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– ¿Qué? -pregunta Gillian.

No le respondo. Sacudo la cabeza, perdido en la pantalla, buscando más datos activo la casilla marcada «Depósitos». Se abre una ventana más pequeña y me encuentro mirando toda la historia contable de Martin Duckworth. Todos los ingresos registrados desde el principio hasta…

– ¿Cómo demonios pudo…? No es posible… -balbuceo, pasando las pantallas digitales de su cuenta bancaria. Cuantas más pantallas examino, más extensa es la cuenta. Ingreso tras ingreso. Sesenta mil, ochenta mil, noventa y siete mil. Los ingresos no parecen tener fin. Tengo esa conocida sensación de vacío en el estómago. No tiene sentido…

– ¡Dilo de una vez! -implora Charlie.

Me vuelvo, sorprendido.

– ¿Qué? ¿Has olvidado que nosotros también estamos aquí? -pregunta Gillian, inesperadamente brusca.

Me aparto de la pantalla, olvidándome por un momento del monitor, y dejo que echen un vistazo.

– ¿Veis esto que hay aquí? -pregunto, señalando la casilla correspondiente a «Depósitos».

Charlie pone los ojos en blanco.

– Hasta yo sé cómo funciona una cuenta de depósito, Ollie.

– No se trata del depósito -digo-. Se trata de dónde procede el dinero.

– No entiendo…

Detrás de nosotros se oye el sonido del ascensor y Charlie gira la cabeza hacia las puertas que se abren. Dos mujeres mayores cogidas de la mano salen del ascensor. Nada de qué preocuparse. Al menos, todavía no.

– Comprueba cada uno de los depósitos -digo mientras Charlie vuelve a concentrar su atención en la pantalla-. Sesenta y tres mil… noventa y dos mil… ochenta y siete mil. -Señalo los otros depósitos-. ¿Ves la tendencia?

Charlie entrecierra los ojos.

– ¿Quieres decir aparte de los cubos de pasta que ingresan?

– Observa las cantidades, Charlie. La cuenta de Duckworth ingresa más de dos millones de dólares por día, pero no hay ningún depósito que supere los cien mil dólares.

– ¿Y?

– Y cien mil es también la cantidad límite para que el sistema de verificación contable automático del banco no se ponga en funcionamiento, lo que significa que…

– … cualquier cantidad inferior a los cien mil dólares no se verifica -añade Gillian.

– Ése es el juego -digo-. Se llama smurfïng y consiste en coger la cantidad de dinero que pueda deslizarse por debajo del umbral de verificación contable. La gente lo hace todo el tiempo, especialmente cuando los clientes no desean que les hagamos preguntas molestas acerca de sus transacciones en metálico.

– No veo cuál es el problema. El tío es un smurf.

– No es un smurf. El está smurfing. Smurfing -digo-. Y lo importante es que se trata de la mejor manera de mantenerlo por debajo de la línea del radar.

– ¿Mantener qué por debajo de la línea del radar?

– Eso es precisamente lo que estamos a punto de descubrir -digo, concentrándome nuevamente en la pantalla.

65

Detenida en un atasco de tráfico en Broward Boulevard, Joey extendió la mano hacia el asiento del acompañante, buscó dentro de su bolso y sacó la fotografía en la que aparecían Duckworth y Gillian. A primera vista eran papá y su hija, felices y despreocupados. Pero ahora que ella miraba la fotografía bajo una nueva luz, ahora que ella sabía…

«Maldita sea, es un error de novato», se dijo mientras golpeaba con fuerza el volante. Sostuvo la foto a un palmo de su nariz y no alcanzó a comprender cómo no lo había visto antes. No eran sólo las proporciones desiguales, sino que hasta las sombras eran asimétricas. Duckworth tenía la sombra en el lado izquierdo del rostro; Gillian la tenía en el derecho. Un trabajo hecho deprisa, decidió. Deprisa pero aun así lo bastante correcto como para pasar desapercibido.

