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– Gillian, espera…

Ella ni siquiera se gira. Se oye un chapoteo y la barca se balancea por la súbita pérdida de peso. Gillian desaparece de la superficie y vuelve a aparecer un segundo después.

– ¡Eh, tienes que sentir esto! -grita.

– ¿Está caliente?

– ¡Está helada! ¡Es como si tuviera hielo en mis bragas!

Gillian lanza una carcajada como si estuviese celebrando la fiesta del año, y cuanto más la miro, más comprendo que lo es.

– Venga -me dice-. Al menos tienes que probarlo. Si no te gusta, siempre puedes flotar alrededor del bote.

Sé que no es justo lo que hago, pero trato de imaginar a Beth en la misma situación. Odia el frío. ¿Y a estas horas? Ella ni siquiera hubiese subido al bote.

– ¡Venga! -grita Gillian mientras busco las aletas y la máscara-. ¡Con suavidad, sólo tienes que subirte a la nevera y saltar!

Me ajusto la máscara sobre la cara y cojo con fuerza todos los tubos.

– ¿Estás segura de que ésta es la mejor manera de entrar en el agua?

– Jacques Cousteau no podría hacerlo mejor… un paso de gigante para toda la human…

Cierro los ojos, salto y me sumerjo rápidamente. El peso extra me hunde a plomo pero, gracias al chaleco inflado, salgo despedido nuevamente hacia la superficie. La temperatura es lo primero que siento. Sin el sol sobre el agua… incluso con el traje de neopreno… hielo en los calzoncillos es una buena descripción.

– ¿Está lo bastante fría para ti? -pregunta Gillian.

– No, esto es genial, me gusta cuando absolutamente, positivamente no puedo sentir mi pene.

Es un chiste fácil, pero ella sabe perfectamente que no es sólo el frío lo que me provoca estos temblores. El mar está oscuro y desierto, la máscara se ajusta a mis sienes y lo único que oigo es el tema de la película Tiburón.

– ¿Estás preparado para sumergirte? -pregunta Gillian.

– ¿Ahora mismo?

Mirándome fijamente a través de su máscara, Gillian se acerca con un par de brazadas y me coge por los hombros.

– Lo harás de maravilla, estoy segura.

– ¿Estás…?

– Totalmente -me promete.

Mientras Gillian se aparta, levanto la mano hacia el hombro derecho y busco el tubo con el regulador.

– ¿Todo lo que debo hacer es respirar a través de esta cosa?

– Ése es todo el manual de instrucciones. Respirar y respirar y respirar. De hecho, por qué no das una vuelta nadando alrededor de la manzana…

Como antes, me coloco el regulador entre los dientes y Darth Vader regresa. Después de tres o cuatro inspiraciones, Gillian señala hacia el fondo. Mordiendo con fuerza las puntas de plástico duro que mantienen el regulador en su sitio, me inclino y sumerjo el rostro en el oscuro océano.

Hago una pequeña pausa antes de volver a respirar, pero mi cerebro se concentra en el cursillo intensivo de Gillian. Respirar, respirar, respirar. Abro los pulmones y absorbo una bocanada de aire… y la exhalo rápidamente. Un estallido de pequeñas burbujas sale del regulador. A partir de ese momento, me concentro en hacer respiraciones cortas, y funciona.

Gillian me da unos golpes en la espalda. Saco la cabeza fuera del agua y me quito el regulador.

– ¿Preparado para el pistoletazo de salida? -me desafía.

Asiento, esperando que eso sirva para que se tome las cosas con calma. Pero no hace más que acelerarlas.

– Muy bien, éstas son las instrucciones. Primero: si te desorientas, sigue las burbujas… te llevarán siempre hacia la superficie.

– Seguir las burbujas. De acuerdo.

– Segundo: cuando descendamos, no olvides destaparte los oídos, no querrás perforarte un tímpano, ¿no?

Para practicar me aprieto la nariz con el índice y el pulgar y soplo con fuerza.

– Y tercero, que es lo más importante: cuando subas a la superficie sigue respirando. Sentirás la tentación de contener la respiración, pero debes luchar contra ese deseo.

