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Si tuviese la posibilidad de hacerlo, me las llevaría todas, pero por ahora me conformaré con una.

– Ayer -le digo-. Exactamente ayer.

La mujer saca la cinta marcada «Miércoles», comprueba que la cinta esté en el interior del estuche de plástico, luego descuelga una tablilla sujetapapeles que está unida con velero al lado de la estantería.

– Rellene esto -dice, entregándome la tablilla y la cinta-. Y no olvide incluir su extensión.

Mi mano envuelve la caja de plástico que protege la copia de seguridad y tengo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma. Hay muchas cosas que hacer antes de que…

En la habitación de enfrente se oye claramente un zumbido. Alguien llama al timbre.

Siento un dolor en la ingle. Empiezo a garabatear el papel tan rápido como puedo.

– Chicos, ¿alguno de vosotros puede encargarse de la puerta? -les dice la recepcionista a los dos técnicos.

Ninguno de los dos levanta la vista.

El timbre vuelve a sonar y mi guía pone los ojos en blanco con una expresión de fastidio.

– Perdóneme un momento -dice y se aleja hacia su escritorio.

Solo en el pequeño gabinete, asomo la cabeza y trato de oír quién ha llegado. No hay discusiones ni alboroto. Todo está en orden. Echo un vistazo por encima del hombro a las otras seis cintas. El resto de la prueba y la única manera de estar absolutamente a salvo.

Miro por última vez a los dos técnicos. No parece importarles nada que no sea su trabajo. Entonces me vuelvo hacia las cintas. Si quiero resolver este asunto, debo darme prisa.

Cojo de la estantería la cinta que dice «Martes», abro la caja, guardo la cinta en el bolsillo y vuelvo a dejar la caja vacía en el estante. Recorro toda la semana repitiendo la misma acción con el resto de las cintas hasta tener los bolsillos llenos. Cuando he terminado, cojo la cinta del Miércoles y…

– ¿Steven…? -me llama la recepcionista desde la otra habitación.

– ¡Ahora estoy con usted! -contesto, saliendo rápidamente de la pequeña habitación al oír mi nombre falso. Tratando de no parecer demasiado excitado, atravieso las puertas cristaleras y regreso tranquilamente a la recepción.

– Justo a tiempo -dice ella-. Tus amigos están aquí.

Giro en la esquina de la habitación y me detengo. Mis manos se convierten en dos puños.

– Sólo queríamos asegurarnos de que estabas bien -tartamudea Charlie.

– Sí -añade Gillian. Ambos están de pie junto al escritorio de la recepcionista, pero ninguno de los dos se mueve.

«¿Qué estáis haciendo aquí?», le pregunto a Charlie con la mirada.

Él sacude la cabeza, negándose a responder.

– De modo que parece que esta noche celebran una fiesta por todo lo alto -dice la recepcionista.

«¿Fiesta?»

Y es entonces cuando les veo. Aparecen de pronto detrás de Charlie y Gillian. Oh, Dios.

– ¡Ése es nuestro muchacho! -exclama Gallo, avanzando con una amplia e inquietante sonrisa-. Empezábamos a estar preocupados por ti.

73

Al comprobar la expresión de miedo en el rostro de Charlie, Gallo me rodea con un poderoso abrazo de oso, ciñéndome deliberadamente para que pueda sentir la presión de su arma contra mi pecho.

– Que te jodan, Oliver -susurra en mi oído.

– Supongo que has encontrado lo que necesitabas -añade DeSanctis, con el mismo acento jovial.

– Por supuesto que lo ha encontrado -dice Gallo al descubrir la cinta del miércoles que llevo en la mano-. Por eso es el mejor empleado de Disney. ¿No es verdad… Steven? -Pronuncia el nombre con su sonrisa de roedor y luego extiende la mano abierta entre ambos-. Ahora veamos lo que tienes ahí, compañero…

Me vuelvo hacia Charlie pensando en el arma que llevo en la parte posterior de los pantalones. Directamente detrás de Gillian y él, DeSanctis se acerca aún más a ellos. No puedo verle las manos. El estómago de Charlie se encoge hacia adelante, como si alguien estuviese apoyando algo en su espalda.

