– ¿Y el registro de las llamadas telefónicas?
– Hemos investigado las llamadas hechas y recibidas en los últimos seis meses. Esa mujer dedica una media de quince minutos diarios a hablar con nuestra Maggie. Desde anoche, sin embargo, no ha habido ninguna llamada.
– ¿Qué hay de las conferencias?
– Verás, ahí es donde las cosas empiezan a ponerse feas. Anoche, a la una de la mañana, ella aceptó por primera vez en su vida una conferencia a cobro revertido de un número que identificamos como (¿estás preparado para esto?) perteneciente a un teléfono público en el Aeropuerto Internacional de Miami.
– ¿Qué? -exclamó Gallo, mordiéndose el nudillo del pulgar.
– No me mires a mí…
– ¿Y a quién coño se supone que debo mirar? -preguntó Gallo, aporreando el escritorio con el puño-. Si están en la casa de Duckworth…
– Créeme, soy perfectamente consciente de las consecuencias.
– ¿Has averiguado qué vuelos hay a Miami?
– Dos billetes. Están haciendo las reservas mientras hablamos.
Lanzando el sillón hacia atrás mientras se levantaba, Gallo dejó que chocara violentamente contra la estantería. El impacto sacudió la media docena de placas del servicio secreto y fotografías que decoraban la pared.
– Allí no hay nada que encontrar -insistió.
– Nadie ha dicho que lo hubiera.
– Aun así deberíamos llamar…
– Ya lo he hecho -dijo DeSanctis.
Asintiendo para sí, Gallo salió disparado hacia la puerta.
– ¿A qué hora has dicho que salimos?
– El próximo vuelo a Miami es a las seis de la mañana -añadió DeSanctis, saliendo tras él-. A la hora del desayuno estaremos echándoles el aliento en la nuca.
– ¡Fudge, sé que estás ahí! -gritó Joey al contestador automático-. No actúes como si estuvieses durmiendo, ¡sé que puedes oírme! Cógelo, cógelo, cógelo… -Esperó pero no hubo ninguna respuesta-. ¿Estás ahí? Dios, soy yo, Joey. -Nada-. De acuerdo, ahora puedes cantar conmigo la canción del alfabeto de mi sobrina: A de Acróbata, B de Burbujas, C de Calambre, D de…
– D de Difunto, querida -contestó Fudge con la voz ronca y pastosa por el sueño-. Y también de Destrucción, Descuartizamiento, Destripamiento…
– ¿Conoces la canción? -preguntó Joey, haciendo un gran esfuerzo para no perder la paciencia.
– Querida mamá, son las dos y cuarto de la jodida madrugada. Eres realmente el mismísimo demonio.
– Escucha, ya te lo explicaré mañana, hablo en serio, pero necesito que aceleres ese rastreo de llamadas de Margaret Caruso.
– ¡Son las dos y cuarto de la jodida mañana!
– ¡Esto es importante, Fudge! ¡Estoy en medio de una crisis!
– ¿Y qué quieres que haga?
– ¿No puedes ponerte en contacto con tu gente en la compañía telefónica?
– ¿Ahora? -preguntó Fudge, aún medio dormido-. Mi gente no trabaja a estas horas… estas horas son para pervertidos, estrellas de rock y… y pervertidos.
– Por favor, Fudge…
– Llámame mañana, cariño. Después de las nueve ya me habré puesto mi colonia para niños.
Desapareció de la línea con un click.
Joey se quitó el pequeño auricular de la oreja y examinó el plano digital de su GPS. Hacía apenas quince minutos, un titilante triángulo azul se había desplazado hacia el centro de la ciudad. Fuera lo que fuese que Gallo y DeSanctis hubieran visto, regresaban al cuartel general. Sin embargo, cuando entraron en el garaje del edificio donde tenía sus oficinas el servicio secreto, el triángulo azul desapareció de la pantalla y un agudo pitido resonó en el coche de Joey. En la pantalla apareció la advertencia «Error en el sistema. Transmisión interrumpida». Joey permaneció indiferente. Cuando se trataba de anular transmisores externos, nadie podía hacerle sombra al servicio secreto.
