Выбрать главу

Esta tarde han venido las dos amigas a hacerme una visita.

– Pasábamos muy cerca, y he pensado en subir a saludarla. Si no nos hubiese querido recibir o hubiera estado fuera, le habría escrito una nota. Las dos queremos ponernos a su disposición.

Era Nadia la que hablaba. Bianca se sonreía, y era bastante: la sonrisa le achinaba aún más sus ojos verdes:

– ¿Cuánto tiempo se quedará en Venecia?

– No lo sé. No sé nada… Estoy en un punto y aparte de mi vida. Quizá en un punto muerto… O en un punto final.

Nadia se echó a reír.

– No hay nada que no tenga solución, Deyanira. -Recordaba mi nombre, que no es fáciclass="underline" a veces yo me olvido-.

Si las cosas no pueden ir peor, una se ahorca: yo lo he hecho varias veces. Si pueden mejorar, una se empeña en que mejoren. Y suele suceder de un día a otro, cuando menos se espera. -Miró con dulzura a Bianca-. El día en que nos conocimos -tendió la mano y tocó la mía- no estaba yo mucho mejor que usted. Sólo encontrarla me hizo darme cuenta de que un poco mejor sí que lo estaba, la verdad. Y se lo agradecí. Me ayudó mucho.

– ¿Podemos tutearnos? Sé que hay mucha diferencia entre vosotras y yo, pero…

– ¿Mucha diferencia? Pero ¿quién te lo ha dicho? Estás peor de lo que yo creía. -Bianca soltó una risa fresca. Me habían sentado en el sofá en medio de las dos. Las dos habían vivido en España algún tiempo. Hablaban con añoranza de ella. Contaban experiencias divertidas, quizá para consolarme de no sabían qué penas.

– ¿Has venido a esta ciudad sin pies ni cabeza para algo concreto, o sólo porque has perdido la tuya?

– Por lo segundo -dije-. La cabeza y todo lo demás… -Vacilé pero me decidí, y en voz baja agregué-: Antes era escritora.

– Nos lo había dicho alguien. Aquí acaba siempre por saberse todo, generalmente mal. En realidad Venecia es un pequeño pueblo. Un monasterio casi: de clausura… Pero ¿se puede dejar de ser una cosa tan importante de la noche a la mañana?

– Si no escribes más, sí.

– ¿Y eras una escritora normal? ¿O de esas que ahora escriben sin puntos ni comas ni comillas ni nada? A mí es lo que más me cuesta, porque me quedo sin respiración. -Era Bianca. Yo no tuve otro remedio que reírme, pensando en el Ulises de Joyce.

– Eso fue una experiencia; ya la hizo uno. No debe repetirse. Se escarmienta en cabeza ajena y basta… Como en todo… O en casi todo. Pero hasta ahora sí creía que era una escritora normal.

– ¿Y desde ahora? -preguntó Nadia que parecía más juiciosa.

– Ya no lo sé. Ni siquiera si he sido nunca una escritora auténtica. En ese campo hay muchos timadores. O buena gente que se cree lo que no es. -Hice una pausa-. Hoy es la primera vez que digo en alto: «Fui escritora.» Hasta hoy, desde que salí de España, he dicho, lo creyeran o no, que era señora de compañía, cocinera, mañosa, narcotraficante, policía secreta, sacerdotisa, vidente, ya ni sé, todas las tonterías, hasta experta en abortos ilegales… Hasta acróbata. -Bianca se echó a reír-. Yo creo que la gente, desde el principio, sabía lo que era: una pobre loca huida de algún manicomio que no existe. -Ante el atento silencio de ellas, proseguí en voz más baja-. Hay que preguntar el precio de las cosas antes de tocarlas, antes de pretender quedarte con ellas… En el amor, también… Cuando él te ha proporcionado alguno de sus dones, que nunca son gratuitos, el resto de tu vida suele ser ese precio. El destino es como un gigante ciego y tonto: sólo sabe empujar… Igual que Polifemo.

Pero ¿por qué decía aquellas cosas a unas desconocidas? ¿De qué hablaba? «Estoy perdiendo la razón», pensé.

