– ¿Quieres hacer algo especial esta noche? -preguntó Rolfe, un joven ex-marinero normalmente sonriente que llevaba un año de policía y que todavía daba muestras de un burbujeante entusiasmo por el trabajo de policía que a Roy le resultaba irritante.
– Nada especial -contestó Roy cerrando el cortavientos al encender un cigarrillo que no le supo bien.
– Entonces vayamos por la Cincuenta y Nueve y Avalon -dijo Rolfe -. Últimamente no Ies hemos hecho mucho caso a las prostitutas callejeras.
– De acuerdo -dijo Roy suspirando y pensando que una noche más y tendría tres libres. Y después empezó a pensar en Alice, la exuberante enfermera que durante seis meses había estado observando salir de la casa de enfrente de la suya pero a la que no había abordado hasta la semana anterior porque ya se sentía satisfecho de la frágil y delicada Jenny, la mecanógrafa que vivía al otro lado del rellano. Jenny estaba siempre disponible y tan a mano y tan ansiosa de amor a cualquier hora, a veces demasiado ansiosa. Insistía en hacer el amor cuando él estaba agotado tras haber trabajado un turno más largo que de costumbre, por lo que cualquier persona sensata hubiera hecho bien yendo a dormir. Él entraba en su apartamento y cerraba sigilosamente la puerta pero, antes de que se hubiera enfundado el pijama, ella ya estaba en su alcoba porque le había escuchado entrar y había utilizado la llave que él jamás hubiera debido darle. Él se volvía entonces de repente al advertir su presencia en la silenciosa habitación y ella estallaba en risas al comprobar que le había sobresaltado. Iba en camisón, no era una muchacha bien formada, estaba demasiado delgada, pero era muy bonita e insaciable. Sabía que tenía otros hombres, a pesar de lo que Jenny le decía, pero le importaba un comino porque ella era mucho para él y, además, ahora que había conocido a Alice, a la lechosa, restregante y enérgica Alice y había gozado de su suavidad una afortunada noche de la semana pasada, ahora tendría que quitarse a Jenny de encima.
– Parece que hay animación esta noche -dijo Rolfe.
Roy deseó que se callara porque estaba pensando en Alice y en sus espléndidos pechos en forma de calabaza que por sí mismos le proporcionaban horas de excitación y admiración. Si Jenny era dos ojos enfebrecidos, Alice era dos pechos tranquilizadores. Se preguntó si habría alguna mujer en la que pudiera pensar como una persona entera. Ahora ya no pensaba en Dorothy. Pero entonces se dio cuenta de que ya no pensaba en nadie como una persona entera. Cari era un boca, una boca abierta que le reprendía incesantemente. Su padre era un par de ojos, que no le devoraban como los de Jenny, sino que le suplicaban, ojos tristes que deseaban que se sometiera a la opresión de su propia tiranía y a la de Cari.
– Si pudiera añadir una S al rótulo de Fehler e Hijo -decía su padre suplicante -. Oh, Roy, daría una fortuna por este privilegio.
Y en su madre pensaba como en un par de manos, manos cerradas, manos húmedas, manos que hablaban y le decían:
– Roy, Roy, casi no te vemos nunca, ¿cuándo volverás a casa, que es el sitio que te corresponde, Roy?
Después pensó en Becky y advirtió que se aceleraban los latidos de su corazón. En ella podía pensar como una persona entera. Parecía tan contenta de verle cuando iba a visitarla. Y no dejaría pasar ni una semana sin verla y que se fuera al diablo Dorothy con su condescendiente prometido porque él no dejaría pasar un solo fin de semana sin ver a Becky. Nunca. Le traería regalos, gastaría el dinero que quisiera y ellos que se fueran al infierno.
La noche iba pasando sin especiales acontecimientos a pesar de que se estaban transmitiendo muchas llamadas de radio a los coches de la Setenta y Siete. Temía pedir la clave siete por miedo a recibir una llamada. El estómago le estaba gruñendo. Hubiera tenido que comer algo a la hora del almuerzo.
– Pide siete -le dijo Rolfe.
– Doce-A-Cinco solicita clave siete en la comisaría -dijo Roy pensando que ojalá se hubiera traído algo más que un bocadillo de queso para comer. Estaban demasiado cerca del día de cobro para poder permitirse pagar la comida. Pensó que ojalá hubiera más sitios para comer en la calle Setenta y Siete. Ya hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que la comida gratis no atentaba contra la profesión. Todo el mundo aceptaba las comidas y parecía que a los propietarios de los restaurantes no les importaba. Deseaban tener policías en su casa, de lo contrarío no lo hubieran hecho. Pero él y Rolfe no tenían ningún sitio donde Ies sirvieran comida ni siquiera con descuento.
