Katkin se acercó a su mesa y consultó la base de datos en su ordenador.
– Lo único que tengo aquí es la dirección de su casa y algunas direcciones de antiguos trabajos…
– Neowerks -le interrumpió Gallo-. Eso es, casi me había olvidado de ese empleo…
62
El tráfico por la autopista antes de la hora punta es fluido y el sol del mediodía brilla en un cielo sin nubes mientras Charlie, Gillian y yo viajamos por los amplios carriles abiertos de la I-95. Pero incluso con el motor funcionando a plena potencia y la radio sintonizada en la emisora local de música pop, el interior del coche es un lugar demasiado silencioso. Durante los veinte minutos que tardamos en llegar desde el conjunto residencial de la abuela hasta el Bulevar Broward, nadie -ni Charlie, ni Gillian, ni yo- pronuncia una sola sílaba.
Del bolsillo de la chaqueta vuelvo a sacar la tira de fotografías. Los bordes blancos del papel están empezando a curvarse y, por primera vez, me pregunto si esas personas son reales. Tal vez sea ésa la razón por la que se trata de una fotocopia en color. Tal vez las fotografías están manipuladas. Documentos de identidad falsos para completar el disfraz. Examino detenidamente los cuatro rostros que descansan en mi regazo. Cambio el pelirrojo por rubio; el hombre negro por uno blanco. Pero, para mí, siguen siendo unos completos desconocidos. Para Duckworth eran lo bastante importantes como para guardarlos en su mejor escondite. Y aunque todavía no estamos seguros de si se trata de amigos o enemigos, hay una cosa que está completamente clara: si no conseguimos averiguar quiénes son y por qué conocían a Duckworth, este viaje se volverá mucho más incómodo.
– Allá vamos -dice Gillian, rompiendo finalmente el silencio al tiempo que señala la rampa de salida-. Ya casi hemos llegado.
Bajo la visera del asiento del acompañante y observo a Charlie a través del espejo.
En el asiento trasero, él ni siquiera alza la vista. Tres días antes hubiese estado garabateando en su cuaderno de notas, alimentándose de adrenalina y convirtiendo cada momento embarazoso en estrofas, versos y, si teníamos suerte, tal vez incluso en una balada completa. «Robar de la realidad», solía decir con la típica jactancia de un adolescente. Pero a pesar de todas sus bravatas, a Charlie no le gusta el peligro. O el riesgo. Y en este momento el problema es que finalmente comienza a darse cuenta.
– No es malo estar asustado -le digo.
– No estoy asustado -replica con dureza. Pero veo su reflejo en el espejo. Sus ojos se posan en su regazo. Durante veintitrés años no ha hecho nada muy especiaclass="underline" vivir en casa, abandonar la escuela de Bellas Artes, negarse a unirse a una banda… incluso aceptar el trabajo en el archivo del banco. Charlie siempre ha cultivado la imagen de ser un chico despreocupado. Pero, tal como ambos aprendimos de nuestro padre, existe una línea muy fina entre ser un espíritu despreocupado y tener miedo al fracaso.
– Sólo deben faltar un par de manzanas -dice Gillian, interviniendo rápidamente.
Al igual que Charlie, me dirige una frase breve y concisa. No estoy seguro de si se debe a nuestra mentira en relación al dinero, a la pérdida de su padre o simplemente a la conmoción por el ataque de Gallo y DeSanctis, pero cualquiera que sea la razón, mientras aferra el volante con los puños apretados, su aura infantil comienza finalmente a desvanecerse. Como nosotros, ella sabe que ha saltado a otro barco que también se está hundiendo y, a menos que nos demos un respiro pronto, los tres nos iremos al fondo con él.
– Allí está -anuncia mientras gira hacia la derecha para entrar en el aparcamiento. El sol rebota en la fachada vidriada del edificio de cuatro plantas, pero el rótulo amarillo y morado que se ve encima de la puerta principal lo dice todo: «Neowerks Software».