45
Cuando Charlie estaba en el instituto le encantaba caminar por las calles desiertas a las dos de la madrugada. El vacío del silencio. La resaca de la oscuridad a la vuelta de cada esquina. El noble poder de ser el último hombre en pie. Solía disfrutar intensamente de aquellos momentos. Ahora lo odia.
Cuando regresamos velozmente a nuestro apartamento, no baja de las aceras, se pierde debajo de las filas de palmeras y, cada pocos pasos, mira ansiosamente por encima del hombro.
– ¿A quién buscas? -le pregunto.
– ¿Qué tal si bajas un poco la voz? -dice en un susurro apenas audible-. No pretendo ofenderte, pero quiero ver si ella nos sigue.
– ¿Quién, Gillian? Ella ya sabe dónde nos alojamos.
– Muy bien, entonces supongo que no hay nada por lo que debamos preocuparnos…
– Te estás comportando como un paranoico.
– Escucha, Ollie, sólo porque hayas encontrado un nuevo motivo para estar contento no significa que puedas desconectar tu cerebro.
– ¿Es eso lo que estoy haciendo? ¿Desconectar mi cerebro?
Cruzo la calle, harto de esas discusiones. Y de los celos.
– Vuelve aquí, Ollie -me reprende, haciendo señas hacia la acera.
– ¿Quién te ha nombrado mamá? -pregunto. Hace una mueca; me encanta fastidiarle. En el cielo la luna está casi llena, pero Charlie no se molesta en alzar la vista-. ¿Por qué te comportas de ese modo con Gillian?
– ¿Por qué crees tú que lo hago? -pregunta Charlie, volviendo a mirar por encima del hombro-. ¿Acaso no viste esa capa de polvo en su dormitorio?
– ¿Y eso es lo que ha hecho que tengas avispas en el culo? ¿Que Gillian no toque su mesilla de noche?
– No se trata solamente de la mesilla de noche, es el cuarto de baño y los armarios y los cajones y todo lo demás que revisamos… Si te mudaras a la casa de tu padre muerto, ¿conservarías sus cosas por todas partes?
– ¿Acaso no oíste lo que dijo Gillian sobre dormir en el sofá? Además, a mamá le llevó un año…
– No me hables de mamá. Gillian lleva viviendo en esa casa más de un mes y parece que se hubiese mudado la semana pasada.
– Ah, ¿de modo que ahora ella está actuando contra nosotros? -pregunto.
– Lo único que te digo es que Gillian sólo tiene un poco de ropa y una docena de obras de arte moderno, pinturas de neoplástico desgarrado. ¿Dónde diablos está el resto de su vida? Sus muebles, su colección de discos; después de todo este tiempo, ¿me estás diciendo que no tiene su propio televisor?
– No estoy diciendo que ella no tenga sus peculiaridades, pero eso es lo que ocurre cuando tratas con un artista…
En ese momento, Charlie está a punto de explotar.
– Hazme un favor, no la llames artista. Colocar papel de calco sobre una vieja pintura de Mondrian no convierte en artista a nadie. Además, ¿has mirado sus uñas? Esa chica no ha pintado en toda su vida.
– ¿Ahora resulta que eres una autoridad en todo lo que al arte se refiere? Eso se llama lavarse las manos, Charlie… es un concepto asombroso. Y tú estás furioso simplemente porque ella te está derrotando en tu propio juego.
– ¿De qué diablos estás hablando?
– Ya has visto cómo vive… el hecho de que sea feliz con lo básico… que no necesite participar en la carrera… ¿Comienza a sonarte familiar? Incluso cuando vino a buscarnos; Gillian no se enfurece, es como si se limitara a mirar a través de ti, como si no le temiese a nada.
– Los asesinos con hacha tampoco le temen a nada.
– ¿Quieres dejarlo ya, por favor? -le ruego mientras giramos hacia nuestra manzana-. Tú eres quien siempre está diciendo que no tengo ningún sentido de la aventura. ¿Preferirías que saliera con alguien como Beth?
– ¿Salir? Tú no estás saliendo con Gillian… ni siquiera estás cortejándola. No sois más que dos personas en una situación extrema y que, casualmente, están una junto a la otra. Es como enamorarse en un viaje de adolescentes, sólo que sin las canciones de James Taylor.