– Doce-A-Cinco, continúe la patrulla -dijo la locutora -y encárguense de esta llamada: vean a la mujer, dificultad no determinada, once-cero-cuatro, Calle Noventa y Dos Este, clave dos.
Roy confirmó la recepción de la llamada y se volvió hacia Rolfe:
– ¡Mierda! Me estoy muriendo de hambre.
– Me molestan estas llamadas por dificultades no determinadas -dijo Rolfe -. Siempre me ponen nervioso. Me gusta saber lo que me espera.
– Esta maldita selva -dijo Roy arrojando una colilla por la ventana -. No sales a la hora, te pierdes las comidas, quince llamadas de radio cada noche. Quiero el traslado.
– ¿De veras piensas eso? -preguntó Rolfe volviéndose hacia Roy con una mirada de asombro -. A mí me gusta estar aquí. El tiempo pasa muy rápido. Estamos tan ocupados que ya es hora de irse a casa cuando a mí me parece que acabamos de empezar el trabajo. Toda esta actividad me parece muy excitante a mí.
– Ya se te pasará -dijo Roy -. Gira a la izquierda. Es la Noventa y Dos.
Había una mujer con un limpio turbante blanco en el patio frontal de la casa contigua a la once-cero-cuatro. Rolfe aparcó y ella les hizo nerviosamente señas con la mano al verles apearse.
– Buenas noches -dijo Rolfe mientras se acercaban a la mujer y se ponían los gorros.
– Yo he sido la que ha llamado, señor PO-licía -murmuró ella-. Hay una señora en esta casa que está constantemente borracha. Ha tenido otro niño, un prematuro, un niño muy pequeño, y ella siempre está borracha, sobre todo cuando su marido trabaja y él trabaja de noche.
– ¿La molesta? -preguntó Roy.
– Es el niño, señor PO-licía -dijo la mujer con los brazos cruzados sobre su ancho estómago mirando repetidamente hacia la casa-. La semana pasada dejó caer al niño al suelo. Yo la reñí pero mi marido dice que no es cosa nuestra, pero esta noche estaba en el porche con el niño en brazos y ha estado a punto de caerse otra vez y yo le he dicho a mi marido que iba a llamar a la PO-licía y eso he hecho.
– Muy bien, iremos a hablar con ella -dijo Roy encaminándose hacia la casa de madera de una sola planta rodeada por una cerca de estacas puntiagudas.
Roy subió cuidadosamente por los estropeados peldaños del porche y se apartó a un lado de la puerta, como de costumbre, mientras Rolfe se acercaba al otro lado y llamaba. Escucharon pies arrastrándose y un ruido y volvieron a repetir la llamada. Al cabo de más de un minuto, abrió la puerta una mujer de aceitoso cabello ensortijado y miró a los policías con sus pequeños ojos acuosos.
– ¿Qué quieren? -les preguntó tambaleándose de un lado para otro sin dejar de agarrar la puerta.
– Nos han dicho que tiene usted alguna dificultad -dijo Rolfe con su juvenil sonrisa-. ¿Le importa que entremos? Estamos aquí para ayudarla.
– Ya sé cómo ayuda la PO-licía -dijo la mujer golpeándose el voluminoso hombro contra la puerta al inclinarse repentinamente de lado.
– Mire, señora -maldijo Roy-. Nos han dicho que su niño está en peligro. ¿Por qué no nos enseña si el niño está bien y nos marcharemos?
– ¡Márchense de mi porche! -dijo la mujer y fue a cerrar la puerta y Roy se encogió de hombros mirando a Rolfe porque no podían entrar por la fuerza por el simple hecho de estar la mujer borracha. Roy decidió pararse a comprar una hamburguesa para acompañar el bocadillo de queso que había empezado a mordisquear. Entonces escucharon gritar al niño. No era un simple grito infantil de enojo o molestia, era un grito de dolor o terror y Rolfe ya había franqueado la puerta antes de que el grito se extinguiera. Empujando a la borracha, corrió a través del cuarto de estar en dirección a la cocina, Roy estaba entrando en la casa cuando Rolfe salió de la cocina con un niño increíblemente pequeño en brazos envuelto en una camisa de dormir.