Desde el instante en que entramos en el parque fuimos en busca de los personajes. En Main Street, a través del castillo y hacia la Tierra de la Fantasía. Pero no fue hasta que oímos el grito de un crío de seis años detrás de nosotros, «¡Mamá, mira!», que los tres nos giramos y vimos a la multitud. Allí estaba ella, en el centro de la tormenta: Blancanieves, el personaje más bello de todos. Para los niños, ella había aparecido de ninguna parte. Para nosotros, bueno… ésa es la cuestión. Si quieres encontrar el túnel de los empleados tienes que empezar por los empleados.
Uno por uno, ella permite que cada niño disfrute de su momento. Algunos quieren una firma; los más pequeños simplemente quieren cogerse de su falda y mirarla. A nuestro lado, un adolescente con el pelo como un estropajo lleva una camiseta negra con la leyenda «¿Por qué la llaman Temporada del Turista si no podemos dispararles?» Ése era Charlie cuando tenía quince años. Junto a él, dos hermanos, un chico y una chica, están enzarzados en una batalla a sopapos. Somos nosotros cuando teníamos diez años. Pero cuando Blancanieves les hace una seña, los tres no pueden evitar saludarla. Ocho minutos después de aparecer Blancanieves -justo cuando la multitud alcanza su masa crítica- un muchacho con un polo Disney se dirige hacia la parte posterior de la multitud y da la señal. Blancanieves alza la vista, pero nunca se sale de su personaje. Eso ha sido todo. Retrocede mientras lanza besos de despedida a la multitud; deja bien claro que ha llegado la hora de hacer mutis por el foro.
– ¿Por qué se marcha? -pregunta una chica de pelo rizado, obviamente disgustada.
– Llega tarde a su cita con el Príncipe Encantado -anuncia el muchacho del polo Disney con la mayor simpatía posible.
– Y una mierda -musita Charlie-. He oído que se divorciaron hace años. Ella se quedó con todo salvo el espejo.
Gillian le golpea en el brazo.
– No digas eso sobre…
– Shhhh… Ya vale -les digo.
Se disparan unos cuantos flashes, se firma un último autógrafo y un padre que ruega, «Por favor, sólo una más… ¡Katie, sonríe!», toma una última foto.
Luego, como si fuese una estrella de cine que se despide de sus admiradores, Blancanieves se aleja de la multitud, que sigue protestando hasta que…
– ¡Winnie Pooh! -grita un niño y todo el mundo se gira. A diez metros de distancia aparece mágicamente la familiar figura del oso con la camisa roja e inmediatamente es abrazado por todos los pequeños. Debo concederle a Disney que saben sin duda cómo distraer a la gente. La muchedumbre echa a correr. Nosotros no nos movemos. Y es entonces cuando descubrimos la vieja puerta de madera. Blancanieves y el muchacho del polo se dirigen directamente hacia allí -detrás del Castillo de la Cenicienta, a la izquierda de la fuente de la Cenicienta- justo debajo de los arcos, en la esquina posterior de la tienda del tesoro de Tinker Bell. Por la forma en que se halla apartada del camino principal, es casi como unos lavabos. Pero en ninguna parte dice «Hombres» o «Mujeres». No tiene ningún rótulo. Una vieja puerta sin adornos justo delante de nuestras narices. Perfectamente diseñada para que pase desapercibida.
El muchacho del polo Disney echa una última mirada por encima del hombro y comprueba que no haya curiosos rezagados. Los tres miramos hacia otra parte. Convencido de que nadie está mirando, abre la puerta y acompaña a Blancanieves al interior. Un segundo después los dos han desaparecido.
– Ábrete sésamo -dice Charlie.
– ¿Crees que eso es todo? -pregunta Gillian.
– Esa es la cuestión, ¿verdad? -pregunto, avanzando hacia la puerta.
– ¡Espera! -grita Gillian, cogiéndome de la parte posterior de la camisa-. ¿Qué estás haciendo?
– Buscando algunas respuestas.
– Pero si hay un guardia…
– …entonces diremos, «Vaya, nos hemos equivocado de puerta» y nos marcharemos. -Me libero de su mano y continúo hacia la puerta.
– ¿De pronto te preocupa nuestra seguridad? -le pregunta Charlie.