Logró aparcar en una zona libre junto a una galería comercial, abrió el ordenador portátil y buscó las fotografías digitales de las oficinas del Banco Greene que había tomado el primer día. De Oliver, Charlie, Shep, Lapidus, Quincy e incluso de Mary. Las repasó una a una, examinando…

– Jodidos cabrones -musitó en cuanto lo vio. Se inclinó hacia la pantalla sólo para asegurarse de que estaba en lo cierto. El pelo era de un color diferente y estaba estirado, pero no había error posible. Allí estaba. Una simple instantánea. Justo delante de sus ojos todo el tiempo.

Joey pisó el acelerador y levantó una nube de polvo a sus espaldas. Su mano fue directamente al teléfono. Marcación rápida.

– Aquí Noreen.

– Necesito que me busques un nombre -dijo Joey.

– ¿Has conseguido algo nuevo?

– En realidad, algo viejo -dijo Joey mientras el coche volaba hacia las oficinas de Neowerks-. Pero si las fichas del dominó coinciden, creo que finalmente tengo la verdadera historia de Gillian Duckworth.

66

– ¿Ves este depósito? ¿El de ochenta y siete mil dólares? -pregunto, señalando a Charlie y Gillian el ingreso más reciente a la cuenta de Duckworth. Antes de que puedan responder, les explico-: Es de la cuenta de Sylvia Rosenbaum. Pero hasta donde soy capaz de recordar, ella la había abierto como un fideicomiso con beneficiarios específicos.

– ¿O sea?

– O sea que una vez cada trimestre, el ordenador realiza de forma automática dos transferencias internas: una transferencia de un cuarto de millón de dólares a su hijo, y una transferencia de un cuarto de millón de dólares a su hija.

– ¿Y por qué esta anciana rica está transfiriendo dinero a la cuenta de mi padre?

– De eso se trata precisamente -aclaro-. Aparte de su familia y el pago anual a sus asesores, Sylvia Rosenbaum no transfiere dinero a nadie. Ni a tu padre, ni a Hacienda, ni a nadie. Ése es el propósito de la cuenta de registro; funciona de forma autónoma y realiza exactamente los mismos pagos cada trimestre. Pero cuando echas un vistazo aquí… -Repaso los datos de la cuenta de Duckworth y señalo uno de los primeros depósitos, otra transferencia de ochenta mil dólares de la cuenta de Sylvia Rosenbaum. Está fechada en junio. Hace seis meses-. Lo veis, esta transferencia tampoco debería estar aquí -explico-. No tiene sentido. ¿Cómo demonios pudo tu padre…?

– ¿Quieres hacer el favor de ir más despacio? ¿Qué quieres decir con no debería estar aquí? -pregunta Charlie-. ¿Cómo puedes saberlo?

– Porque yo soy quien lleva la cuenta de Sylvia Rosenbaum -contesto, haciendo un esfuerzo para no elevar la voz-. He estado comprobando los estados de cuenta de esta mujer desde que entré a trabajar en el banco. Y cuando la comprobé el mes pasado -puedes estar seguro- estas transferencias a la cuenta de Duckworth no estaban ahí.

– ¿Estás seguro de que no se te pasaron por alto? -pregunta Gillian.

– Eso fue precisamente lo que me he preguntado cuando la he visto por primera vez -admito-. Pero luego he visto esta otra… -Activo otra transferencia interna que ha ingresado recientemente en la cuenta de Duckworth. 82 624 dólares desde la cuenta 23274990007.

– 007 -exclama Charlie, leyendo los últimos tres dígitos. No se pierde un detalle.

– Ésa es -replico. Al ver que Gillian está perdida, le explico-. 007 pertenece a Tanner Drew.

– ¿Ése Tanner Drew?

– El mismo, el miembro más reciente de la lista Forbes 400. En cualquier caso, la semana pasada amenazó con hacernos polvo si no transferíamos cuarenta millones de dólares a otra de sus cuentas. Todo eso sucedió el viernes exactamente a las 15.59. Ahora comprobemos la hora en que Tanner Drew realizó esta transferencia a Duckworth…

Gillian y Charlie se inclinan hacia la pantalla. Viernes 13 de diciembre: 15:59:47.

Veo que una gota de sudor se desliza por la patilla de mi hermano.

– No lo entiendo -dice Charlie-. Nosotros éramos los únicos que teníamos acceso a la cuenta. ¿Cómo es posible que transfiriese su dinero a Duckworth?