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– ¿Acaso hay alguien que ya no tenga uno de estos chismes? -pregunta ella, apretando algunos de los botones del escáner.

– No lo toques -le advierte Charlie.

– No me digas lo que debo hacer -añade ella.

Charlie sabe cómo hacer las cosas para no meterse en una pelea.

– Sólo debes llamar al timbre -dice.

Gillian le atraviesa con una mirada que a Charlie le seguirá doliendo mañana por la mañana. Estoy a punto de intervenir, pero ya no estoy seguro de lo que debo decir. Cuanto más cerca nos encontramos de esas copias de seguridad, más próximos a explotar están Charlie y Gillian.

– Vuelve a pulsar el timbre -le ordena Charlie.

– Ya lo he hecho -responde ella secamente.

– ¿De verdad? ¿Entonces cómo es que nadie responde?

Ella pone los ojos en blanco y vuelve a pulsar el botón.

– ¿En qué puedo ayudarle? -se oye la voz estridente de una mujer a través del intercomunicador.

– Hola, soy Steven Balizer… de la oficina de Arthur Stoughton -digo, recurriendo una vez más al nombre de los peces gordos.

– ¿Extensión? – pregunta la mujer.

– 2538 -contesto, rogando recordar correctamente el número directo de Balizer.

Miro a través del cristal translúcido con los ojos entrecerrados y alcanzo a ver a la mujer que me mira desde su escritorio. Gracias al cristal ahumado, sin embargo, sólo soy para ella un bulto amorfo con el pelo negro. Sonrío y le obsequio con mi mejor saludo de mosquetero.

Se produce una breve pausa, seguida del zumbido de un timbre eléctrico.

Detrás de mí, Gillian está a punto de abrir la puerta, pero interrumpe el gesto un instante después. No es ella quien entrará en ese lugar.

Yo avanzo y Charlie y Gillian retroceden.

– ¿Estás preparado? -pregunta ella.

– Eso creo.

– ¿Y sabes dónde debes reunirte con nosotros? -pregunta Charlie, caminando de espaldas por la rampa.

Asiento y me dirijo resueltamente hacia la puerta. Cuanto más tiempo permanezca aquí fuera, más sospechosa será mi actitud.

– A por ellos, hermano -musita Charlie mientras hago girar el pomo. Justo cuando estoy a punto de entrar, echo una última mirada por encima del hombro. Charlie y Gillian ya han desaparecido, perdidos entre la multitud de capitanes fluviales y hadas madrinas.

– ¿Cómo se encuentra hoy? -me dice una dulce voz maternal desde el interior de la habitación.

Siguiendo el sonido hasta el escritorio de recepción, veo a una mujer menuda que lleva gafas con montura de plástico y una blusa de la Sirenita recamada. Pero cuando me aproximo al escritorio, miro a mi izquierda y descubro los servidores informáticos y las pantallas de vídeo que cubren las otras tres paredes. En el centro de la habitación, los servidores forman pasillos como en las bibliotecas y cubren la mayor parte del suelo a cuadros marrón y blanco. Sólo por el tamaño -cada servidor me llega casi a la cabeza- me recuerdan a un viejo sistema estereofónico, o a una de esos enormes superordenadores que se veían en las viejas películas de la NASA.

Por supuesto, mis ojos se dirigen directamente a la fila de equipamiento más antiguo. En la parte frontal de cada pequeña vitrina hay una etiqueta inconfundible: «Es un mundo muy pequeño… Carrusel de progreso… Piratas del Caribe… Peter Pan…» Cada atracción en su propio ordenador antiguo. Irreal.

Disponen de un sistema informático que percibe las nubes de tormenta de modo que saben cuándo deben sacar los paraguas y las sombrillas, pero cuando se trata de sus atracciones más famosas, en Disney siguen conduciendo un viejo Studebaker.

– Asombroso, ¿verdad? -pregunta la Sirenita-. Pero si no está…

Asiento y me vuelvo hacia su escritorio.

– ¿Qué puedo hacer por usted? -añade.

