactamente a la misma prueba. Pero a diferencia de Charlie, yo no miento, balbuceo o condesciendo. Le digo toda la verdad y espero que sea suficiente-. Yo… yo sólo quería saber algo más acerca de usted -añado.

«Perfecto», Charlie sonríe.

Él piensa que estoy actuando pero, en muchos sentidos, es la cosa más honesta que he dicho en todo el día. Con todo el mundo tras nosotros, Gillian es la única persona que nos ha ofrecido su ayuda. Mientras me mira de arriba abajo, sus brazos siguen cruzados sobre su pecho. El espíritu libre ha desaparecido. Y entonces… de pronto… aparece nuevamente.

– Es muy guay, ¿verdad? -pregunta, mientras sus hombros se relajan.

Le doy las gracias con una sonrisa. Receloso ante su súbita muestra de amabilidad, Charlie mira a su alrededor como si ella estuviese hablando con otra persona.

– La grabadora de ocho pistas -explica, acercándose a la mesilla de noche.

Empuja a mi hermano hacia un lado y se sienta en la cama junto a mí. Se inclina hacia atrás, luego hacia adelante, luego hacia atrás un poco más.

– Espera a ver lo que hizo mi padre -dice, tuteándome por primera vez-. Pulsa el botón de «Pausa».

Ha recuperado la sonrisa cantarina que tenía antes. Junto a ella, sin embargo, Charlie señala hacia abajo, donde los dedos desnudos de los pies de Gillian están apretados como puños contra la alfombra.

«¿Lo ves?» Charlie frunce el ceño con esa expresión de te-lo-había-dicho que habitualmente tiene reservada para Beth. Pero ambos sabemos que Gillian no es Beth.

Gillian enciende el aparato y se reclina sobre sus manos.

– Sólo pulsa el botón de «Pausa» -repite.

Siguiendo sus instrucciones, extiendo la mano y pulso el botón de «Pausa». El antiguo aparato se pone en funcionamiento con un zumbido mecánico. Es un sonido familiar… y cuando pulso el botón, una bandeja plástica de CD -completa con un brillante disco compacto- se desliza fuera de la abertura donde uno normalmente colocaría el estuche de ocho pistas.

– Es guay, ¿eh? -dice Gillian.

– ¿De dónde dijiste que eras? -le pregunta Charlie.

– ¿Perdona?

– ¿De dónde eres? ¿Dónde te criaste?

– Aquí -contesta Gillian-. Cerca de Miami.

– Vaya, es muy extraño -dice Charlie-. Porque cuando hace un momento has dicho «muy guay», juraría que he notado un ligero acento de Nueva York.