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—¿Por qué? —volví a preguntarle a Elizabeth.

Pero Elizabeth, con su mano izquierda libre, alcanzó la botella de Paga que Kamchak había dejado a un lado, y sin calcular las consecuencias de su acción bebió unos cinco grandes tragos de Paga. Cuando pude arrebatarle la botella, sus ojos se abrieron como platos, y luego empezó a pestañear. Exhaló con lentitud como si en lugar de aire sacara fuego y después su cuerpo se agitó violentamente, en una reacción tardía. Era como si le pegara alguien invisible. De ahí pasó a unas toses espasmódicas, que parecían hacerla sufrir hasta tal punto que temí que se ahogara y empecé a darle palmadas en la espalda. Con eso pareció recuperarse y se inclinó hacia delante, jadeando. Yo continuaba sentado con las piernas cruzadas, y la sostenía por los hombros. De pronto, Elizabeth se volvió y se lanzó a mi regazo para quedarse estirada descaradamente sobre mí a pesar de la cadena que le unía el brazo y la pierna. Yo estaba asombrado. Elizabeth me miró y dijo:

—Porque soy mejor que Dina y Tenchika.

—¡Pero no mejor que Aphris! —gritó la turiana.

—Sí —dijo Elizabeth—, mejor que Aphris también.

—¡Levántate, eslín! —dijo Kamchak, que parecía divertido—. ¡Levántate, o para preservar mi honor tendré que empalarte!

Elizabeth me miró.

—Está borracha —le dije a Kamchak.

—A algunos hombres deben gustarles las bárbaras —dijo Aphris.

Puse a Elizabeth otra vez sobre sus rodillas.

—¡Nadie me comprará! —gimió.

Enseguida se produjeron las primeras ofertas por parte de los tuchuks que nos rodeaban, y yo temía que Kamchak se separase de su esclava si las cifras aumentaban.

—¡Véndela! —le aconsejó Aphris.

—¡Tú a callar, esclava! —dijo Elizabeth.

Kamchak estaba a punto de morirse de risa.

Por lo visto, el Paga había surtido sus efectos en Elizabeth Cardwell de manera muy rápida. No parecía capaz de mantenerse erguida sobre sus rodillas, por lo que finalmente le permití que apoyara la barbilla en mi hombro derecho.

—¿Sabes? —dijo Kamchak—. A la pequeña salvaje le sienta muy bien tu cadena.

—Tonterías —respondí.

—Te vi en los juegos —continuó diciendo Kamchak—. Vi que cuando pensabas que atacaban los turianos te preparaste para rescatar a la chica.

—No me habría gustado que dañasen tu propiedad.

—Te gusta esta chica.

—Tonterías.

—Tonterías —dijo también Elizabeth con voz somnolienta.

—Véndesela a él —dijo Aphris entre hipidos.

—Lo único que quieres es ser la primera del carro —dijo Elizabeth.

—Yo la regalaría —adujo Aphris—. Total, solamente es una bárbara.

Elizabeth levantó la cabeza de mi hombro y me miró. Luego, empezó a hablar en inglés:

—Me llamo Elizabeth Cardwell, señor Cabot. ¿Le gustaría comprarme?

—No —respondí en inglés.

—Creía que lo harías —dijo, otra vez en inglés y volviendo a apoyar la cabeza en mi hombro.

—¿No has observado cómo se movía y respiraba cuando le has puesto los aceros de las trabas? —preguntó Kamchak.

—La verdad, no me he fijado —respondí. En realidad, no había pensado demasiado sobre el asunto.

—¿Y por qué crees que te he dejado encadenarla?

—No lo sé.

—Para probarte. Y todo salió como preveía: la has encadenado con mucho cariño.

—Tonterías —respondí.

—Tonterías —dijo Elizabeth.

—¿Quieres comprarla? —preguntó de pronto Kamchak.

—No.

—No —repitió Elizabeth.

Lo último que necesitaba para llevar a cabo mi peligrosa misión era cargar con una chica.

—¿Empezará pronto la representación? —preguntó Elizabeth mirando a Kamchak.

—Sí —respondió él.

—No sé si debo quedarme.

—Permítele que vuelva al carro —sugirió Aphris de Turia.