Gillian no le contesta. Tiene la vista clavada en mí.
– Oliver, esto no es algo que debamos hacer a la ligera -añade cuando doy otro paso.
Pero no la escucho. Acabo de viajar tres horas con la promesa de que recuperaría mi vida. Todo está en esas cintas. No pienso marcharme de aquí sin ellas. Cojo el pomo con fuerza y miro hacia atrás. La muchedumbre sigue concentrada en Pooh. Es ahora o nunca…
Abro la puerta de par en par y me vuelvo hacia Gillian y Charlie. Ambos dudan, pero también saben que no hay demasiadas alternativas. Tan pronto como Gillian da el primer paso, Charlie la sigue. No estoy seguro de si mi hermano sospecha algo de ella o simplemente está asustado. En cualquier caso, los tres nos deslizamos hacia el interior de aquel lugar.
Apenas iluminado por un fluorescente, el rellano de la escalera está oscuro y desierto. Ahí no hay nadie, ni guardias ni rastro de Blancanieves. Compruebo las paredes y el techo. Tampoco hay videocámaras. Tiene sentido cuando lo piensas por un momento: esto es Disney World no Fort Knox.
– Echa un vistazo a esto -susurra Charlie, mirando por encima de la barandilla de metal que hay a nuestra izquierda.
Me coloco entre Gillian y él para comprobarlo con mis propios ojos: escaleras pavimentadas que descienden serpenteando cuatro plantas. La entrada al subterráneo.
– Si tuviese seis años, ¿sabes las pesadillas que me provocaría esto? -pregunta Charlie.
No le contesto y comienzo a bajar la escalera. No puede estar demasiado lejos.
– Tómatelo con calma -me advierte Gillian mientras descendemos en espiral hacia las profundidades.
Al llegar abajo nos encontramos con otra puerta, pero a diferencia de la que había arriba, ésta no hace juego con el ambiente medieval de los Tesoros de Tinker Bell. Se trata simplemente de una puerta estándar, corriente. La abro y asomo la cabeza a un pequeño pasillo. A mi derecha, perpendicular a nosotros, docenas de personas se cruzan en un pasillo más grande. Disfraces brillantes pasan rápidamente ante nosotros. El eco de las voces rebota en el cemento. Aquí está la acción. Es hora de participar en ella.
Apartándome de la escalera, echo a andar por nuestro pasillo y giro bruscamente a la izquierda en el pasillo principal, donde estoy a punto de chocar con una chica muy delgada que lleva un disfraz de Pinocho, excepto por la cabeza del muñeco.
– Cuidado -me previene mientras piso sus enormes zapatos de gomaespuma.
– Lo lamento… -Recupero el equilibrio, paso junto a la chica y veo a Blancanieves a su derecha, pero es alguien diferente, con el pelo castaño recogido en la nuca, una peluca negra en la mano y chicle en la boca.
– Kristen, ¿participas en el desfile esta noche? -pregunta Blancanieves, enmascarando sin demasiado éxito su acento de Chicago.
– No, ya he terminado por hoy -contesta Pinocho.
Me vuelvo cuando pasan a mi lado, pero advierto que Charlie y Gillian me observan fijamente.
«Por favor… tómatelo con calma», me suplica Charlie con la mirada, claramente acobardado.
Asiento y continúo avanzando por el pasillo. Ambos me siguen a pocos pasos, pero saben lo que se necesita para ser invisibles. Hazlo rápido y nunca dejes de moverte. Es igual que cuando conseguía meter a Charlie a hurtadillas en las películas prohibidas para menores. En el momento en que tienes el aspecto de que la cosa no va contigo, pues la cosa no va contigo.
Al llegar a lo que parece ser un túnel subterráneo para peatones, echo un vistazo al pasillo de cemento, que tiene aproximadamente el ancho de dos coches. Somos engullidos inmediatamente por la colorida marea de empleados de Disney que llevan toda clase de prendas, desde botas vaqueras y sombreros de la Frontera, hasta camisas plateadas y futuristas de la Tierra del Mañana, y las simples camisas con cuello y sin adornos del personal de conserjería. Me quito la corbata, la guardo en el bolsillo y me desabrocho el botón superior de la camisa. Soy sólo otro empleado de Disney camino del vestuario.