—Por lo visto —dije—, Vella desea gustar a su amo.
—No —respondió la chica—. Vella odia a su amo —simuló furia en sus ojos—. La ha humillado. La ha desnudado y le ha puesto el collar de una esclava.
—Naturalmente.
—Además, quizás la fuerce a complacerle. Después de todo, sólo es una esclava.
Me eché a reír.
—Dicen que Vella, aunque ella quizás no lo sepa, está ansiosa por ser una esclava, la esclava total de un hombre..., aunque solamente sea por una hora.
—Eso me suena a teoría estúpida —dije entre risas y dándome palmadas en la rodilla.
—Quizás lo sea —dijo la muchacha encogiéndose de hombros—, pero Vella no lo sabe.
—Probablemente lo averiguará pronto.
—Sí, es posible —sonrió.
—Esclava, ¿estás preparada para darle placer a tu amo?
—¿Tengo alguna otra elección?
—Ninguna.
—Entonces —dijo resignada—, supongo que estoy preparada.
Volví a reír.
Elizabeth me miraba, sonriente. De pronto, puso la cabeza contra la alfombra, justo delante de mí, y oí que decía en un suspiro:
—Vella sólo pide que la dejen temblar y obedecer.
Me levanté y la hice levantarse entre risas.
Ella también reía, mientras permanecía en pie, cerca de mí, con los ojos brillantes. Podía sentir su respiración en mi cara.
—Creo que ahora voy a hacer algo contigo —dije.
Me miró con resignación, y bajó la cabeza.
—¿Cuál será la suerte de tu bella y civilizada esclava? —preguntó.
—El saco de estiércol.
—¡No! —gritó asustada—. ¡No! ¡Haré lo que quieras antes que eso! ¡Lo que quieras!
—¿Lo que quiera? —pregunté entre risas.
—Sí —dijo levantando la mirada y sonriendo—, lo que quieras.
—Muy bien, pues, Vella. Solamente te daré una oportunidad, y si me complaces, esa suerte que parece atemorizarte tanto no será la que merecerás..., al menos por esta noche.
—Vella te complacerá —dijo con aparente sinceridad.
—Muy bien: hazlo.
En aquel momento, recordé cómo se había comportado conmigo hacía un rato. Pensé que era conveniente darle a probar a la joven americana un poco de su propia medicina.
Elizabeth me miraba, sorprendida. Finalmente sonrió:
—Ahora te demostraré que conozco bien el significado de mi collar, amo.
Me besó, de pronto. Fue un beso profundo y húmedo, si bien demasiado breve.
—¡Ahí lo tienes! —dijo riendo—. ¡El beso de una esclava tuchuk!
Sin dejar de reír se volvió, y mirándome por encima del hombro dijo:
—Puedo hacerlo bastante bien, ¿no te parece?
No contesté.
—Supongo que mi amo tendrá suficiente con un beso —dijo en broma.
Estaba bastante embravecido, y mis instintos se habían despertado.
—Las muchachas del carro público —dije— sí que saben cómo besar de verdad.
—¿Ah sí?
—Sí. No son secretarias que pretenden haberse convertido en esclavas.
Sus ojos centellearon al volverse para mirarme.
—¡Prueba esto! —dijo acercándose.
Ahora sus labios se rezagaron en los míos, mientras sujetaba mi cabeza con sus pequeñas manos. El contacto se prolongó, y fue tibio, húmedo. Nuestras respiraciones se mezclaron y saborearon ese momento.
Mis manos sujetaban su esbelta cintura.
—No está mal —dije cuando retiró sus labios.
—¿Que no ha estado mal? —gritó.
Entonces me besó apasionadamente, durante un largo rato, y cada vez con mayor determinación. Primero lo hizo con sutileza, después con ansiedad, luego con dureza, para terminar bajando la cabeza.
Levanté su barbilla con el dedo. Me miró con expresión de enfado.
—Supongo que debería haberte dicho —comenté—, que una mujer sólo besa bien cuando está completamente despierta, después de por lo menos medio ahn, cuando está desvalida y complaciente.
Me miró, airada, y se volvió.
—Eres una bestia, Tarl Cabot —dijo mirándome desde el otro lado de la habitación, con la sonrisa en la boca.
—Tú también eres una bestia —me reí—. Una bestia muy bella, que incluso lleva collar.
—Te quiero, Tarl Cabot.
—Ponte las Sedas del Placer, pequeña bestia, y ven a mis brazos.
