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Cuando el mensaje acabó, él pulsó la tecla «Borrar», cerró el teléfono y apretó el acelerador. Su intención era permanecer alejado el mayor tiempo posible, pero como siempre decía en el banco, algunas cosas requieren un toque personal.

– ¿Qué quiere? -preguntó Gallo a través de su móvil.

– Agente Gallo, aquí el oficial Jim Evans de la Patrulla de Autopistas de Florida. Acabamos de dar con la pista de ese Volkswagen azul que están buscando. Aparentemente está registrado a nombre de Martin Duckworth…

– Yo le dije que estaba registrado a nombre de Duckworth.

En el otro extremo de la línea se produjo una breve pausa.

– ¿Quiere la información o no, señor? -le desafió Evans.

Esta vez fue Gallo quien permaneció unos segundos en silencio.

– Dígame qué es lo que tiene -dijo finalmente mientras él y DeSanctis volaban por la autopista. Podía oír a Evans que se regocijaba en silencio.

– Incluimos el nombre en SunPass, sólo para echar un vistazo -comenzó Evans-. Aparentemente, hace unos cuarenta minutos, un pase registrado a nombre de Martin Duckworth fue activado en el peaje de Cypress Creek.

– ¿En qué dirección?

– Hacia el norte -dijo el policía-. Si quiere, puedo enviar un par de coches a…

– ¡No les toque! -gritó Gallo-. ¿Lo ha entendido? Se trata de IC… informadores confidenciales…

– Sé lo que es un IC.

– ¡Entonces también sabe que quiero que les dejen en paz!

– Puede hacer lo que le plazca -gritó Evans a su vez-. Sólo recuerde que fueron ustedes quienes se pusieron en contacto con nosotros.

Junto a Gallo, DeSanctis sacudió la cabeza.

– Sigo pensando que no debiste meter a esa gente en esto.

– Merecía la pena.

– ¿Por qué? ¿Sólo para confirmar que ella se dirigía hacia el norte?

– No, para confirmar que no se dirigía hacia el sur.

Asintiendo para sí, DeSanctis se frotó la nuca, donde un fino vendaje blanco cubría el corte que Gillian le había hecho unas horas antes.

– ¿Realmente piensas que ella nos está traicionando?

– Es definitivamente una posibilidad…

– ¿Y qué me dices de ya sabes quién?

– Ni siquiera lo digas -le interrumpió Gallo-. Ella me dijo que cogió un avión a primera hora.

– ¿Y tú le crees?

– Yo no creo a nadie -dijo Gallo-. No después de todo lo que ha pasado; quiero decir, ¿por qué la metió en la casa y ni siquiera nos lo comentó? ¿Qué coño significa eso?

– No tengo ni idea… yo sólo quiero asegurarme de que aún tenemos nuestra pasta.

– No te preocupes por eso… cuando todo esto haya acabado y llegue el momento de dividir a la criatura, te garantizo que nos llevaremos unos cuantos brazos y piernas extra.

– ¿Éste? -preguntó Joey, señalando el ordenador que estaba en el medio.

– No, a la izquierda -contestó la mujer que estaba detrás del mostrador de información.

– ¿Su izquierda o la mía?

La bibliotecaria dudó un momento.

– La suya -dijo.

En la quinta planta de la Biblioteca del Condado de Broward, Joey recorrió la fila de ordenadores hasta llegar al que se encontraba en el extremo más alejado. La máquina que -según la hoja de registro- había sido utilizada recientemente por el señor Sonny Rollins. De las tres sillas que estaban colocadas delante de la mesa, Joey supo cuál era tan pronto como entró en la sala, pero eso no significaba que no debiera volver a comprobarlo. Sólo para estar segura.

– Exacto… ése es -le confirmó la bibliotecaria desde lejos.

Joey apartó las otras dos sillas, y se instaló en la del centro. En la pantalla estaba la página de la Biblioteca del Condado de Broward: «Acceso a Información de Broward», decía en letras negras. Sin perder un segundo, movió el cursor hasta el botón marcado «Historia», el equivalente informático de mirar a distancia una factura detallada de un teléfono de larga distancia. Pulsó rápidamente el ratón y observó cómo se descargaba una lista completa delante de sus ojos. Contenía todos los sitios web que el ordenador había visitado en los últimos veinte días, incluyendo la última página que habían consultado Oliver y Charlie. Comenzando por la parte superior, activó la página más reciente.