—Supongo que podré llegar saltando sobre un solo pie —dijo Elizabeth.

Yo dudaba mucho de que eso fuera factible, particularmente en sus condiciones.

—Sí, es probable que lo consigas —dijo Aphris—. Tienes unas piernas muy musculosas.

En mi opinión, las piernas de Elizabeth Cardwell no eran musculosas, pero había que reconocer que era una buena corredora.

—¡Esclava! —dijo Elizabeth levantando la barbilla de mi hombro.

—¡Bárbara! —fue la respuesta de Aphris.

—Suéltala —me indicó Kamchak.

Empecé a buscar la llave de la traba en mi bolsa, pero Elizabeth dijo:

—No, me quedaré aquí.

—Si el amo lo permite —añadió Aphris.

—Sí —Elizabeth le lanzó a la turiana una mirada furiosa—, si el amo lo permite.

—De acuerdo —dijo Kamchak.

—Gracias, amo —dijo Elizabeth educadamente antes de volver a apoyar la barbilla en mi hombro.

—¡Deberías comprarla! —me dijo Kamchak.

—No.

—Te la dejaría a buen precio.

«¡Ah, sí!». Pensé. «¿Un buen precio? ¡Eso me gustaría verlo!».

—No.

—De acuerdo, de acuerdo.

Respiré aliviado.

Más o menos en ese momento apareció la figura de una mujer vestida de negro en los escalones del carro de esclavos. Oí que Kamchak hacía callar a Aphris, y luego le dio un codazo en las costillas a Elizabeth que muy probablemente la sacó de su aturdimiento.

—¡Abrid bien los ojos, miserables calienta cazuelas! —dijo Kamchak—. ¡Abridlos bien y observad, que quizás aprendáis un par de cosas!

Entre la multitud se hizo el silencio. Casi sin querer descubrí en uno de los lados del recinto la presencia de un miembro del Clan de los Torturadores. Estaba seguro de que se trataba del mismo que me había seguido por el campamento.

Pero enseguida me olvidé de este asunto siguiendo la actuación que acababa de empezar. Aphris observaba con mucha atención, y sus labios se habían separado. Los ojos de Kamchak brillaban, e incluso Elizabeth había levantado la cabeza de mi hombro y procuraba incorporarse un poco más sobre sus rodillas para tener una visión más amplia.

La figura de esa mujer envuelta en negro empezó a bajar la escalera del carro. Una vez sobre el suelo se detuvo y permaneció inmóvil durante un largo momento. Y entonces empezaron a tocar los músicos. El primero en hacerlo fue el tambor, que marcó un ritmo como de latidos en frenesí.

La bailarina parecía huir, corría a uno y otro lado siguiendo la música, y evitaba obstáculos imaginarios. Era algo muy bello, que sugería la escapada de una ciudad en llamas, llena de seres que corrían en busca de la salvación. De pronto apareció la figura de un guerrero, apenas distinguible en la oscuridad, cubierto por una capa roja. Imperceptiblemente se fue acercando, y la chica no podía evitarlo, pues allá donde corría encontraba siempre al guerrero. Finalmente, el hombre de la capa le ponía la mano sobre el hombro. La chica echó atrás la cabeza y levantó los brazos, y pareció entonces que todo su cuerpo expresaba desdicha y desesperación. El guerrero la hizo volverse para quedar cara a cara con ella, y en ese momento, con ambas manos, la despojó de la capucha y del velo.

El público gritó entusiasmado.

El rostro de la chica mantenía una expresión estilizada e invariable de terror, pero aun así se hacía evidente que era una belleza. Yo ya la había visto antes, naturalmente, y Kamchak también, pero seguía siendo todo un espectáculo verla a la luz del fuego: su cabello era largo y sedoso, negro, sus ojos oscuros y su piel morena.

Permanecía implorante ante el guerrero, pero él no se movía. Ella se retorcía desesperadamente e intentaba escapar, pero no conseguía liberarse de su presa.

Finalmente levantó las manos de los hombros de la chica, y ésta, mientras arreciaban los gritos del público, se derrumbaba a sus pies, tristemente, para pasar a ejecutar la ceremonia de la sumisión: se arrodilló, bajó la cabeza, alargó los brazos hacia delante y cruzó las muñecas.