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– Enemigos a las diez -me advierte Charlie.

Siguiendo esa dirección alzo la vista hacia la izquierda y diviso a dos policías que patrullan el túnel. Mierda. Llevo la mano instintivamente hacia la parte posterior de mis pantalones y compruebo que el arma de Gallo aún sigue ahí. Por si acaso.

– No están armados -añade Charlie, sabiendo lo que estoy pensando.

Cuando la policía de Disney se acerca a nosotros, me doy cuenta de que tiene razón. Llevan placas de metal y camisas azules, pero hasta ahí llega el uniforme. Echo un rápido vistazo a sus pistoleras. Ninguno lleva armas. Aun así, ello no significa que podamos enfrentarnos a ellos. Cuando uno de ellos mira en mi dirección, bajo la vista al suelo. Concéntrate en lo tuyo, no levantes la vista, me digo. Treinta segundos bastan. Los polis se alejan sin volver a mirarnos y alzo la cabeza para encontrarme nuevamente con el laberinto. El problema es que no tengo la más remota idea de adónde voy.

Acelero el paso y trato de cubrir la mayor distancia posible, avanzando por el amplio pasillo, inhalando el aire húmedo y subterráneo. Por la cinta color morado desteñido que cubre la mitad inferior del pasillo, yo diría que este lugar no ha recibido una mano de pintura en los últimos diez años. Tal vez se trate del cuartel general de todos los empleados del Reino Mágico, pero igual que la moqueta industrial barata que utilizamos en las zonas del banco no destinadas a los clientes, Disney mantiene su dinero perfectamente controlado. Con todo, los tornillos y las tuercas del parque se encuentran sin duda en este lugar: conductos del aire acondicionado encima de nuestras cabezas, tuberías a lo largo de las paredes y puerta de metal tras puerta de metal marcadas con rótulos como «Mantenimiento», «Control de residuos/AVAC» y «Peligro: Alto Voltaje». Justo encima de nosotros, los niños abrazan al bueno de Pooh, y los padres se maravillan ante la limpieza que exhibe el paraíso. Aquí abajo, Pinocho es una chica y el conducto de los desperdicios retumba de tal manera que lo sientes en los dientes. Ese es el material de la magia.

A mi derecha, un hombre negro vestido como un pájaro Tiki sale por una puerta que lleva el rótulo «Escalera n.º 5: La leyenda del Rey León». Un poco más adelante, de la «Escalera n.º 12: La vieja tienda de Navidad», sale un duende femenino rubio. Cada tres metros, la gente parece salir de ninguna parte y, no importa la tranquilidad que yo quiera aparentar, no puedo despojarme de la sensación de que estamos empezando a descubrirnos. Examino las tuberías que cubren el techo y busco cámaras de seguridad. Si alguien está vigilando, el tiempo se nos acaba. Y lo peor de todo, el tiempo corre a ciegas. Tres ratones ciegos.

Cuanto más avanzamos, más puertas de metal nos vemos obligados a atravesar; cuantas más puertas pasamos, más parece curvarse el pasillo; cuanto más se curva el pasillo, más intensa es la sensación que tengo de estar caminando en círculos. «Mantenimiento Oeste del Parque»… «Primeros auxilios»… «Área de descanso»… ¿Dónde diablos está el ACS?

– Esto es ridículo -dice Gillian finalmente-. Tal vez deberíamos separarnos.

– No -decimos Charlie y yo al unísono. Pero es evidente que necesitamos cambiar de estrategia.

Un poco más adelante, una mujer mayor vestida de peregrina sale de una habitación que lleva el rótulo de «Personal». Aparenta unos cincuenta años. Le hago señas a Charlie; él sacude la cabeza. Cuanto más mayores sean, más probabilidades hay de que nos pidan la tarjeta de identificación de Disney. Detrás de la peregrina hay una chica con tejanos y una camiseta Barnard. Charlie asiente. No es el mejor plan, pero debemos hacer algún movimiento. Ambos sabemos quién es el mejor cuando se trata de desconocidos.

