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– ¡Bienvenidos Miembros Escogidos! -dice en la parte superior de la pantalla.

– ¿Qué hay del tío de la barbilla hendida? -pregunta Gillian.

– No creo que tengamos que esperar mucho más -dice Charlie mientras golpea la pantalla ligeramente con el nudillo. Directamente debajo de los Siete Enanitos hay un botón rojo en la parte inferior de la pantalla: «Guía de la Compañía».

– Si estamos buscando empleados…

– Pasa la pantalla -dice Gillian.

Haciendo caso omiso de su entusiasmo, Charlie aprieta la mandíbula y simula indiferencia. Hasta él sabe que no es momento de detenerse.

Un rápido movimiento de la muñeca y otro click del ratón nos llevan a un lugar marcado como «Localizador de empleados». Desde allí, aparece una nueva pantalla y nos encontramos contemplando docenas de rostros absolutamente nuevos. Director ejecutivo… Junta de Directores… Vicepresidentes ejecutivos… la lista continúa, toneladas de fotografías debajo del encabezamiento de cada categoría. No se trata de las escasas docenas que dirigen el sitio web, aquí estamos hablando de toda la jerarquía de la organización, desde el director ejecutivo hasta los animadores que están entre bambalinas.

– Aquí debe de haber al menos dos mil fotografías -dice Gillian y su voz denota que se siente abrumada.

– Ve al grupo Internet de Stoughton -interrumpo con voz agitada mientras suelto la camisa de Charlie-. Si fuese Duckworth me mantendría con el equipo de casa.

– ¿Adivina quién ha vuelto a la modalidad chico maravilla? -pregunta Charlie.

Le encanta fastidiarme, pero sé que está excitado. Asiente brevemente y comienza a pasar una pantalla tras otra recorriendo los diferentes grupos hasta que llega a «Disney Online». Situado exactamente en la misma pirámide que hemos visto antes, no nos lleva mucho tiempo encontrar la fotografía de Stoughton. Debajo de él encontramos nuevamente al tío pálido de contabilidad, seguido del pelirrojo. Pero, otra vez, allí es donde acaba el grupo Online. Exactamente igual que antes. No hay ningún tío negro; ninguna barbilla hendida. Nos encontramos otra vez donde empezamos.

– ¿Tu padre jamás hizo nada que fuese sencillo? -pregunta Charlie.

– Tiene que estar aquí, en alguna parte -insisto sin apartar los ojos de la pantalla.

Gillian permanece en silencio, pero la forma en que se estira la falda indica que ve algo que le resulta familiar. Algo que ella conoce. Su voz surge lentamente en su reflexión.

– Ve a Imagineering -propone al fin.

Charlie me mira; apruebo la sugerencia asintiendo con la cabeza. La vieja y conocida pista de baile de Duckworth.

Vuelve hacia atrás a toda velocidad. En la parte superior, el vicepresidente de Imagineering es un tío atractivo, de mediana edad, con una sonrisa contenida y burlona. Debajo, su teniente primero tiene aproximadamente su misma edad, con una colección de dobles barbillas que le da una apariencia casi jovial. Y debajo de ambos… está Marcus Dayal, un hombre negro con una inconfundible hendidura en la barbilla.

Charlie apoya la tira de fotografías contra la pantalla para comparar las instantáneas. La electricidad estática del monitor mantiene la tira en su sitio. La coincidencia es perfecta.

– Te digo que en cualquier momento nos encontraremos con los culos de los Hardy Boys -dice.

– Pulsa la tecla -insisto, haciendo un esfuerzo para contenerme.

Charlie mueve el cursor sobre la fotografía digital de Marcus, la activa y comienza la cuenta atrás.

Tampoco ocurre nada. Y entonces -otra vez- algo pasa.

– Allá vamos… -susurra Charlie mientras la pantalla se funde en negro.

