sabía nada de su vida, qué hacía, de qué vivía, si trabajaba o no. Mentalmente me lo
agendé para la próxima vez.
Quería que me contara de él.
Cuando entré me recibieron como si efectivamente hubiese cruzado el océano en bote a
remos. Mi madre me preguntó si me había pasado algo, si estaba bien y si tenía hambre.No, si y no fueron mis respuestas respectivas. Mi padre no me preguntó nada. Esperó
que me bañara y luego me invitó a "dialogar".
No podría transcribir aquí ese "diálogo", que no fue tal, sino un monólogo largo, que yo
sólo interrumpí con suplicas y sollozos.
Lo que dijo mi padre ese domingo, que hasta ese momento para mí había sido mágico
fue más o menos lo siguiente. Primero: No dejaba de sorprenderlo mi repentino interés
por el fútbol, eso demostraba que él me había descuidado, cosa que no volvería a pasar.
Pero bueno, él me había inculcado el amor por los deportes y no se opondría a mi
pasión, desde ese momento iríamos juntos a la cancha cada vez que yo quisiera,
obviamente a platea, que es donde va la gente decente y no a la tribuna popular, como
habíamos ido Ezequiel y yo, que es a dónde van los vándalos.
Segundo: Mi relación con Ezequiel. Dado que yo nunca había manifestado interés en
relacionarme con mi hermano, mi padre sostuvo que era mejor continuar así. Como
regalo de cumpleaños era bastante simpático "un compact-disc de música moderna y un
viaje en colectivo hasta Avellaneda para ver fútbol", pero que nuestra relación
terminaba allí. Que no era "sano" para un niño de 11 años andar por ahí con un adulto
de 24, por más que éste fuera su hermano.
Tercero: Él entendía que yo estaba por ingresar a la pubertad, que mi cuerpo estaba
empezando a cambiar, y tal vez tenía alguna duda o pregunta que hacer. Si era por eso,
tenía que confiar en él, después de todo era mi padre, me había dado la vida, me había
educado.
Yo tenía que confiar en él.
Y cuarto: En cuanto a Ezequiel, me prohibía volver a verlo fuera del ámbito familiar.
Todo esto por supuesto "era por mi propio bien" y "más adelante se lo agradecería".
Mi padre como siempre dio por terminada nuestra conversación levantándose y
yéndose.
Yo me quedé sentado en su despacho llorando en silencio un largo rato.
Cuando salí, todos se habían acostado. Eran miles las cosas que no podía entender, lo
único que sentía era que había algo que no encajaba con el mundo.
Y que ese algo era yo.
XVIII
No volví a ver a Ezequiel por meses. Durante ese lapso su figura crecía dentro de mí,
rodeada de un halo de misterio. Misterio que me apasionaba develar. Nunca supe si la
atracción que ejercía sobre mí correspondía al hecho de haber disfrutado su compañía, o
a que mi padre me hubiese prohibido verle.
Lo seguro es, que durante esos meses, no pude tolerar a mi padre.
Nuestra vida circulaba por los caminos habituales, jugábamos al ajedrez, escuchábamos
música clásica, es decir, lo de siempre, pero yo no podía soportar la sola idea de
permanecer en una habitación a solas con él.
No lo odiaba, pero era un sentimiento sumamente confuso. Supongo que hay un
momento de la vida en que nuestros padres se nos revelan tal cual son. Sin secretos. Yo
no podía entender su actitud con Ezequiel, me parecía terriblemente injusto, pero jamás
tuve el valor para preguntarle nada.
Hoy, tantos años después, creo que si le hubiese manifestado lo que me pasaba, la
situación hubiera sido distinta. Pero yo tenía 11 años, él era el adulto, a él le
correspondía dar ese paso. El paso que hay de la autoridad a la confianza.
XIX
Estuve angustiado, sin saber con quién hablar, ni qué hacer. Una tarde vi a mi madre en
el jardín y me acerqué. Cortaba hierbas.
—¿Te ayudo? —le dije.
—Si, claro —contestó, alcanzándome unas tijeras—, corta el tomillo.
Nos quedamos un rato en silencio, envueltos en el perfume de las hierbas. Hasta que le
pregunté.
—¿Por qué nunca hablamos de Ezequiel?
Apoyó las cosas en el piso con mucha calma. Estiró su mano como para acariciarme.
Me miró. Bajó la mano. Luego la vista y dijo en un susurro.
—Hay cosas de las que es mejor no hablar.
XX
Un domingo de diciembre antes de las fiestas, Ezequiel vino sorpresivamente, al menos
para mí, a almorzar a casa.
Lo recuerdo bien. Ese mismo domingo a la tarde Mariano iba a venir a despedirse antes
de las vacaciones. Su familia tiene una casa en Punta del Este y todos los años viajan
antes de la Navidad y pasan allí todo el verano.
En algunos veranos anteriores nosotros pasábamos todo enero con ellos en Punta del
Este, este año sería distinto, mi padre había decidido pasar las vacaciones con la abuela.
—Tengo muchas cosas que hacer en Buenos Aires —dijo—, no puedo darme el lujo de
irme tan lejos. Desde el campo puedo viajar y volver en el día y no descuidar los
negocios. Así que, familia, este año nada de mar.
No sé qué opinaba mi madre al respecto, yo estaba feliz con la posibilidad de pasar todo
el verano en el campo con la abuela.
Así estaban las cosas ese domingo cuando abrí la puerta y me encontré con la figura de
Ezequiel. Nos dimos un abrazo largo, profundo.
—Tenía ganas de verte —le dije en un susurro—, pero papá no me deja.
Me miró y sonrió.
—Después de comer hablamos. —Y entró a casa con un paso seguro.
Yo lo interpreté como una señal de desinterés. No sé qué estaba esperando que hiciera,
tal vez que me rescatara de esa casa donde me sentía profundamente infeliz. Después,
pensándolo bien, me sentí como un imbécil por eso.
El almuerzo transcurrió lentamente, casi sin hablar, o hablando sólo de las vacaciones y
de las fiestas. Ezequiel contó que quería pasar fin de año con nosotros en el campo,
pensaba irse de vacaciones en febrero, con unos amigos, a Villa Gesell. Sé muy bien
que la mesa familiar no es el ámbito más indicado para hablar ciertos temas, pero mi
familia me parecía tremendamente hipócrita. Nunca se mencionaba a Ezequiel y cuando
se lo hacía, lo he dicho, la mención de su nombre producía chispas. Algunos meses atrás
mi madre lloraba por él, mi padre estaba indignado. Y lo peor de todo, al menos para
mí, era que me habían prohibido terminantemente verlo.
Y ahí estábamos los cuatro charlando de banalidades. De las fiestas y de las vacaciones.
* * *
—No te creí tan falso —le dije con sorpresa para él y para mí, un rato después del café,
cuando nos encontrábamos sentados bajo los pinos en el parque de casa.
—No te entiendo, ¿por qué lo decís?
—Por todo eso —dije señalando la casa—. Deliciosa la comida, mamá. Pasemos las
fiestas juntos, papá —le contesté, parodiando su voz.
—Creo que estás confundido —hizo un largo silencio y prosiguió—. La comida de
mamá siempre es deliciosa. Y sí, quiero pasar las fiestas con ustedes —y se rió. Se rió