– No quisiera interrumpir -dice la recepcionista, evidentemente desconcertada-, ¿pero a qué departamento han dicho que pertenecían?

– No se preocupe, aquí todos somos amigos -bromea Gallo, sin apartar sus ojos de mí-. Ahora echemos un vistazo a esa cinta.

Pero yo no se la doy. Gallo me la arranca de las manos. No me resisto demasiado… no con un arma clavada en la espalda de Charlie.

– ¿Hombre, por qué has cogido sólo la del miércoles? -pregunta Gallo, leyendo el día en el lomo-. Pensé que habías dicho que también necesitábamos las cintas de toda la semana… -Señalando hacia la recepcionista, añade-. ¿Puede ayudarnos a encontrar las que faltan?

La Sirenita, con los nervios a flor de piel, comienza a sentir pánico.

– Lo siento, señor, pero no puedo hacer nada hasta que no vea su identificación.

– Es que me la he dejado en la otra chaqueta -dice Gallo-. Pero puede utilizar la de nuestro amigo Steven.

– En realidad, no puedo hacerlo -contesta la mujer.

– Por supuesto que puede. Ya le ha permitido que cogiera la cinta que…

– No puedo hacerlo, señor. Y puesto que ésta es un área de acceso restringido, si no tiene su identificación, tendré que pedirles que se marchen.

– Solamente estamos buscando el resto de las cintas -dice Gallo, tratando de mantener la situación en un tono amable.

– ¿Ha oído lo que acabo de decir, señor? Me gustaría que se marchara.

Gallo tensa la mandíbula. Su voz es puro papel de lija.

– Y a mí me gustaría que se comportase como una buena empleada y nos consiguiera lo que hemos venido a buscar.

– Muy bien, se acabó -dice la recepcionista mientras levanta el auricular del teléfono-. Pueden continuar esta discusión con Seguridad. Estoy segura de que a ellos les encantará…

Gallo saca violentamente su credencial del servicio secreto y la sostiene delante de las narices de la mujer.

– Aquí tiene mi identificación. Ahora, por favor, cuelgue el teléfono y consíganos esas cintas.

Los ojos de la mujer van de la credencial a Gallo, y luego a la credencial.

– Lo siento, pero tendrán que hablar con un supervisor…

– Me parece que no lo entiende -dice Gallo. Saca el arma de su chaqueta y apunta directamente entre los ojos de la recepcionista-. Cuelgue ese jodido teléfono y busque las cintas.

La recepcionista deja el auricular y las lágrimas le bañan el rostro.

– Tengo un niño de cuatro años…

– ¡Las cintas! -grita Gallo.

Las manos de la mujer tiemblan visiblemente cuando las alza a la altura de la cabeza.

– Están en la otra habitación -balbucea.

– Muéstrenos dónde -le exige Gallo. Hace una seña a DeSanctis y añade-. Ve con ella.

Apartando a Charlie y Gillian, DeSanctis pasa entre ellos empuñando su pistola. Cuando la recepcionista ve el arma, las lágrimas Huyen más rápido.

– Una sonrisa de Mickey Mouse, quiero una bonita sonrisa de Mickey Mouse -le advierte DeSanctis, obligándola a dominarse mientras la empuja hacia las puertas cristaleras en la parte posterior de la habitación.

– Ven aquí… -dice Gallo, cogiéndome de la pechera de la camisa y empujándome hacia Charlie y Gillian. Tropiezo con mi hermano. Nuestras miradas se cruzan.

«Las cintas no están allí, ¿verdad?», pregunta Charlie con una mirada.

Paso la mano por el bolsillo trasero del pantalón. Gillian advierte el movimiento y sonríe.

– Quietos -insiste Gallo cuando recupero el equilibrio y me coloco junto a Charlie. Gallo me apunta con su arma, luego a Charlie, pero en ningún momento a Gillian, quien tiene la vista fija en el suelo.

– ¿Estás bien? -susurro.

– ¿Qué has dicho? -pregunta Gallo.

– Le he preguntado si estaba bien -digo.

Gallo se echa a reír.

– ¿Qué?

Pero Gallo no puede parar de reír. La boca se le abre de oreja a oreja.

– Aún no lo sabes, ¿verdad?