El resplandor de un desafío cruzó de pronto sus ojos. Parecía trastornada por la excitación.
—Aunque sea de la Tierra, intenta usarme como a una esclava.
—Si así lo deseas... —dije sonriendo.
—Te demostraré que tus teorías son falsas.
Me encogí de hombros.
—Te demostraré —continuó diciendo— que no se puede invadir a una mujer.
—Me estás tentando a hacerlo.
—Yo te quiero, pero aun así, no serás capaz de invadirme, pues eso es algo que yo no permitiré... ¡No lo permitiré, aunque te quiera!
—Si de verdad me quieres, quizás no desee conquistarte.
—Pero Kamchak, que es un tipo generoso, me hizo venir aquí para que tú me enseñaras a ser una hembra, para que me hicieras esclava, ¿no es así?
—Sí, así lo creo.
—Y eso, en su opinión, y quizás también en la tuya, ¿no es conveniente para mí?
—Quizás, pero no estoy demasiado seguro. Todas estas cuestiones son muy complicadas.
—Bien —dijo Elizabeth entre risas—, ¡voy a demostrar que ambos os equivocáis!
—De acuerdo. Veremos quién tiene razón.
—Pero tú debes prometerme que de verdad intentarás convertirme totalmente en esclava..., aunque sólo sea por un momento.
—De acuerdo.
—La apuesta es la siguiente: mi libertad...
—¿Sí?
—¡Contra la tuya! —exclamó antes de echarse a reír.
—No te entiendo.
—Si pierdes, durante una semana, y en la intimidad de este carro, en donde nadie puede verte, serás mi esclavo. Es decir, que llevarás collar, me servirás y harás lo que yo desee, sea lo que sea.
—No me importan tus condiciones.
—¿Por qué habrían de importarte? De hecho, si no ves inconveniente en que los hombres tengan esclavas, ¿por qué habría de importarte ser el esclavo de una hembra?
—Entiendo.
—Creo que debe ser algo bastante agradable —dijo con sonrisa maliciosa—. Sí, seguro que disponer de un esclavo debe resultar de lo más agradable.
Luego se echó a reír y añadió:
—¡Yo te enseñaré el significado del collar, Tarl Cabot!
—No cuentes tus esclavos antes de haberlos ganado —le advertí.
—¿Haces la apuesta? —preguntó.
La contemplé, y me sorprendió ver que su cuerpo parecía transformado, con todos los sentidos puestos en el desafío. Se notaba en sus ojos, en su postura, en el sonido de su voz... El anillo de su nariz volvió a brillar a la luz del fuego central. También vi el lugar de su muslo en el que no muchos días antes habían presionado de forma tan cruel el hierro candente: al quitarlo, en la piel humeante había quedado marcada la pequeña señal de los cuatro cuernos de bosko. En su bonito cuello vi el duro acero del collar turiano, brillante y cerrado, y pensé que aquel utensilio bárbaro acentuaba su delicada belleza, su tormentosa vulnerabilidad contrastada con la dureza del metal. En aquel collar estaba grabado mi nombre, y proclamaba que ella era mi esclava, si yo lo deseaba. Y esa criatura dulce y orgullosa se mantenía frente a mí, y aunque estaba marcada, aunque le había impuesto el collar, sus ojos brillaban, desafiantes. Sí, era el eterno desafío de la hembra a quien no se ha conquistado, el de la mujer indómita, que provoca al macho para que la toque, para que intente, a pesar de su resistencia, obtener el premio de su rendición, para que la fuerce al sometimiento incondicional, a la más total de las sumisiones: la de la mujer que no tiene otra salida, que ha de reconocerse de la propiedad del que la somete, y que se convierte en su esclava después de haberse sentido prisionera de sus brazos.
Tal como dicen los goreanos, existe una guerra en la que la mujer solamente puede respetar al hombre que le inflige la más absoluta de las derrotas.
Pero en los ojos de la señorita Cardwell, en su actitud, no había nada que hiciera plausible la interpretación goreana. Me parecía que estaba decidida a ganar, que quizás sólo lo hacía para divertirse, pero que quería ganar a toda costa. También contarían en algún sentido sus deseos de venganza por todos los meses y días en los que ella, una muchacha inteligente y orgullosa, se había visto reducida a la condición de esclava. Recordé que había dicho que me enseñaría el significado del collar. Desde luego, si ganaba ella, estaba seguro de que llevaría a cabo su amenaza.