Esta vez, sin embargo, es diferente de lo que ha sucedido antes. Aparece una cascada de imágenes y, del mismo modo, desaparece de la pantalla. Página web tras página web se abren a velocidad vertiginosa, sus palabras y logotipos desaparecen inmediatamente después de asomarse a la pantalla: «Equipo Disney Online… Directorio de la Compañía… Localizador de empleados», el cursor se mueve en todas direcciones, como si estuviese practicando surf a través de todo el sitio a máxima velocidad hacia adelante. La avalancha de imágenes vuela ante nosotros, cada vez más rápido, profundamente hacia el interior del sitio web y del agujero negro. Las páginas pasan ante nuestros ojos a tal velocidad que acaban por fundirse en una mancha morado oscuro. Comienzo a marearme pero sólo un imbécil apartaría la vista de la pantalla.

Y entonces las imágenes se detienen. Una única imagen final aparece en la pantalla. Salto literalmente en mi silla cuando eso ocurre. Charlie también. Pero Gillian no se inmuta.

– Allá vamos… -dice Charlie.

Tiene toda la razón. Dondequiera que nos encontremos, era lo que estábamos buscando. La idea de trescientos trece millones de dólares de Duckworth.

64

Charlie se inclina tanto hacia la pantalla, impidiéndome prácticamente la visión, que su pecho presiona el teclado. Mientras le aparto del monitor sólo me lleva dos segundos reconocer lo que está mirando con tanta atención. El logotipo azul oscuro de Greene & Greene en la esquina superior izquierda. El signo «fun. 1870» en la esquina superior derecha.

– ¿Un informe bancario? -pregunta Charlie.

Asiento, comprobándolo personalmente. A primera vista, eso es todo lo que hay, sólo un informe bancario normal que recoge el movimiento mensual. Excepto por el logotipo de Greene, no parece diferente de las relaciones mensuales emitidas por todos los bancos: depósitos, extracciones, número de cuenta… todas las piezas están allí. La única diferencia es el nombre del titular de la cuenta…

– Martin Duckworth -lee Charlie de la pantalla.

– ¿Es la cuenta de mi padre? -pregunta Gillian.

– … 72741342388 -leo en voz alta mientras mi dedo lee en Braille los números que aparecen en la pantalla-. No hay duda de que es su cuenta, la misma que nosotros… -me interrumpo tan pronto como Gillian desvía la mirada hacia mí-. El mismo número de la cuenta original que ya habíamos visto -le digo.

«Perfecto», dice Charlie con la mirada.

Me vuelvo hacia Gillian, pero sus ojos ahora están pegados a la pantalla… y a la casilla que dice «Saldo: 4 769 277,44 dólares».

– ¿Cuatro millones? -pregunta Gillian, desconcertada-. Creía que habías dicho que la cuenta estaba vacía.

– Lo estaba… se suponía que debía estarlo -insisto en evidente posición defensiva. Ella piensa que estoy mintiendo-. Te lo he dicho, cuando llamé desde el autobús me dijeron que el saldo era cer…

En ese momento se oye un click y los tres nos volvemos hacia el monitor.

– ¿Qué ha sido…?

– Allí -digo, golpeando nuevamente la pantalla con el dedo. Señalo la casilla de «Saldo: 4 832 949,55 dólares».

– Por favor, dime que ha aumentado -dice Charlie.

– ¿Alguno recuerda lo que decía antes de que…

Click.

«Saldo: 4 925 204,29 dólares.»Ninguno de nosotros dice nada.

Click.

«Saldo: 5 012 746,41 dólares.»

– Si abro más la boca mi barbilla chocará contra la alfombra -dice Charlie-. No puedo creerlo.

– Déjame ver -digo, apartando a Charlie de su asiento. Por una vez, no se resiste. En este momento está en mejor posición llevando la escopeta.

Muevo el cursor hacia arriba hasta la sección «Depósitos» y estudio los tres nuevos ingresos en la cuenta:

«63 672,11: transferencia electrónica desde la cuenta 225751116.

»92 254,74: transferencia electrónica desde la cuenta 11000571210.

»87 542,12: transferencia interna desde la Cuenta 9008410321.»

Entrecierro los ojos y aprieto los labios con fuerza.

– Así estudia las cuentas de mamá -le dice Charlie a Gillian.

Me inclino hacia adelante y palmeo la esquina superior del monitor. No pienso dejar que se me escape.

– No, no me digas que él… -me interrumpo y vuelvo a comprobar los números.