– ¿Qué quieres decir?

– Es algo instintivo. Estás debajo del agua… comienzas a sentir pánico. Lo primero que harás -garantizado- es contener la respiración. Pero si subes a la superficie de ese modo, y no estás respirando, tus pulmones estallarán como un globo. -Se pone bien la máscara y me mira rápidamente-. ¿Preparado?

Asiento nuevamente, pero sigo concentrado en una sola imagen. «Mis pulmones estallando como un globo.» Debajo de las olas, mis pies se mueven rápidamente impulsándome hacia atrás.

– ¿Qué? -pregunta Gillian-. ¿Ahora tienes miedo?

– ¿Me estás diciendo que no debería tenerlo?

– No te estoy diciendo nada. Si quieres abandonar ahora, la decisión es tuya.

– No se trata de abandonar…

– ¿De verdad? -me interrumpe, enfadada-. ¿Entonces por qué actúas de pronto como la primera rata en saltar del barco?

La pregunta se clava como un sacacorchos en mi pecho. Nunca había oído antes ese tono de voz en Gillian.

– Escucha -le digo-, lo estoy haciendo lo mejor que puedo. Cualquier otro dejaría que te sumergieras sola.

– Sí, seguro…

– ¿Crees que estoy bromeando? Nómbrame a una sola persona que fuese capaz de saltar al océano helado en un traje de neopreno y arriesgar su vida simplemente por experimentar una nueva sensación a las cuatro de la madrugada?

– Tu hermano -dice Gillian, mirándome fijamente para remachar el clavo. Antes de que pueda reaccionar, ella se coloca el regulador entre los dientes y coge el tubo que tiene apoyado en el hombro izquierdo. Levantándolo por encima de la cabeza, aprieta un botón en el extremo del mismo. Un siseo de aire rasga el silencio. Cuando el chaleco se desinfla, Gillian comienza a hundirse lentamente.

Me coloco rápidamente el regulador, levanto el tubo y oprimo el botón con el pulgar para desinflar el chaleco. La presión se afloja en torno a mis costillas. El agua me roza la barbilla.

– No te arrepentirás, Oliver -grita Gillian, quitándose el regulador para respirar por última vez fuera del agua. Cuando está a punto de sumergirse, añade-: Después me lo agradecerás.

Sacudo la cabeza fingiendo ignorar el súbito entusiasmo. Pero cuando me hundo -a medida que el agua negra me lame las mejillas y llena mis oídos- descubro de pronto que nunca he dicho a Gillian que mi verdadero nombre es Oliver.

47

A las tres de la madrugada, mientras su coche bloqueaba la boca de incendio delante del edificio de Maggie Caruso, Joey se prometió a sí misma que no se quedaría dormida. A las tres y media bajó el cristal de la ventanilla para que el frío de la noche la mantuviese despierta. Hacia las cuatro, su cabeza se inclinó hacia adelante. A las cuatro y media volvió a caer bruscamente sobre el reposacabezas. Luego, exactamente a las cinco menos diez, un chillido agudo la despertó de golpe.

Parpadeando para volver al mundo vigilante, Joey buscó el rastro del sonido en la pantalla iluminada de su sistema de posición global. El brillante triángulo azul volvía a moverse a través del plano digital, directamente por la West Side Highway. Colocó la pantalla sobre su' regazo y observó cómo el coche de Gallo y DeSanctis se dirigía hacia el extremo de la ciudad. Era como un videojuego primitivo sobre el que no tenía ningún control. Al principio pensó que regresaban a Brooklyn, pero cuando el coche pasó de largo la entrada del puente, y tomó la FDR Drive, sintió una punzada de calor en la nuca. Había muy pocas cosas abiertas tan tarde. O tan temprano. «Mierda, no me digas que están…»El diminuto triángulo azul giró en el puente de la calle 59 y cuando Joey vio que se dirigía hacia el Grand Central Parkway, puso el motor en marcha y salió pitando. En la parte superior del plano digital, el triángulo azul se dirigía directamente hacia su destino. El destino más popular en Queens a las cinco de la mañana: el aeropuerto de La Guardia.