– Qué cosas tan bonitas dices… Pero qué tristes. Mira, no te preocupes -me advirtió Bianca con una encantadora confianza-. No te preocupes. Todo el mundo tiene mucho que hacer, muchas obligaciones que cumplir; apenas le queda tiempo para nada… Entre el trabajo, la oficina, el gimnasio, los aperitivos, la comida o buscar la comida, los niños, los cuernos del marido o de quien sea, qué sé yo… El tiempo libre es poco, porque acaba uno muriéndose… ¿Quién va a perderlo leyendo libros? Así que no te hagas mala sangre.

– Qué burra eres, Bianca. -Nadia me miró con una compasión casi imperceptible.

– No, si tiene toda la razón… No te parezca mal. Aunque ya sé que nada de lo que Bianca diga te lo parece. -La sonrisa de Nadia se acentuó:

– Te inspirará Venecia, ya verás.

– Ha inspirado ya a demasiada gente, y debe de estar harta -rió Bianca-. Lo terrible es que, en eso, se parece a mí. -Nadia se mordió el labio, el grueso labio inferior-. O yo a ella, mejor.

– ¿Hablas de Deyanira o de Venecia? Porque aquí hay algo nuevo siempre, distinto, que merece la pena. -Nadia se puso en pie y dejó una mano sobre mi hombro-. No sé, unas gallinas que cacarean en el patio de una casa arruinada, un rayo de sol que rompe las nubes y dora un palacio, el ruido en el agua de una góndola que se acerca pero que no se ve…

– Ahora eres tú quien parece la escritora -dijo Bianca.

– Todo da la impresión -concluyó Nadia- de una belleza irremediable, de un rostro que necesita maquillarse continuamente, y ya no sabemos si el maquillaje lo remedia o lo afea…

– Tú sí que sabes decir bonitas cosas. -Acaricié su mano. Bianca nos observaba-. Pero en Venecia se hacen los días muy largos. Y la vida… Yo no la quiero ya…

Bianca se incorporó, se acercó a nosotras, inclinó su cabeza hasta rozar la mía:

– Ya verás cómo lo pasamos las tres divinamente. Cuenta desde ahora con nosotras: de una en una o con las dos.

Las tres nos echamos a reír. Se hizo casi un minuto de silencio. Mirando a Bianca, tan próxima, le dije:

– «Jamás mis ojos contemplaron hombre o mujer que se te pareciese… Sólo una vez, en Delfos, hace ya mucho tiempo, junto al altar de Apolo, vi algo tan bello como tú: la esbeltez de una palmera que subía hacia el cielo…» -Las dos chicas me miraban asombradas, mejor será decir sorprendidas: no es lo mismo-. Es un pasaje de la Odisea. -Apagué la voz, y agregué-: Lo dice Ulises, cuando encuentra a Nausica, mientras se cubre el sexo con una rama de acebuche. También ella estaba desnuda…

– Pero no se tapó con nada, ¿ves? Las mujeres somos más naturales. A lo mejor es que Ulises tenía el pito pequeño.

Volvimos a reírnos. De un modo muy sutil, las palabras de Bianca habían aclarado mucho la situación. Entre las dos muchachas había algo: lo que yo presentí. Sin saber bien por qué, o sin preguntármelo, me fui encontrando cómoda entre ellas. Y necesité estarlo más aún. Les rogué que volvieran a sentarse y dije:

– Yo estoy casada con un homosexual. -Entre ellas se cruzó una mirada rápida-. No me casé con él porque lo fuera. -Dejé pasar unos segundos para suscitar más su curiosidad-. Es, o era, ya no lo sé, mi mejor amigo… Yo, en cuestiones de sexo, soy muy ignorante, de verdad, pero muy comprensiva… Hay quien hace el sexo sólo consigo mismo. -Las dos me miraban con expectación-. De quienes lo hacen con otros, yo veo dos clases sólo: los heterosexuales y los homosexuales. Los dos tienen su sexo bien claro y definido: unos son hombres y otras son mujeres. Un sexo masculino y otro femenino. Hagan el amor uno con otro, o con alguien del mismo que el suyo: eso no importa…