—Ya se les va a pasar —afirmó mi padre dando por terminada la conversación.
No sé, no recuerdo qué otras cosas me regalaron aquel año, sólo recuerdo el compact.
No creo que eso sea importante. La memoria suele tender muchas trampas. Lo que sí es
seguro es que mi padre no quería que yo me acercara a Ezequiel.
Su nombre había sido tantas veces susurrado, tantas otras callado, que se había
convertido en un enigma, en un misterio. Eso siempre es atrayente.
El misterio. Desde los orígenes de nuestra cultura nos alimentamos del misterio, las
religiones de Occidente se basan en él. Están llenas de misterio, de cosas que son
inaccesibles a la razón y deben ser objetos de fe.
En un libro que leí a los diecisiete, pero que me hubiese gustado leer a los doce, dice
algo así como que el hombre necesita del misterio como del pan y el aire, necesita de las
casas embrujadas, de las personas innombrables, de las calles sin retorno que hay que
esquivar.
El misterio.
Ezequiel se acercó.
—¿Seguís siendo hincha de Racing?
—Sí.—Te invito a la cancha el próximo domingo.
* * *
Pasé todo el resto del domingo escuchando Dire Straits, pensando si ir o no a la cancha.
Me moría de ganas, pero ir significaba asumir de una vez por todas que éramos
hermanos para bien o para mal. Significaba que tal vez la confusión volvería. Mi abuela,
antes de irse, me había dicho que tenía que ir, que la pasaría bien, que mi padre no
pondría reparos. Yo no estaba tan seguro.
El lunes en el colegio Mariano estuvo toda la mañana repasando la fiesta como si
hubiese sido la suya, tal vez él la sentía así. Estábamos tanto tiempo juntos desde tantos
años atrás que algunos nos decían los mellizos. Y ante los demás mi cumpleaños era tan
importante como el suyo.Mariano trató por todos los medios de convencerme para ir conmigo a la cancha, pero
afortunadamente no lo logró.
A la tarde, en casa, mi padre me llamó para jugar al ajedrez. Esta vez logré hacerle un
poco más de fuerza y la partida fue más larga.
Al terminar llegó lo que yo estaba esperando.
—Me enteré de que tu hermano te invitó a ver un partido de fútbol —me dijo.
—Si, papá —contesté con mi habitual facilidad de palabra.
—Y vos querés ir —prosiguió.
—Me gustaría mucho.
—Vos sos un chico inteligente, no se te escapará que a esos lugares va cualquier clase
de gente —e hizo una especial entonación en las palabras "cualquier clase"—. Que
además suele haber peleas y mucha violencia.
—Pero, el domingo Racing juega con Platense, no va a pasar nada.
—Noto que ahora sos un especialista en fútbol, yo creí que tanto no te interesaba.
Bajé la vista. No sabía qué responder, nuestras discusiones siempre terminaban así, yo
hacía silencio y bajaba la vista, mi padre no volvía a hablar, luego de unos instantes se
levantaba y daba por acabada la cuestión, siempre a favor suyo.
Pasó un rato más y en el momento que se paró me armé de valor y le dije:
—Pero me va a llevar Ezequiel, él me va a cuidar, no va a dejar que me pase nada.
—Ezequiel...
Y fue él esta vez que hizo silencio y bajó la vista.
—Vos sabes muy bien —dijo luego de un instante—que nosotros no estamos muy de
acuerdo con algunos aspectos de la vida de tu hermano, que estamos... cómo decirlo, un
poco distanciados. Así y todo querés que te deje ir a ver un partido de fútbol con él.
—Si papá, por favor —Y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Me miró un buen rato y dijo:—Está bien, te dejo ir. Pero no pienses que esto termina acá, después del domingo
vamos a tener una larga charla nosotros dos.
Se levantó, empezó a caminar para irse, se dio vuelta y me dijo:
—No te olvides de esto; los hombres son como los vinos, en algunos la juventud es una
virtud, pero en otros es un pecado.
XVII
Ese domingo mi padre me llevó en auto hasta Palermo, donde nos encontramos con
Ezequiel.
No dijo ni una palabra en todo el viaje, pero se deshizo en advertencias cuando llegamos
y ofreció darle plata a Ezequiel para pagarme la entrada.
Una vez que logramos despegarnos de mi padre, que me miraba como si estuviera a
punto de cruzar el océano en bote a remos y sin salvavidas, nos tomamos un colectivo,
el 93, hasta Avellaneda.
Yo no sabía de qué podría hablar con mi hermano, nunca desde que tuve memoria había
estado tanto tiempo a solas con él. La conversación fluyó naturalmente, hablamos del
colegio, de San Isidro y, fundamentalmente, de la abuela y del campo. Ezequiel sabía
cómo manejar la conversación encaminándola naturalmente hacia los temas en los que
yo me sentía cómodo y evitar los que a mí me molestaba tratar.
Cuando nos bajamos del colectivo y empezamos a caminar al estadio, me temblaban las
rodillas de la emoción. Cantidad de personas con banderas, gorros y camisetas, iban en
nuestra misma dirección.
Una vez adentro, superado el impacto de encontrarme de frente con esa mole de
cemento, me impresionó la salida de los equipos con todo lo que trae consigo; los
colores de las camisetas, las medias y los pantalones sobre el verde del césped; los
papeles por el aire; los petardos; y fundamentalmente, el canto de miles y miles de
personas, increíblemente afinado.
En un momento cerré los ojos para poder sentirlo todo sólo con el cuerpo, sin la mirada
que siempre influye en las sensaciones. Los gritos y el cemento vibrando bajo mis pies.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando los abrí los tenía llenos de lágrimas. Mire a
Ezequiel y le dije:
—Gracias. Es fantástico.
Y él me abrazó. Qué bien se sentía. Era la primera vez, que yo recuerde, que nos
abrazábamos.
Empezó el partido, que era por lo que en definitiva estábamos ahí.
Fue lamentable.Parecía que la pelota quemaba, cada jugador al que se le acercaba la pateaba lo más
lejos posible, nadie nunca la puso contra el piso y levantó la cabeza buscando a un
compañero. Todo el tiempo la pelota lejos y arriba. Un espanto.
Terminó 0 a 0.
Nos alejamos del estadio caminando despacio por calles angostas. El sol se ocultaba.
Yo estaba feliz. A pesar del partido, la tarde había sido maravillosa. Íbamos afónicos y
sudorosos.
—Si Racing sigue jugando así, me voy a morir sin verlo salir campeón —dijo Ezequiel.
La muerte. Otra vez el ave de rapiña volando en círculos. La tarde se deshizo en
pedazos. Me pareció que los papelitos que habían saludado la salida de los equipos eran
negros. Y que los gritos de las hinchadas habían sido cantos fúnebres.
La muerte.
Ezequiel me revolvió el pelo con su mano. Debe haber visto mi expresión y se rió a
carcajadas.
—No tenés que ser tan literal. Si Racing sigue jugando así, vos también te vas a morir
sin verlo salir campeón.
Entonces nos reímos juntos.
* * *
Ezequiel me acompañó hasta la puerta de casa y no quiso pasar, argumentó que tenía
que levantarse temprano al día siguiente. En ese momento, me di cuenta de que yo no