– ¿De modo que eres la hija de Ducky? -canturrea un hombre de pelo hirsuto con gafas de montura metálica mientras estrecha calurosamente la mano de Gillian entre las suyas. Vestido con una amplia bata azul, unos pantalones caqui inarrugables y unas sandalias de cuero con calcetines, es exactamente lo que uno piensa que conseguiría al cruzar a un millonario cincuentón de Palm Beach con un ayudante de enseñanza universitaria de Berkeley. Pero también es el único tío que ha aparecido en el vestíbulo cuando hemos preguntado si podíamos hablar con alguno de los antiguos colegas de Martin Duckworth-. ¿O sea que tu nombre es Gillian, verdad? -pregunta por tercera vez-. Dios, ni siquiera sabía que tuviese una hija.
Gillian asiente tímidamente, mientras Charlie me lanza una rápida mirada. Yo levanto mi escudo y dejo que rebote en mi armadura. Después de todo lo que Gillian ha hecho -todo lo que ha arriesgado- no tengo ánimos para participar de los triviales juegos de Charlie.
«Si ella quisiera entregarnos lo hubiese podido hacer tranquilamente cuando estábamos en los apartamentos de la abuela y en la casa», le hago saber con una mirada fulminante.
«No hasta que haya conseguido su dinero», responde Charlie con otra mirada.
– ¿Y ustedes también son amigos? -interrumpe Pelo Hirsuto.
– Sí… sí -digo, extendiendo la mano para que el hombre repita el gesto de estrecharla entre las suyas-. Walter Harvey -digo, a punto de olvidar mi nombre falso. Bajo la voz para que nadie más me oiga pero alcanzo a ver a la secretaria de pelo oscuro que me está mirando desde el brillante mostrador de recepción negro estilo Star Trek. La mujer vuelve a bajar la vista a la revista que está hojeando, pero el gesto no contribuye a que me sienta mejor. Todo el vestíbulo, con sus sillones cromados era espacial y la mesilla baja plateada en forma de ameba, es tan frío que no hace más que alimentar el factor pánico-. Y él es Sonny Rollins -añado, señalando a Charlie.
– Alec Truman -dice el hombre, emocionado de poder presentarse-. ¿Sonny Rollins, eh? Como el tío del jazz.
– Exacto -dice Charlie, ya acobardado-. Como él.
– Escuche, señor Truman -dice Gillian-. Realmente le agradezco que nos dedique su tiempo para…
– Es un honor para mí… es un honor -insiste-. Te repito que aún le echamos de menos aquí. Sólo lamento no poder quedarme más tiempo, me encuentro justo en medio de esta caza de micrófonos y…
– De hecho, sólo queríamos hacerle una pregunta y esperábamos que pudiese ayudarnos -le interrumpo. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y vuelvo a sacar la tira de fotografías. Si estas instantáneas corresponden a personas que ayudaron a Duckworth en su invento original, esperamos que éste sea el tío que pueda darnos una respuesta-. ¿Alguna de estas personas le resulta familiar? -le pregunto a Truman.
Su rostro se ilumina como el de un crío que come lápices de colores.
– Conozco a ése -dice, señalando al hombre mayor de pelo entrecano que aparece en la primera fotografía-. Arthur Stoughton. -Al ver la expresión de confusión en nuestros rostros, añade-. Estaba con nosotros en Imagineering; ahora dirige su propio grupo en Internet.
– ¿De modo que usted también estaba en Disney? -pregunta Gillian.
– ¿Cómo piensas que conocí a tu padre? -dice Truman con tono burlón-. Cuando tu padre se marchó y vino aquí, yo le seguí los pasos dos años más tarde. El estaba en primera línea: el primero en llegar, el peor pagado.
– ¿Y qué me dice de este tío, Stoughton? -pregunto, señalando la foto-. ¿Trabajaban todos juntos?
– ¿Con Stoughton? -Truman se echa a reír-. No tuvimos esa suerte… No, él era el viejo vicepresidente de Imagineering; incluso antes de marcharse a Disney.com, Stoughton no tenía tiempo para soldados rasos como nosotros. -Mientras pronuncia las últimas palabras, se da cuenta de lo que ha dicho y mira a Gillian-. Lo siento… no quería… tu padre era un tío genial, pero nunca nos dieron la posibilidad de…
– Está bien… no hay problema -dice Gillian, negándose a cambiar de tema.