– Llamé hace aproximadamente una hora; he venido a buscar esas copias de seguridad para Arthur Stoughton.

La mujer busca en una pila de papeles que tiene encima del escritorio.

– ¿Y recuerda con quién habló sobre ese asunto en particular?

Echo otro rápido vistazo alrededor de la habitación. A mi derecha hay una puerta cerrada. La placa dice Ari Daniels. Por debajo de la puerta no se ve ninguna luz.

– Era con A. Andre… Ari…

– Típico de Ari -se queja la recepcionista-. Ya se ha marchado.

– ¿Entonces cómo podría…?

– Le enseñaré cómo debe hacer para buscar un documento. Sólo necesito su identificación.

Me palpo el pecho, luego el bolsillo de la camisa, luego los bolsillos traseros de mis pantalones.

– Vaya, no me digas que… -Saco la billetera y finjo una búsqueda frenética-. Tengo la tarjeta en mi mesa… se lo juro… puede llamarles ahora mismo. Extensión 2538. Es sólo que… cuando Stoughton pierde los nervios… usted no puede entenderlo… si no conseguimos volver a cargar esta información, él…

– Relájate, cariño, yo tampoco quiero sufrir una jaqueca.

La mujer aparta la silla del escritorio, pasa por delante de la mesa y se dirige hacia las puertas cristaleras dobles en la esquina derecha de la habitación. Incluso en Disney World todo el mundo teme al jefe.

A través del cristal se puede ver el sueño húmedo de un chiflado de los ordenadores. Armarios color beige llenos de ordenadores y servidores de última generación cubren las paredes. Bobinas de cables rojos y azules sin cortar serpentean en el suelo. Y, en el centro de la habitación, en un banco de trabajo estilo laboratorio hay seis ordenadores, dos ordenadores portátiles, una docena de teclados, suministros eléctricos para copias de seguridad, y un montón de chips de memoria dispersos. Olvídate de los antiguos equipos que hay en la entrada, es aquí donde la Disney se gasta la pasta. Cuando entramos en la habitación, dos técnicos -uno grueso, el otro delgado, ambos asombrosamente bien parecidos- están inclinados sobre un monitor de pantalla extra plana. La recepcionista les saluda con la mano. Ninguno levanta la vista.

– Muy agradables -musito.

– Es por eso que no permitimos que se acerquen a los invitados.

A medio camino de la pared de la derecha hay un armario con el rótulo «Suministros». Encima del pomo de la puerta cuento tres cerraduras. La última es un teclado con código secreto. Igual que La Jaula. Suministros, ¡la hostia!

– Aún no comprendo por qué no guardan estas cosas en el Área de Servicio Norte -se queja mientras saca un manojo de llaves e introduce el código secreto en el teclado de la cerradura de seguridad.

– La mayor parte se encuentra allí -digo, comprobando que los tíos del departamento técnico no están mirando-. Sólo que es más seguro guardar aquí el material diario.

Al girar el pomo, la puerta se abre de par en par. En el interior de la habitación hay dos estanterías metálicas con cientos de cintas grabadas. Cintas que queremos; cintas que conseguiremos. En total debe de haber unas cuatrocientas, todas colocadas de lado, de modo que sólo sobresalen los lomos de las cintas. Al principio parece que se trata de casetes pequeños y cuadrados, pero al acercarnos compruebo que son más bien como las cintas de audio digitales que Charlie solía traer a casa de sus viejas sesiones de grabación.

– ¿Qué es exactamente lo que está buscando? -pregunta la recepcionista.

– El… Intranet -digo, tratando de no parecer excesivamente abrumado.

La mujer recorre con las yemas de los dedos las etiquetas impresas con láser que están sujetas con celo en los bordes de cada estantería. «Alien Encounter… Buzz Lightyear… Country Bear Jamboree…»

– Dis-web 1 -anuncia, señalando una colección compuesta por siete cintas. El lomo de cada caja está rotulado con un día diferente de la semana, de lunes a domingo.

– ¿Qué día necesita?