– ¿Puedo hacerte una pregunta estúpida? -dice Charlie, acercándose a la señorita Barnard mientras trata de incrementar su encanto-. Habitualmente trabajo en EPCOT…

– Por eso te dejan conservar el pelo teñido -le interrumpe la chica.

Imperturbable, Charlie se echa a reír.

– ¿Por aquí no te dejan llevar el pelo teñido? -pregunta, pasándose la mano por los mechones rubios. Trata de parecer relajado, pero desde donde me encuentro con Gillian puedo ver el brillo del sudor en su nuca.

– ¿Estás de guasa? -pregunta ella -. Es una mala imagen.

– Sí, bueno, hay mucho que decir acerca de la mala imagen -bromea Charlie nerviosamente-. En cualquier caso, me han enviado aquí abajo para recoger algo de un lugar llamado DACS…

– ¿DACS?

– Creo que es una especie de sala de ordenadores.

– Lo siento, nunca he oído hablar de ese lugar -dice ella mientras yo me muerdo el interior del labio-. Pero si quieres puedes buscarlo en el plano.

«¿Plano?»

La chica señala por encima de su hombro. A la vuelta del pasillo desde «Personal».

– Eso sería genial -dice Charlie, dirigiéndose hacia allí-. Y si algún día te acercas por EPCOT…

«¡No bromees con ella!»

– … yo me encargo de la visita de la pelota de golf gigante.

– De acuerdo -dice ella con una amplia sonrisa Disney.

Charlie se despide agitando la mano; la señorita Barnard regresa al laberinto. Cuando se ha marchado, los tres giramos en la esquina del pasillo. Ahí está el plano mural. «Plano del Reino Mágico.»Estudio la disposición del parque y busco el signo de «Usted se encuentra aquí». Los túneles parten desde el Castillo de la Cenicienta como los rayos de una rueda y van por debajo de prácticamente todas las atracciones principales. Finalmente, el trazado recuerda la esfera de un reloj. La Frontera está a las nueve. La Tierra de la Aventura se encuentra a las siete. Para facilitar aún más las cosas, cada zona lleva un código de color. La Tierra del Mañana es azul, la Tierra de la Fantasía es morada. Nos encontramos en Main Street -violeta oscuro- que se corresponde con la tira del mismo color que recorre la pared. Posición seis en punto. Los Tesoros de Tinker Bell están a las doce. Hemos recorrido medio reloj.

Ya te he dicho que estábamos caminando en círculos -dice Gillian.

– Y mira lo que tenemos en el extremo del pasillo… -añade Charlie. Señala con el dedo hacia la parte superior del plano. Las letras saltan prácticamente de la pared y me muerden la garganta. DACS.

Justo delante de nosotros.

72

Nos abrimos paso entre dos princesas, Cruella De Vil, un ingeniero de ferrocarriles, y Piglet; voy delante de Charlie, pero siguiendo los pasos de Gillian, quien no parece tener ningún problema para pasar entre las docenas de los miembros del reparto de personajes que salen del área señalada como «Zoo de Personajes». A nuestra derecha, ella comienza a ascender por una breve rampa enmoquetada que conduce a una puerta cristalera. En grandes letras negras dice «Central DACS».

– ¿Estás seguro de que quieres ir solo? -me pregunta Charlie, ralentizando el paso deliberadamente. No hay ninguna duda de quién de los dos es más veloz. Sólo trata de mantenerse a mi lado.

– Estaré bien -insisto.

Charlie, sorprendido por mi tono, me estudia cuidadosamente.

– Ahora eres tú el que se está poniendo arrogante.

– No soy arrogante. Es sólo que… sé lo que estoy haciendo.

Charlie sacude la cabeza. No le gusta estar del otro lado.

– Sólo ten cuidado, ¿de acuerdo?

– De acuerdo. Tendré cuidado.

Cuando alcanzamos la rampa, Gillian está estudiando con mucho cuidado el escáner de huellas dactilares que se encuentra junto al intercomunicador fuera del DACS. Charlie se pone tenso. De todas las puertas que hemos atravesado hasta ahora, ésta es la única provista de algún tipo de sistema de seguridad.