En la pantalla aparecieron Mickey y Pluto. «Disney.com – Donde la Magia vive Online.»

– ¿Qué demonios es esto? -pensó para sí.

Activó la siguiente página que aparecía en la lista y encontró más de lo mismo. «Sobre Disney.com… Biografías de ejecutivos… Biografías de ejecutivos para Arthur Stoughton…»

¿Arthur Stoughton?

En ese momento se oyó un pitido agudo y Joey buscó su móvil. Todas las personas que ocupaban la quinta planta se volvieron hacia ella.

– Lo siento… -hizo una seña a los curiosos mientras se colocaba el diminuto auricular en la oreja.

– ¿Aún estás en la biblioteca? -preguntó Noreen.

– ¿Tú qué crees? -susurró Joey.

– Bien, prepárate para empezar a dar alaridos, porque acabo de hablar con tu misterioso amigo Fudge, quien acababa de hablar con una mujer llamada Gladys, quien casualmente es amiga de otra mujer que echa chispas por la forma en que su jefe la trató en la Patrulla de Autopistas de Florida.

– Será mejor que me des buenas noticias -dijo Joey.

– Son realmente buenas. Deja que te lo ponga de este modo: por sólo quinientos pavos, la amiga de Gladys incluyó alegremente la palabra «Duckworth» en el sistema informático…

– ¿Y…?

– Y descubrió rápidamente que un pase SunPass registrado a nombre de Martin Duckworth se utilizó por última vez en dirección norte en un peaje de la autopista de Florida.

– ¿Norte?

Directamente delante de ella, Joey contempló el sitio web oficial de Disney, la atracción turística más importante de Orlando. Hacia el norte por la autopista de Florida.

Saltando de su silla, Joey corrió hacia el ascensor.

– ¿Qué estás haciendo ahora? -preguntó Noreen al oír un ruido.

– Noreen… me voy a Disney World.

71

Es el letrero lo que me provoca esto. No los letreros verdes y blancos de la autopista que nos llevan desde la autopista hasta la I-4, o los letreros marrones y blancos que nos guían a lo largo de World Drive. Durante todo este tiempo, Charlie, Gillian y yo hemos mantenido una relativa calma. Conversaciones triviales en el coche, buscar emisoras en la radio, mirar a través de las ventanillas para divisar el famoso parque de atracciones. Es el típico viaje a Disney World. Pero cuando el letrero rosa, morado y azul se eleva en la distancia… cuando las enormes letras azules forman un arco a través de los ocho carriles de una carretera perfectamente asfaltada… cuando aparecen las estilizadas palabras «Reino Mágico» y el coche pasa directamente debajo de ellas, los tres giramos nuestras cabezas hacia el cielo y permanecemos en silencio. Gillian tiene la boca exageradamente abierta. La respiración agitada de Charlie se vuelve lo suficientemente sonora como para que yo lo advierta. Y la tensa excitación en mi propio pecho hace que me sienta como si un elefante acabara de sentarse sobre mi corazón.

Miro a Charlie para asegurarme de que se encuentra bien. Dibuja una sonrisa que sé que es falsa. Yo le sonrío a mi vez, de la misma manera. Hicimos exactamente lo mismo la primera vez que vinimos aquí, cuando él estaba tan excitado que vomitó en la montaña rusa, y yo tenía miedo de encontrarme con el Capitán Garfio. Dieciséis años más tarde, estoy cansado de tener miedo.

Estamos vigilando a Blancanieves. Observando la forma en que se mueve y con quién habla. Me apoyo contra la pared. Gillian está a mi lado, fingiendo mantener una conversación. Charlie, más nervioso de lo habitual, pasea entre la multitud. Pero no hacemos otra cosa que mirar… estudiar… tomar notas mentalmente. Naturalmente, Blancanieves no tiene ni idea de que estamos allí y, mientras permanecemos protegidos por las sombras detrás del Castillo de la Cenicienta, tampoco los chicos que andan a la caza de un autógrafo ni los padres que toman fotografías a todo lo que se mueve y que en este momento la rodean se fijan en nosotros. En ese momento, el enjambre de personas tiene seis niños de profundidad, lo que hace difícil que podamos perderla.